viernes, 23 de septiembre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 6. Una sidrería de Euskadi...


Faltaban dos semanas para el gran congreso en la capital, y Gorka Ibarra estaba bastante contento. Un buen amigo se alzaría como Primer Secretario, y su federación tendría una importante representación en la nueva dirección del partido. Lo había hablado todo con Tomás frente a una copiosa comida que devoraron en una sidrería de Loiu, muy cerca del aeropuerto. No era la típica sidrería de la zona guipuzcoana de Astigarraga, sino un sucedáneo para turistas despistados que vienen buscando comida típica vasca. En todo caso, acordó que el sacrilegio era excusable porque Tomás tenía prisa y no había tiempo para acercarse hasta Gipuzkoa. Llegaron rápido a un acuerdo entre la tortilla de bacalao y los pimientos. Era una cosa que le gustaba de Tomás. En lo que se refería a los tratos era directo, rápido y cumplidor. Parecía vasco.



Pero hoy no esperaba a Tomás. La llamada la noche anterior le dejó descolocado porque la persona que requirió su presencia, casualmente en la misma sidrería, tenía pánico a volar, y sin embargo iba a coger dos vuelos ese día solo para comer con él. Gorka le daba vueltas, y aunque sabía perfectamente que las cosas iban a empezar a moverse de cara al congreso, su trato con Tomás era más fuerte que una roca. Si daba su palabra, no había más que hablar. Por eso escucharía lo que el personaje tuviese que decirle, y de la misma manera le haría saber que por su parte no se movería de la posición que pactó con el (por ahora) único candidato a Primer Secretario.



Se dieron la mano, y se sentaron en la mesa sin decir ni palabra. No se caían bien y ambos lo sabían. Dos horas después, Gorka Ibarra Azkargorta, con un brillo extraño en los ojos, volvía a dar la mano a su interlocutor, y no precisamente para despedirse. No había comido nada.

Noches de Poder. Capítulo 5. Viernes, 18:00h


A Ana le caía bien Tomás Romero. Se lo encontró hecho un pardillo a la puerta de un Comité Federal, y le sacó hasta las entretelas para un artículo que al día siguiente encendió los ánimos en la sede nacional del partido. Le había visto crecer como político y como persona durante los últimos años, y además le parecía de lo más salvable entre una maraña de políticos a los que solo interesaba el poder por el poder. Se pasaban la vida diciendo chorradas a la gente en los mítines, siempre las mismas, mientras el resto aplaudía y votaba otorgándoles una confianza que no merecían. Siempre pasaba lo mismo. Si la economía es algo cíclico, la política no se repite menos que las crisis del dinero. Entre toda esa calaña, siempre miró a Tomás como alguien especial. Cierto es que con el tiempo había adquirido los mismos vicios que sus compañeros de viaje, pero bajo las frases hechas y la pose de político creía ver a una persona íntegra. Con convicciones fuertes. - Eso sí que sería noticia -, reía entre dientes mientras caminaba hacia uno de los bares del hotel. Sabía que Tomás la buscaría en ese lugar concreto, y podrían tomar algo rápido sin que nadie sospechase. Más tarde tendrían tiempo de verse en un sitio más tranquilo, cuándo él hubiese terminado de dar abrazos y saludos solidarios, y ella renegase de su profesión.



- Eres la mejor dando alegrías. Me extraña que si sabes algo no lo hayas escrito ya en tu Twitter para que lo lean todos esos que te siguen como si fueses una diosa rubia del periodismo. – Soltó Tomás nada más llegar, mientras se acomodaba en un taburete con forro de cuero, de los clásicos, y miraba de reojo al camarero situado a la otra punta de la barra. Estaban solos. Era el bar más apartado del hotel, y casi todo el mundo se encontraba en el gran salón de actos.



- Yo también me alegro de verte Tomás. No me extraña que vayan a enviarte de vuelta a Burgos en un tren regional solo con billete de ida. Te cuesta reconocer a los amigos.



- Los periodistas no tenéis amigos, Márquez, eso es una leyenda urbana.



- Los tenemos, pero procuramos que no sean políticos. Esas relaciones casi nunca terminan bien para los de mi profesión, y no me gusta escribir de gente con la que tengo algo más que una relación profesional. Me nubla la objetividad.



- ¿Objetividad? ¿Has vuelto al Soberano? – La Márquez fue famosa durante un tiempo entre periodistas y políticos de la capital por su afición a la conocida marca de coñac, que parecía necesitar en altas dosis para mantener su ritmo vital.



La partida de mus en la que se convertía siempre una conversación con Ana no iba a ser hoy una excepción, pensó Tomás tratando de no ir al grano demasiado pronto y que se notase que estaba realmente preocupado. Todos los rumores de primera hora sobre la división en la delegación de Andalucía no habían contribuido precisamente a su paz interior, aunque sabía que el Congreso sería así. Que por muy atado que tengas el negociado al llegar a Madrid siempre saltan personajes de tercera de última hora que pretenden tener un puesto al que no tienen ninguna oportunidad de acceder, ya sea porque no cuentan con los apoyos necesarios o porque, simple y llanamente, al que manda, que en este caso era él, no le caían bien. Y punto. Pero el hecho de que una periodista tuviese constancia tan pronto de que algo se estaba moviendo no le hizo especial gracia.



- No tienes ni idea de qué hablas. – Soltó Tomás su órdago a la periodista. – Si supieses algo ya estaría publicado en la edición digital de tu periódico al grito de ¡cisma! o cosas peores.



- La ventaja de hablar con políticos es que os creéis los únicos que tenéis información. De esa manera es muy sencillo saber cuando no tenéis ni puta idea de la que se os viene encima, y a ti, Tomás, se te está poniendo una cara de cadáver político que no veas.



- Y por qué no lo has publicado ya. ¿Vas a decirme que no es noticia?



- Es noticia.



- ¿Entonces?



Ana Márquez tuvo que hacer frente a muchas sensaciones que le empujaban a decirle a Tomás el verdadero motivo por el que no había publicado la noticia. Necesitó apretar los puños para no confesar al político que sentía algo por él desde aquel Comité Federal en el que se lo encontró, cándido e idealista. Que había seguido su carrera y le había protegido en más de una ocasión, sin que tuviese la más remota idea. No quería escucharse pronunciando unas palabras que le llevasen por unos caminos que ya recorrió en los años ochenta, y no conducían a ninguna parte. Decidió que no esperaría a estar en un lugar más íntimo.



- No tengo una respuesta para ti, Tomás. Al menos no una que pueda darte ahora. Solo sé que no he escrito la noticia, y eso de momento será suficiente para los dos. Lo que voy a decirte será difícil de encajar, y probablemente te levantarás de ese taburete enfadado, pero he decidido que hoy toca hacer una buena acción y que este país necesita alguien como tú, y no otro trepa que llegue a La Moncloa para crujirnos a impuestos y luego retirarse a vivir la vida. Paso. Quiero que sepas que lo que estoy haciendo va contra el código de mi profesión, al menos tal y como la seguimos entendiendo algunos. Que me paso por el forro treinta años de carrera y no publicaré una noticia para dársela a uno de los afectados por ella y así favorecerlo e implicarme en su pelea. Lo tengo contrastado. No necesito más fuentes. Lo que quiero que entiendas, hijo de la gran puta, para que dejes de hablarme como si fuese una becaria y te pongas a la faena en vez de pasearte como una reina del pop por el vestíbulo, es que Gorka Ibarra te la está clavando hasta el fondo.



Tomás no entró en shock porque al fin y al cabo ya tenía muchas horas de vuelo en la política y pocas cosas podían sorprenderlo. Trató de que no se notase en el gesto que estaba completamente descolocado. Incluso dolido. No podía creer que el vasco fuese a jugársela. Él tenía el Congreso ganado. Tenía la mayor cantidad de apoyos. ¿Cómo podía Gorka enfrentarse a semejante mayoría? Pues muy sencillo, se contestaba Tomás a si mismo, porque no tienes tantos apoyos, ni la mayoría es tan grande, y ahora mismo eres carne de cañón.



- ¿Quién le apoya? – Preguntó a Ana sin casi darle tiempo a reaccionar después de soltar la bomba.



- ¿Así que me crees? ¿No quieres saber cómo me he enterado?



- Ana, por hoy ya has hecho bastante. No quiero que me reveles tus fuentes, porque sinceramente no puedo garantizarte que podría proteger su anonimato en lo que queda de Congreso, cuando las cosas se pongan verdaderamente mal. Dime, ¿Quién está con Gorka?



- Armenta, algunos madrileños, Aragón, Valencia, Murcia… Castilla la Mancha se lo está pensando, y Cataluña, por lo que sé, no quiere meterse.



- ¿Extremadura?



- De momento no, que yo sepa.



La cosa era más grave de lo que pensaba. Con Andalucía, Aragón, País Vasco, Castilla La Mancha, Madrid y Valencia en su contra, y suponiendo que él lograse mantener de su lado Galicia, Cantabria, Castilla y León, Asturias, La Rioja, Navarra, Canarias, Baleares, Ceuta y Melilla, y la representación del exterior, ya tendría el Congreso perdido incluso si Extremadura se pusiese de su lado. Con los catalanes no podría contar, porque se sumarían sin disimulo a los vencedores una vez terminada la batalla. A uno de ellos se le atribuye la frase, “¿quiénes hemos ganado?”, al finalizar un cónclave parecido al que ahora mismo le absorbía. Habría que contar indios – odiaba esa expresión -, y tendría que hablar incluso con los de la rama juvenil del partido, que tenían diez o doce delegados con derecho a voto. Miró la hora. Eran las seis de la tarde del viernes. ¿Qué coño había pasado? El líder gallego iba a comenzar su discurso de despedida mientras en la calle oscurecía bajo una intensa lluvia. Ana le miraba con expresión preocupaba, mientras la cabeza de Tomás seguía calculando cada delegado perdido y tomando nota de las llamadas que tendría que hacer cuando el que había sido su valedor terminase su alocución entre aplausos y todos se dedicasen entonces a librar una guerra sin cuartel por la sucesión.





El consenso había saltado por los aires, y tenía que hablar con Martín para darle la noticia… Y mirarle a los ojos. Alguien le había traicionado, y no iba a descartar a nadie. Ni siquiera a Martín, por mucho que le doliese. Si no era el traidor, su incompetencia en esto era intolerable. Gorka habría cocido la maniobra para liquidarlo, pero para mantenerlo en secreto necesitaba la colaboración de alguien de su entorno. Notó como el Tomás frío y metódico volvía. Se terminaba el recreo.



- Ana, gracias. Tengo que irme. Esto se va a poner feo. Lamento que vayas a publicarlo cuando se haya corrido la voz y todos tus colegas lo sepan.



- Sé que estas horas serán vitales porque tú ahora les llevas ventaja Tomás. Piensan que no sabes nada, y son vulnerables. Por eso no voy a publicarlo. Considera estas horas el regalo de una amiga… que te quiere.



- No olvidaré esto Ana.


Tomás le dio la espalda, y se dirigió hacia el gran salón en el que se produciría en unos minutos la marcha del que llegó a Presidente de Gobierno. – Que tengas suerte Tomás. – Dijo suavemente, mientras se terminaba el trago de Soberano disimulado en una taza para el café. Hacía diez años que no lo probaba, y pensó que no había sido buena idea dejarlo.

Continuará...

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viernes, 16 de septiembre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 4. Viernes, 16:00h


Después de hablar con Martín se quedó más tranquilo. Su mano derecha le había asegurado que los problemas con la delegación andaluza eran escaramuzas entre ellos, y que no afectarían a su elección. Los disidentes no eran muchos, y además estaban de acuerdo con que Tomás fuese el nuevo Primer Secretario. Al único que no soportaban era a Daniel Armenta, en teoría su jefe, y harían lo posible para que los más fieles al líder andaluz no formasen parte de la dirección nacional. A pesar de todo, según Martín, eran conscientes de su escaso potencial, y simplemente se pondrían bastante pesados hasta la última noche, en la que finalmente cederían y les darían sus votos a cambio de una presencia testimonial en algún órgano de dirección secundario, de esos que se reúnen para salvar el expediente y solo sirven para este tipo de componendas de última hora, cuando no quedan los puestos gordos para repartir.

 

Con la cabeza centrada ya en los prolegómenos del Congreso, Tomás bajó al gran salón de actos que albergaría las sesiones principales. Estaba decorado para las grandes ocasiones. Un gran mural con el lema del XXVIII Congreso presidía la sala. El número de cónclaves celebrados daba idea y dejaba claro a los no iniciados la historia que contemplaba a su partido. Su carné era el testimonio de otros miles y miles que, como él, habían defendido esas siglas en tiempos muy oscuros de la historia de España. En la Guerra Civil o en la clandestinidad del franquismo. Toda esa legión de almas comenzaban a pesarle como una losa, conforme se acercaba el momento de su coronación. Sabía que recogía el testigo de grandes hombres. Verdaderos estadistas que habían llevado al partido a cotas de poder inimaginables décadas antes, y que también habían hecho un mal uso del mismo, llevando la lacra de la corrupción a manchar el nombre de la formación política. No le importaba el peso del mando. Se había preparado para ello a conciencia durante años. Su única preocupación en ese momento era que todo marchase según lo previsto, y no hubiese ningún aprovechado de última hora que diese al traste con lo trabajado durante los últimos meses. Su experiencia también le decía que eso era algo con tendencia a ocurrir.

 

El acto de apertura dio comienzo con la elección, de entre los 1000 delegados, de los cinco que se encargarían de llevar a buen puerto el transcurso del Congreso. El Presidente de la reunión sería un andaluz, como no, de la total confianza de Armenta. Al menos habían logrado que entre los otros cuatro miembros de la Mesa (así se conocía coloquialmente a esa dirección temporal) hubiese gente de más confianza. El andaluz en cuestión era Manolo Brito, el perro de presa de Armenta. Éste se había empeñado en que fuese su amigo quien presidiese el Congreso, ya que siempre era un puesto que, aunque efímero, solía otorgar cierto aura de respeto a la trayectoria de quien lo ocupaba. En este caso, Tomás pensaba que a Brito el honor le venía bastante grande. El único mérito de aquel hombre había sido el de mantener unida la federación andaluza a base de purgas que dejarían a Stalin como un pobre diablo en la comparación. 



Tras la elección, sin sorpresas, llegaron los discursos fraternales. Tomás ocupaba un lugar en el escenario y, aunque estaba algo escorado hacia un lateral, tenía que mantener la compostura ante las miradas que se posaban sobre él durante la extensa sucesión de personalidades que subían y bajaban del estrado para saludar a los presentes. Líderes sindicales, dirigentes de partidos similares al suyo en otros países… hasta un representante de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) tuvo su minuto de gloria, algo que había provocado una minicrisis entre los asturianos y el comité organizador del Congreso. Se esforzaba con todas sus fuerzas para evitar bostezar, o cualquier gesto que provocase, al día siguiente o en breves minutos en un periódico digital o en esa cosa que llamaban Twitter, una foto suya que le dejase en mal lugar. Durante su periplo por el hall del hotel había visto de reojo a muchos periodistas conocidos, de los casi trescientos que se habían acreditado para cubrir el evento.


La organización había dispuesto una gran sala en la que podían seguir los debates y trabajar con sus ordenadores portátiles y tabletas conectados a la red, para que nadie se perdiese el minuto a minuto de la reunión más importante del partido en cuatro años. Solo unos cuantos periodistas, los que pertenecían a los medios de comunicación más importantes y los corresponsales extranjeros, tenían acceso al salón principal donde se estaba desarrollando el interminable carrusel de discursos. Más tarde tendrían que abandonarlo, cuando comenzasen las sesiones a puerta cerrada. El millar de delegados se dividiría en varias comisiones de trabajo que analizarían temas como la organización interna, la posición del partido en materia de educación, sanidad, modelo de Estado… todos esos debates darían lugar a un documento final, que marcaría la política de la organización durante los próximos cuatro años. Un documento al que nadie ha hecho ni puto caso nunca, reflexionó Tomás mientras seguía tratando de encontrar más caras conocidas entre el auditorio repleto. Los focos que iluminaban el escenario no contribuían a esa labor, aunque facilitaban mucho la de las diferentes televisiones. Al fin y al cabo, el espectáculo era para ellos. El show debe continuar. Mientras tarareaba en su mente la letra de la canción de Queen, y en el atril un fulano que hablaba en inglés gesticulaba como si alguien acabase de invadir Polonia, logró ver al fondo a una de sus periodistas favoritas. Ana Márquez escribía para El País desde la noche de los tiempos, siempre cubriendo la información del partido. Era el periódico más importante de España, y pasaba por ser el más serio. Cuándo en las televisiones extranjeras hacían un resumen de prensa, era la cabecera española elegida. Ana y él se conocieron en un Comité Federal, que era una reunión de cien cargos llegados de toda España para ratificar unas decisiones que ya habían sido tomadas en otro órgano más pequeño, o durante una buena cena. Dicen que antes en esos comités se liaban pardas, pero las leyendas de mayores se habían quedado solo en eso. Tomás era un simple delegado por Burgos que iba por allí a conocer gente, y sin comerlo ni beberlo se encontró filtrándole lo que había ocurrido en el interior a una joven reportera que no le había dicho ni su nombre.





Ana era una periodista incisiva. Pese a tenerles simpatía, no les pasaba una. Los sucesivos líderes del partido habían tenido que retratarse ante ella para lograr al día siguiente una página decente en el periódico. De nada valían las llamadas al director, o a alguno de los accionistas. Eso encendía todavía más a la plumilla, y en aquellos tiempos no se echaba a los periodistas de los periódicos. Así que si a algún iluminado se le ocurría pensar que podía tener buena prensa en el diario amigo sin pasar por el filtro de “la Márquez”, se encontraba con un cañonazo en la primera página de la sección nacional que le quitaba las ganas de volver a marcar teléfonos que no fuesen el de la periodista. A Tomás siempre le había parecido guapa, aunque los años habían pasado por todos. Con diferente justicia, eso sí. Cruzó la mirada con Ana, y en la lejanía ella levanto las dos cejas, como el que pasa la seña de duples altos jugando al mus. Tenía la cara seria, o al menos eso intuía desde la posición en la que estaba. Volvió a levantar las cejas, y esta vez se puso algo al lado de la cabeza. Era su móvil. El teléfono. Había puesto el suyo en silencio al entrar en el auditorio para la apertura del Congreso, y al sacarlo del bolso observó que tenía dos mensajes. El primero era de Martín: “Andalucía controlado”.



El segundo era de Ana Márquez: “Tenemos que hablar. Te la están jugando”. Levanto la cabeza y la periodista había desaparecido. En el atril, el inglés seguía llamando a la revolución.

Continuará...


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Noches de Poder. Capítulo 3. Viernes, 14:00h

La conversación se desarrollaba en una de las habitaciones del hotel, en concreto la 712. Era una más de las destinadas a acoger a los delegados, igual de vetusta y aséptica que el hotel en su conjunto, y los dos hombres hablaban frente a frente, sentados en las camas. Uno de ellos se mostraba firme y seguro, y parecía tener cierta ascendencia sobre el otro.

- No hemos llegado hasta aquí para dejarlo todo a última hora. — Dijo el más convencido de los dos, mirando fijamente a su compañero de conversación, cuya mirada a su vez estaba perdida en algún lugar de la pared blanca salpicada por el gotelé. — Las cosas se harán según lo hablado.

La situación no era ni mucho menos cómoda, al menos para uno de ellos. Mientras escuchaba la claridad con la que se expresaba el que un día fue a buscarle a su propia casa para plantearle lo que hoy debía convertirse en realidad, recordaba muchos momentos vividos durante los últimos años. Buenos ratos. Batallas políticas ganadas sin miramientos utilizando todas las artimañas a su alcance para alcanzar los objetivos que se proponía.

- No te preocupes, — dijo — todo está listo y nadie va a echarse atrás. Llevo toda la vida haciendo esto, y no me acojonan dos noches más. Ya son muchas de estas a mis espaldas y te aseguro que se me da mejor que a ti. No olvides nunca que, si la idea fue tuya, y lo reconozco, yo soy el que ha diseñado la estrategia. La suerte está echada. Solo espero que cuando haya que poner las pelotas encima de la mesa te muestres tan convencido como ahora.

Y, sin mirar a su interlocutor, salió de la habitación, no sin antes revisar un lado y otro del pasillo, para evitar dar explicaciones a cualquiera que se cruzase en su camino sobre su presencia en un lugar del hotel en el que ésta sería, cuando menos, extraña.

 Continuará...

viernes, 9 de septiembre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 2. Viernes, 13:00h


Había delegaciones de territorios fieles. Tradicionalmente se habían alineado con Castilla y León, que era la comunidad autónoma de la que provenía Tomás. Concretamente de Burgos. Asturianos, vascos, cántabros, aragoneses e incluso buena parte de los madrileños tenían una buena sintonía con la gente de la meseta. Un vínculo que venía de lejos. De pactos sellados con importantes puestos en la administración pública cuando su partido controlaba todos los núcleos del poder en los tres poderes del Estado. Sentarse a charlar con ellos en la cafetería antes de que comenzase la primera sesión que abriría el Congreso le reconfortaba. Gorka era el cabeza de la delegación de Euskadi. Se conocían bien y ya habían peleado codo con codo en batallas serias, como cuando a Gorka quisieron quitarle el puesto en una revuelta interna del partido en su tierra, y Tomás y Martín salieron de Burgos pitando para apoyar al vasco y garantizarse así la lealtad eterna de un dirigente más. Aquella fue gorda, y otra noche de hotel en Bilbao en la que Martín casi empala al energúmeno que se había atrevido a levantarse contra Gorka Ibarra Azkargorta. Tenía cuarenta y muchos años, decía que tenía los ocho apellidos vascos, hablaba euskera desde niño, aprendido en Bermeo, y por eso se ponía delante de los que reían las gracias a ETA y les miraba a los ojos para luego, en perfecta lengua vasca, cagarse en su puta madre y en la de todos sus amigos de las pistolas. Después les daba una tarjeta con su dirección y les decía que les esperaba en su caserío de Berango, en la margen derecha de la ría del Nervión y zona de batasunos habituales e históricos, que había aportado grandes terroristas a la lucha armada. Así lo llamaban ellos. Jamás quiso la escolta que le ofrecieron tanto el partido como el Gobierno Vasco. Aunque nadie le hizo caso y siempre había personal pendiente de sus movimientos. Se comentaba que gracias a esa contravigilancia habían abortado al menos un intento serio de acabar con su vida. Hay que reconocer que los tenía bien puestos, aunque era un temerario y un loco. Se alegraba de tenerlo a su lado. 

 

- ¡Aúpa Tomás! Ya te he visto hablando con Armenta. Menuda pieza ¿Todavía no te ha pedido nada más?

 

- No.

 

- Lo hará. Es insaciable. Espero que te dejases algo en la negociación para poder dárselo hoy o mañana, porque tarde o temprano vendrá a por las sobras. Querrá hasta la comida del perro. Además, he oído que no controla a toda su delegación. Tiene algún... verso suelto.

 

- No es lo que él dice.

 

- No te jode. Y si mi abuela tuviese cojones sería mi abuelo, pero aquí hablamos de lo que hay, y a este Armenta se le ha colado en la delegación gente que no es suya.

 

- Pues eso sería noticia.

 

- Ez, Ez. Sería mala noticia para ti, laguntzu. Aunque no creo que sean muchos. No te agobies. Todo está cerrado y para los detalles tenemos tiempo estos días, pero ve con ojo. No es lo mismo ganar esto con el 99% de los apoyos que empezar a hacer el capullo con un 80% y el lunes se rían de ti en los periódicos.

 

- Ya será para menos, Gorka...

 

- Pues eso espero. No me gustan un pelo estas cosas, así que todo el mundo lasai ¡¿eh?! Y a empezar a concretar.

 



Mientras caminaban buscando a otro grupo de fieles, Martín, que no había dicho ni una palabra durante toda su conversación con Gorka, emitía sonidos guturales de difícil interpretación. Era otra de sus múltiples manías, y esta sí que sacaba de sus casillas a Tomás. Le miró a los ojos y aseguró que si no contaba qué narices estaba rumiando se iba a la habitación a pensar en su discurso del domingo. Martín, sin mover un músculo de la cara, le dijo que no confiaba en Gorka.



- ¿Pero qué dices? ¿Y de quién te fías tú, Martín?- Contestó mientras llegaban a una barrera de maletas tras la que se parapetaban los asturianos.

 

Si había unas esencias en su partido, se conservaban en Asturias. Ellos hacían gala de su pureza ideológica, y despreciaban bastante lo que consideraban la deriva de muchos militantes hacia la comodidad de los salarios garantizados y, gracias a ello, la poca capacidad reivindicativa de la formación política como consecuencia de lo cómodos que vivían la mayoría de sus cargos. A Tomás le parecía que tenían más razón que un santo, pero ese discurso solo podía permitírselo alguien que no aspirase a tomar las riendas de un partido que puede colocarte en la presidencia del Gobierno de España. Creía que los asturianos eran necesarios y, aunque no le gustaba la comparación, se asemejaban a esos férreos comités del Vaticano que velaban por la pureza de la fe. Si algún día necesitaba una Inquisición para depurar ovejas negras contaminadas por la avaricia, la sacaría de Asturias, y su Torquemada sería José Antonio Granda. Provenía de una familia de mineros que siempre estuvo más cercana al sindicato hermano que al partido, pero conforme avanzaba el tiempo también evolucionaba la militancia, aunque la mayoría de su delegación tenía también el carné sindical. Eso, en Asturias, era como el documento nacional de identidad. 

 

- Casi le das un beso en la boca a Armenta, Tomasín. - Soltó el asturiano con toda la retranca que pudo.

 

- Otro con la copla...

 

- ¡Ah! Pues si te lo ha dicho alguien más, será que algo de razón tengo. Ya sabes que quiero la Secretaría de Organización para alguien de mi gente. - Era el segundo cargo en importancia, y Martín ya se lo había prometido a los andaluces, entre otras muchas cosas. Además, la petición se antojaba absurda. Asturias era demasiado pequeña para pedir semejante puesto, pero en el juego de la negociación es mejor empezar poniendo mucho encima de la mesa, para que luego, al recular, no se quede en nada.

 

- Granda, no me jodas otra vez con eso, que lo hemos hablado dos millones de veces. - Terció Martín con su habitual diplomacia.

 

- Bueno, bueno. Suave... Yo solo os digo eso, y que entre los andaluces hay jaleo.

 

- ¿Qué jaleo? - Se interesó Tomás, como si no supiese nada del asunto.

 

- No parece nada grave, pero alguno pasa bastante de lo que diga Armenta. No son muchos, así que no hay motivo para preocuparse. Lo de siempre. Querrán su tajada.

 

- Como todos.

 

 

Empezaba a cansarse de la ronda por las supuestas delegaciones amigas. Sabía que eso funcionaba así. Dimes, diretes, puyas, medias verdades, mentiras enteras... incluso con los que están de tu parte. En este nivel no queda nadie con menos de cuatro dedos de frente y una navaja, políticamente hablando, al cinto. Al ver a Almudena le cambió la cara, que según Martín se le estaba poniendo como si estuviese comiendo limones. Almudena Palacios era la dueña y señora de Extremadura. Esa delegación era enorme. No tan grande como la andaluza, pero desde luego con una influencia capital para poder darle la vuelta a algo mil veces hablado si en el último momento de la partida no estaban convencidos del todo. Y Almudena hacía gala a la fama de los extremeños dentro del partido a lo largo de la historia. 



Hace ocho años, en otro cónclave nacional, uno de los barones históricos aspiraba a ser Primer Secretario (así se llama el cargo). Tenía el apoyo de las vacas sagradas e históricas, y de delegaciones muy importantes, por lo que parecía que estaba todo bastante hecho. Pero Almudena Palacios, entonces una mujer que no llegaba a los cuarenta pero que acababa de ganar el congreso de Extremadura haciéndose con el poder y mandando a casa a unos cuantos vejestorios que llevaban toda la vida en aquellos despachos, se le ocurrió pedir, en uno de los debates, que las votaciones para elegir al Primer Secretario deberían ser secretas. Con urnas y todo. La tradición del partido, y sus estatutos, mandaban hasta ese día que el voto se mostraba a mano alzada, para que todo el mundo quedase retratado en la foto. Contra todo pronóstico su propuesta fue aprobada, y de inmediata aplicación para ese mismo congreso. Casualmente, una candidatura alternativa salida de la nada y encabezada por un gallego, que apoyó la propia Almudena, y Tomás con sus humildes cuatro delegados de Burgos, terminó alzándose con la victoria.



Tomás logró un impulso político increíble en aquella batalla, ya que fue de los primeros en alinearse con el ganador, y eso luego fue agradecido convenientemente con el mando de Castilla y León, su entrada en la Ejecutiva Nacional y un acta de diputado por Burgos con un asiento en el hemiciclo de los más codiciados. Cerca del gran líder, y de los que salen siempre en televisión, para entendernos. No era amigo de apuestas fuertes, pero sabía que para llegar a algo siempre hay un momento, un instante, en el que tienes que ir con todo. Acertó. 

 

- Por favor... el hombre del momento. Tomás Romero del Amo, natural de Miranda de Ebro, provincia de Burgos, y próximo Primer Secretario si nadie lo remedia. Estás más sexy con ese aura de poder a tu alrededor. Puede que esta noche te deje entrar en mi habitación un rato.

 

Tomás y ella habían tenido más que palabras durante unas jornadas sobre política municipal que se celebraron en Albacete. Estaba divorciado, y aquello tuvo mucho que ver, indirectamente, en ese trance de su vida.

 

- Si esta noche tengo tiempo para eso, no será buena señal.

 

- No sé a qué te refieres, Tomás, pero en algún momento tendrás que pasarte por mis dominios para hablar de algunas cosas. No estoy muy contenta con lo que Martín vino a ofrecernos hace unos días a Cáceres.

 

Tomás paró con un gesto a Martín, que se lanzaba como un perro de presa a la yugular de Almudena. Tampoco la soportaba, evidentemente. Se apartó de ambos para que pudiesen hablar, y así escenificar su enfado. 

 

- Almudena, tú eres mi prioridad, como siempre. Si no estás contenta, no tengo interés en ganar este congreso ni en el cargo de Primer Secretario.

 

- ¡Jejeje! Ten cuidado Tomás, te has convertido en un falso adulador... Igual que esos a los que criticábamos hace ocho años. Si sigues por ese camino puede que llegues a presidente. 

 

Le dio un beso en la mejilla y se marchó con el resto de su delegación. Tomás le miraba el culo mientras pensaba que llevaba un buen rato recibiendo palos. No tenía costumbre. Su victoria en Castilla y León, al estar avalada por el Primer Secretario nacional, fue un paseo. Hizo lo que quiso y puso a quién le dio la gana en los puestos más cotizados. Luego fue al Congreso, en el que seguía como diputado por Burgos, y allí comenzó a forjar las amistades que ahora le servirían para el asalto final, incluido el aval del político gallego que se despedía del cargo. Había sido derrotado en las urnas, y contra todo pronóstico en la política nacional, asumió la debacle - porque eso es lo que fue el resultado electoral para el partido - y dimitió. De ahí que ahora mil personas estuviesen en Madrid buscando un nuevo guía político. 

 

Caminaba hacia los ascensores cuando alguien le tocó en el hombro. Se dio la vuelta y descubrió a Almudena, con gesto serio.



- ¿Sabes lo de Andalucía? - Le dijo.

 

- Joder... -  contestó Tomás, y marcó en su teléfono móvil el número de Martín.


Continuará...


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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 1. Viernes, 11:00h



Llegó al hotel junto al resto de sus compañeros de la delegación. La mayoría eran viejos conocidos, con los que había mantenido batallas en las que a veces fueron compañeros y otras enemigos. La política es un juego en el que se luce la camiseta de un equipo y se lleva debajo la del contrario. Por si acaso.  Solo aquellos capaces de entender estas miserias y soportarlas con el suficiente arrojo llegaban a la situación en la que él se encontraba en ese momento. La hora de la verdad para su carrera política, o al menos eso era lo que decían los columnistas más enterados de la capital sobre el próximo congreso del partido. Un cónclave en el que su candidatura, sin rival conocido, se alzaría con la victoria, y él, por fin, se convertiría en el gran jefe. El barón de barones. Martín, su mano derecha, el fontanero más cotizado y temido del país, lo decía con más garra: el puto amo.

El hotel, como todos los que solían albergar estas reuniones de tres o cuatro días, era un vetusto establecimiento venido a menos, aunque todavía mostraba los galones de tiempos mejores, cuando la noche de Madrid giraba en torno a locales como Pasapoga y otros de ese calibre. Las enormes dimensiones del recinto y la pésima situación económica del partido - que ya se había convertido en algo habitual -, hacían del “Condado de Castilla” el lugar más apropiado para concentrar a las mil personas que decidirían el futuro de la organización. Su futuro, en definitiva.

Cuando entró en la rama juvenil del partido, de la mano de los hijos de unos amigos de su padre, un militante histórico y recordado, jamás imaginó llegar tan alto. Ni lo soñaba. Simplemente quería ocupar el puesto inmediatamente superior al suyo, a ser posible con una maniobra pacífica. Pasados treinta años, solo quedaba un asiento con el que hacerse por encima de su actual responsabilidad. La meta estaba a solo tres días y dos noches. Dos largas noches. No conocía un congreso nacional que no fuese un suplicio, incluso los que terminaban con cierta unanimidad. Sabía lo que le esperaba, pero el premio final merecería las horas en vela y las decenas de reuniones con otros que, como antes hizo él, vendrían a pedir lo que estimaban que les correspondía en el mercado persa que se formaría alrededor del reparto de cargos y, sobre todo, de estipendios.

Pensaba en todo eso tumbado en la cama de la habitación, con el traje - sin corbata-, todavía puesto, y mirando al techo sin sacar las manos de los bolsillos.  Le habían dado una de las mejores, lo que no evitaba que todo le pareciese algo vintage. Era el único hotel en el que todavía tenían  televisiones de tubo, con la pantalla redondeada, y sin saber por qué le recordó a la casa de su abuela en su pequeño pueblo natal de Burgos. La pared estaba pintada en un gotelé blanco al que concedió cierta dignidad, y una colcha de un marrón indescriptible cubría las dos camas. Habitación doble de uso individual, como dirían en el argot hotelero. Entre esas cuatro paredes debería rematar la faena, para que el domingo mil personas lo aclamasen como el nuevo líder que debería llevarlos al poder desbancando al partido rival. Lo único que esperaba es que el olor a naftalina que desprendía el entorno no marcase su mandato. No se sentía tan viejo, pero mirar a su alrededor le ponía veinte años más encima. Llevaba demasiado tiempo haciendo lo mismo, en habitaciones idénticas. El rumbo del país lo marcaban viejos políticos en viejos hoteles.

Fue en ese instante, en ese preciso momento, cuando una punzada recorrió su cuerpo desde los pies hasta la última terminación nerviosa de su cuero cabelludo. No sabía interpretar lo que le ocurría. Se estaba agobiando por momentos y un sudor frío comenzaba a aflorar tímidamente en su frente. Los golpes en la puerta le sacaron de su mal viaje, aunque antes de reaccionar tuvo un sentimiento extraño. Se sintió solo, o al menos eso creía haber experimentado. Una fracción de segundo de terrible y oscura soledad. Martín seguía aporreando la puerta cuando abrió. Llevaba con él desde el principio. Hacía tres décadas entraron juntos en la sede del partido para que los veteranos les hiciesen la ficha en la que quedarían archivados sus datos personales. Allí fueron sometidos al tercer grado habitual, para saber de qué palo iban los dos nuevos, y así terminaron formando parte de lo que todo el mundo llamaba "la organización". Martín y él entablaron desde ese momento una amistad que iba más allá de la política, forjada en ese primer momento frente al interrogatorio de los cachorros. Jóvenes precoces en sus aspiraciones a vivir de la política, que veían peligrar su puesto si dejaban entrar en el club a dos trepas o, lo que sería mucho peor, a dos tipos con alguna idea digna de ser puesta en práctica. 

- ¿Se puede saber qué cojones haces? - Le preguntó Martín con cara de pocos amigos. - Están llegando las delegaciones del resto de España y al menos debes dejarte ver un poco por ahí abajo. Que no piensen que vamos de divos antes de que metan las papeletas en la urna.

- Me estaba preparando… - Contestó con cierto tono de disculpa.

- ¿Para qué? ¿Es que vas a casarte? Vamos, joder, que he visto a los andaluces, para variar, hablar en corrillos unos con otros, y también había algún valenciano. Joder, joder, y no hemos empezado. No soporto a los andaluces. Es superior a mis fuerzas.

Pensó que Martín tenía la fea costumbre de soltar tacos cada pocas palabras. Era algo bastante incómodo cuando tocaba verse con banqueros u otro tipo de gentes de la escala social alta, pero se convertía en una especie de imán cuando el discurso se lo soltaba a los militantes del partido. Le adoraban. Reflexionó un momento sobre eso. Él jamás había conseguido que las bases le quisiesen en el sentido más amplio de la palabra, como sentían  adoración por líderes pretéritos que ahora se dedicaban a dar conferencias y lecciones desde sus atalayas levantadas gracias a los votos de muchos obreros. Si los que madrugaban un domingo para ir camino del colegio electoral supiesen la mitad de lo que él sabía sobre esos personajes... Pero esa era otra historia. A Tomás le tenían miedo. Siempre se había mostrado implacable y frío, pero su brillantez, y Martín, habían hecho de él un firme candidato a liderar el partido, y a presidir el gobierno del país dentro de dos años, cuando se celebrasen elecciones. Le daba igual la manía de su amigo, con sus joder, cojones y copón de la baraja. Ganaba los congresos y manejaba los interiores de la organización como nadie, y el domingo le pondría en lo más alto. Los dos juntos comenzarían otra carrera. La del poder con mayúsculas. 

Casi sin darse cuenta Martín le había bajado varios pisos en el ascensor para pasearle por el vestíbulo del hotel, mientras los centenares de delegados llegados de todos los rincones del país procedían a acreditarse como legítimos representantes de otros que se habían quedado en sus ciudades y pueblos. La tarjeta identificativa colgada del cuello y sus diferentes colores marcaban el quién es quién de la reunión. Rojo para los delegados, amarillo para los de organización, verde para los invitados, negro para el personal de seguridad... y la marca dorada para los que, como él, formaban parte del máximo órgano ejecutivo del partido. Su puesto ahí no era muy relevante, pero eso iba a cambiar dentro de poco.

Se acercaron a uno de los corrillos formados por los andaluces. Eran la delegación mayoritaria, y Martín se había pasado semanas viajando a Sevilla para cerrar un acuerdo con ellos que le permitiese a él ganar el Congreso. El pobre decía - cagándose en todo, como es obvio - que llevaba más kilómetros de coche que un repartidor de Seur. En esa charla informal estaba Daniel Armenta. Era el líder indiscutible y hegemónico del partido en esa comunidad autónoma. Presidía la Junta de Andalucía desde hacía más años de los que muchos podían recordar, y no había perdido un ápice de su poder interno. Se dejaba algunos votos por el camino cada cuatro años, en las elecciones autonómicas, pero le sobraban para seguir gobernando. También le habían dado muy duro varios medios de comunicación con algunos asuntos turbios de corrupción, pero nada había sido tan gordo como para desbancarle del sillón. Los habituales avatares del dinero público y el gestor con vicios, le gustaba decir. Era un personaje de otro tiempo, soberbio y déspota, y compadecía a Martín por las horas que habría pasado frente al sujeto para lograr su aprobación. Él solo tuvo que verle una noche, en Madrid, con todo ya resuelto, para darse el apretón de manos definitivo que sellaba el pacto. Hablaron alguna vez por teléfono durante ese tiempo, pero solo cenaron cuando el acuerdo estaba hecho. Nos ha jodido, suspiró, solo nos ha faltado darle Gibraltar... Así se ganan o pierden los congresos, en una subasta privada  y en las habitaciones del hotel elegido para rematarlo. Así sea.

- Coño Tomás, no tienes buena cara. ¿No te estarás rajando? - Espetó en la cara del futuro líder el barón andaluz, con un marcado acento cordobés.

- Estoy mareado, don Daniel. - Esa era otra. Le gustaba que le llamasen de don. - Ya sabes que Martín conduce como si quisiese la pole position, y trescientos kilómetros así acaban con el estómago de cualquiera.

- Bueno, bueno. Que solo sea eso, que te necesitamos entero. Como te dé un mal ahora no sé qué haríamos. Bueno, sí, qué coño: buscarte un sustituto. ¡Jajajajaja!

Se reía como el hijo de puta que era. La carcajada debía estar escuchándose en todo el vestíbulo, y seguro que ya había muchas miradas clavadas en ellos, pensaba Tomás para sus adentros. Sin darse la vuelta para comprobarlo intentaba reírse también, para que no se le notase que pondría a ese tío mirando a Cuenca en cuanto tuviese oportunidad. Ni una hora en el hotel y ya estaba tragándose sapos. Dos noches. Solo quedaban dos noches.


 Continuará...


domingo, 24 de julio de 2016

Reflexiones de un Pokemon

En un ataque de furia por lo saludable decidí salir a dar un paseo por el Retiro. No piensen que ataviado con galas de dominguero. Antes muerta que sencilla. Hace tiempo que adquirí, en uno de esos enormes establecimientos en los que los runners dan rienda suelta a sus más bajos instintos, el equipamiento completo para pasar desapercibido a pesar de mi trote cochinero. Con sus marcas y colores fosforescentes por el que, todo sea dicho, además pagué una lana. Así que en medio del delirio abordé el recorrido habitual, arrepintiéndome de la idea cuando ya habría recorrido mis buenos cien o doscientos metros. A punto estaba de sentarme en el banco más cercano para disfrutar de Junco sin más dolor de corazón que el provocado por las letras de sus canciones, cuando observé movimiento en unos matorrales. Alguno ha dejado suelto al perro, o a lo que llame animal de compañía. Pero no. Por ahí asomó un bicho, azul y con pinta de dragón mutado de un oso amoroso, que me hacía señas con la mano para que me acercase a la vez que me mandaba callar. Tras el primer respingo, y sin caer todavía en lo absurdo de la situación, pensé que el dragón se estaba confundiendo. Ya me entienden. Así que yo también le hice algunos gestos, para dejarle claro que, aunque me parecía un bichejo bien parecido, no tenía yo el cuerpo para rumbas. Solo atendí su proposición cuando escuché un “¡qué vengas gilipollas!”, que se me clavó en el alma. Detrás del seto me explicó detalladamente su problema. Él era un pokemon (tuvo que ampliar bastante este aspecto), y estaba escondido porque el parque se había llenado de cazadores que perseguían a los de su especie con una nueva aplicación para móviles. Luego los entrenaban, por lo visto, pero no logré enterarme de mucho más. Haciéndome cargo de su situación, jodida por otra parte, le hice compañía durante un rato para hacer más llevadera su espera hasta que anocheciese y poder así volver a su casa, en Chamberí, sin peligro de encontrarse a las hordas que corrían desesperadas para darles caza. Felipe, que así se llamaba el amigo pokemon, estaba bastante preocupado por el tema de la formación de gobierno y las negociaciones relativas a la investidura. No lo veía claro. Debió verme en la cara la pregunta obvia: ¿Qué cojones le importa a un pokemon quien gobierna España? Con diligencia me explicó que bastante, ya que el hecho de que fuese una criatura perseguida requería de una actuación legislativa urgente para su protección, y que con este atasco al final terminaría sus días en el móvil de cualquier friki como los que salen en la tienda de comics de la serie Big Bang Theory. Me señaló en particular su temor por el que vestía chandal y una camiseta del Capitán América. Ante mi opinión sobre el asuntó se mostró sobresaltado, y es que le aseguré que teníamos procesión para rato si alguien no cedía. Felipe tenía un análisis sobre nuestro país bastante acertado para su condición de pequeño monstruo digital, aunque viviese en Chamberí. Mirándome a los ojos y cagándose en lo más alto me apostó mil duros – así lo dijo, muy castizo – a que si la cosa dependía de que cualquiera se echase atrás llegarían otras elecciones, sí o sí. Y que a él le iban a limpiar el forro antes de que pusieran las urnas, eso siendo optimistas. Le daba pena España, siempre sumida en estas cuitas, sin pararse a pensar en las generaciones venideras y no digamos más allá de Gibraltar. Que eramos todos muy mala gente, él el primero, y solo anhelábamos tener la vida que nos enseñaban en esa mierda de series americanas en las que se va con una tarta a saludar al nuevo vecino. Métete la tarta por el culo, y ahora vas y se lo cuentas al resto de la urbanización. Payaso. A punto estaba de invitar a Felipe a unas cañas en la calle Ibiza cuando detrás de nosotros aparecieron cuatro fulanos móvil en mano dando gritos. Antes de que pudiese darme cuenta habían metido al pobre dragón en una bola o algo parecido, mientras se abrazaban y vitoreaban al cazador. Ante mi estupor, me explicaron que lo tratarían bien, y que no me preocupase por nada. Me dieron incluso su número para que les enviase un whatsapp si quería visitar a mi amigo pokemon. Mientras se marchaban, orgullosos de la pieza cobrada, pude observar sus pieles sonrosadas por efecto del Sol, y como uno de ellos señalaba en una dirección para seguir su particular safari. Me quedé pensando en lo que me había dicho Felipe. En su impresión de lo que somos como país. Aunque lo que más me llamó la atención al terminar mi paseo es como la nueva especie dominante del Retiro había logrado expulsar de allí incluso a los runners, corriendo de un lado a otro gritando nombres que parecían circuitos japoneses...

lunes, 6 de junio de 2016

Streaming Laura Thompson: las realidades migratorias en el siglo XXI


El Club de Roma presenta la conferencia “Las realidades migratorias en el siglo XXI y la situación en el Mediterráneo: desafíos y oportunidades”, de la mano de la directora general de la Organización Internacional de Migraciones (OIM), Laura Thompson. 



domingo, 3 de abril de 2016

Benítez estuvo aquí

Si Rafa Benítez se hubiese sentado en el banquillo del Real Madrid anoche en el Camp Nou, es muy probable que en el descanso del clásico muchos aficionados merengues hubiesen acudido a la fuente de la diosa Cibeles para preparar el altar en el que sacrificar al mister. Pocas veces se ha visto en el feudo blaugrana esta temporada un equipo más timorato y conservador, atrincherado frente a Keylor Navas por el recuerdo de los cuatro goles encajados en Chamartín ante el mismo rival. Patapum pa'rriba.  Bendito Rayo Vallecano y su apuesta por el fútbol. Y eso que los de Barcelona parecían anestesiados, con un juego cansino alejado de la brillantez habitual. No era necesaria ni la táctica de faltas desarrollada por el Madrid para cortar las líneas de pase, ni mucho menos la enémisa pasada de revoluciones de Sergio Ramos, empeñado desde los primeros minutos en buscar su expulsión, quién sabe si con el fin de ofrecer una excusa a sus compañeros para la previsible derrota que todos tenían en mente. Otra vez con diez, así no podemos ganar. Dóctrina de otro gran recordado por los partidarios del antifútbol. En esas estábamos, cuando se dio cuenta Marcelo de que Messi y compañía tenían, además de una importante caraja en lo referente al juego, un bajón físico más que preocupante. Y tuvo que ser Marcelo, y no las estrellas de la galaxia que trotaban por la mitad del campo esperando el final y una derrota digna, el que tirase del carro. Tampoco se enteró Zidane, cuyo planteamiento del partido debería ser descorazonador para cualquier aficionado madridista. Y ganó el Real Madrid. Benzemá puso el empate, y Cristiano Ronaldo se reivindicó con el gol de la victoria. La defensa blaugrana se veía abocada una y otra vez a un cuatro para cuatro letal, porque el centro del campo había desfallecido. Se acabaron las ayudas, y la fe de Marcelo logró movilizar a los ilustres para no solo salir sin la cara pintada de Barcelona, que parecía ser el objetivo principal del cuerpo técnico. Ganó el Madrid, de forma merecida, con la firma de Benítez, el sacrificado.


jueves, 10 de marzo de 2016

Aquella maravillosa Europa

Si alguna vez el sueño europeo fue hacer del continente un espacio para las personas, podemos despedirnos definitivamente de ese trance onírico. Las últimas decisiones tomadas en el seno de la Unión respecto a los miles de refugiados que huyen de la guerra y la represión nos devuelve a la realidad de lo que somos, y seremos, si no se producen importantes cambios que nos saquen del letargo insolidario en el que decidimos sumirnos hace tiempo. Quién sabe si volveremos a la senda de aquella Europa que fue capaz de reconciliarse consigo misma y unirse para exportar su visión de la sociedad al mundo. Pero no es así. La actitud de la Unión ante los refugiados podría firmarla el mismísimo Donald Trump. Quizá su actitud sea más legítima, ya que al menos no se molesta en disimular sus aberrantes pretensiones. El muro que pretende levantar el aspirante a la presidencia de los Estados Unidos en la frontera con México es el equivalente a la solución diplomática alcanzada en Europa, con la colaboración de Turquía. Los discursos más oscuros ponen como excusa la seguridad, e incluso el trabajo - Europa, para los europeos -, para que aquellos que los pronuncian, y los que aplauden, puedan volver a casa y apoyar la cabeza sobre la almohada con la conciencia tranquila. Cada día quedan más lejos aquellos maravillosos años, para el que esto firma fueron los ochenta, en los que Europa sería de los ciudadanos, o no sería. Desde luego habría que compartirla con la economía, pero el eje central residiría en las personas, su bienestar y el anhelo de un futuro mejor para todos. Hoy somos conscientes de que seguimos aspirando a un futuro mejor, no faltaba más, pero solo para nosotros. Los que cruzan el mar con hipotermia en el cuerpo y en el alma no merecen compartir nuestra miseria. Los devolveremos a su negro pasado como hacemos con los productos que compramos en Amazon y no nos satisfacen. Hemos construido un armazón de instituciones comunes para representar en algo tangible aquella Europa soñada, pero todo está muerto por dentro, y empieza a pudrirse. Hemos perdido por el camino las esencias y la utopía. Nos hemos vuelto pragmáticos, o quizá es que todo nos importa un pimiento. 


martes, 1 de diciembre de 2015

Una llamada en la noche



Las llamadas telefónicas en la noche son como una visita inesperada. Rompen la armonía que descansa envuelta en lo onírico y te devuelven a la realidad más cruda que abandonaste horas atrás. Existen diferentes clases de llamadas, pero de todas ellas la más cruel y despiadada es la que te avisa del repentino deterioro de salud de una persona amada. La noche se vuelve más oscura, y los pensamientos son armas de destrucción masiva que bombardean la parte de nuestro cerebro que precisamos para realizar las mínimas tareas básicas y ponernos en marcha. Una llamada en la noche es un puñal en el corazón. Todavía sujeto a los brazos de Morfeo, eres capaz de percibir ese deseo que te recorre como una punzada: ojalá se hayan equivocado. No es lo habitual. El teléfono y la noche son pésimos aliados. A través de las ondas y su frío digital viajan las malas noticias amparadas en la oscuridad. Te asaltan con el agravante de la nocturnidad, que por algo siempre la nombramos acompañada de su hermana alevosía. Y a partir de un determinado momento, solamente puedes pensar en la persona que lo está pasando mal. Tu cuerpo quiere sintonizar a través de la distancia con sus pensamientos, con el desconcierto que estará sintiendo. Uno de los deseos más sinceros que un ser humano puede tener es anhelar cambiarse en ese mismo instante por el que sufre. En el fondo de nuestro ser, somos una especie solidaria por naturaleza. Por mucho que siglos de odas a lo individual nos hayan confundido. Buena gente. Con buen corazón. Precisamente este órgano, del que mi suegro Miguel Aguado saca amor para todos, le falló anoche. Fue un apretón importante. De esos que solo superan los que tienen el vicio de no fumar y beben lo justo y necesario para pasar el amargo trago de un mal partido del Real Madrid. Eso decía el médico. Yo estoy de acuerdo, en parte. Creo que el corazón de Miguel tiene una potencia tan enorme que le ha permitido resistir esta puñalada trapera de la vida. Por eso late ahora con la misma cadencia con la que él toca la batería. Un tempo perfecto que seguirá marcando el paso durante años de una persona que tiene uno de los corazones más puros que conozco. Sé que otros no salieron adelante en un envite como este. Algunos de ellos buenos amigos. Todos merecían la segunda oportunidad, y Miguel la aprovechará en su nombre. Está luchando para tener mucho tiempo por delante y seguir haciendo cosas buenas, y tiene que emplearse a fondo. Alguien que ha dedicado su vida a la música seguirá componiendo nuevas canciones. Las notas fluirán como lo hace ese corazón remendado dentro su pecho. La vida sigue. Habrá muchos más momentos, y tiempos mejores. Años de matrimonio para disfrutar y amar. Para seguir en la brecha, querido suegro. No te rindas. Ni un paso atrás.


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Llevo en el mundo de la Comunicación desde 1994. Aquel año comencé a trabajar en Televisión Palencia (más tarde Televisión Castilla y León), para seguir en Arnedo TV Rioja, la agencia His Master Choice o los Servicios Informativos de Antena 3 Televisión en Madrid. Durante más de un lustro residí en Euskadi, ejerciendo como asesor político y de comunicación para varios ayuntamientos de la margen derecha del Nervión (Sopelana, Berango, Gorliz, Barrika...). Allí fundé una pequeña empresa de comunicación institucional y dos diarios digitales que cumplieron su misión informativa durante más de una década. Ya en Madrid, he trabajado en el departamento de Relaciones Institucionales y Comunicación de la Universidad Camilo José Cela, como Jefe de Prensa y Comunicación 2.0 y como Director de Comunicación Externa de Banca Cívica (Ibex Medium Cap). He escrito para columnas de opinión El PluralEstrella Digital, Madridiario, Diario Palentino y reportajes históricos en El Norte de Castilla, además de aportar mi visión profesional para medios como Público, Expansión, LaInformación.com o Elconfidencial.com. Soy uno de los fundadores de Cuarto Poder, el primer periódico de blogs en castellano. También he coordinado la unidad de Estrategia 2.0 en el Máster en Dirección de Campañas Electorales y Marketing Político de la UCJC, la Subdirección del Máster en Comunicación Digital y Nuevos Medios, además de la Dirección Académica del Curso de Experto Community Manager. En la UCJC también fui director de los cursos de verano “Web 2.0: La Internet Social“, y “Community Manager: Gestión de Comunidades Online“. En la actualidad trabajo en el área de Comunicación y Relaciones Externas de CaixaBank. Nací en Valladolid, soy de Villalón de Campos, elegí Madrid para vivir y me siento palentino de corazón. 

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