lunes, 5 de junio de 2017

Los pueblos vacíos


La hierba alta y el adobe derrotado. Ventanas que dejan pasar el viento sin oponer resistencia, y jambas que ya no sujetan puertas. Las calles desiertas con ecos lejanos de niños y animales, la plaza desolada que albergaba el mercado. Periódicos con fechas lejanas en el tiempo ejercen de alfombras en suelos de casas huérfanas. Hogares otrora dulces al calor del fuego, yacen inertes y desvalijados por el tiempo y los desalmados. La tierra llora la ausencia de manos que la trabajen. Las cuadras añoran a los pastores y sus particulares sonidos. Todo es lamento en medio del terrible silencio. En la patria del vacío.
De vez en cuando, al calor de estío, llegan visitantes a lomos de bicicletas. Jóvenes como los que antaño hacían del pueblo un bastión contra los vecinos de al lado. Riñas y honores ofendidos eran pan nuestro de cada día en la Tierra de Campos, en la vieja Castilla. Los recién llegados, veraneantes con la piel quemada que delata su origen urbano, siguen llevándose en los zurrones la memoria del lugar. Los pocos recuerdos que sujetan los endebles tabiques y las maletas que no verán más viajes. Los rezos que ya no serán en la destartalada iglesia. Cuando se marchen, y vuelva el invierno, las heladas seguirán tirando abajo paredes y más tejas caerán de sus atalayas. El olvido es más eficiente amparado en la niebla y el frío.

La última lucha es para no desaparecer de los mapas. Para que al menos los cazadores de recuerdos encuentren un filón cada vez menos boyante y satisfagan así sus inquietudes de urbanitas arqueólogos. Seguir en el mapa es un hilo de vida. Un testimonio de lo que fue. Es mantener el frente de batalla contra el abandono. La esperanza de que vuelvan las bicicletas.

La despoblación es el problema más grave al que se enfrenta nuestra tierra. Su terrible avance cobra especial relevancia en pueblos como el que describo, que visitaba de niño junto a mis amigos de Villalón de Campos. Las cifras son la constatación científica de esos sentimientos que te sobrecogen al pasear por lugares en los que no cuesta imaginarse como fue la vida antaño. Podemos hacer más, y debemos hacerlo para luchar contra este enemigo terrible que pretende condenar a las próximas generaciones al exilio. Puede que todavía estemos a tiempo.

viernes, 3 de marzo de 2017

Ateneos de su tiempo


La historia de los Ateneos españoles es un tesoro. En sus triunfos y en sus fracasos. En esencia, es la historia de España. Debió ser excitante formar parte de aquellos pioneros que defendían la capacidad crítica, la libertad de pensamiento... Épocas turbulentas para el país, que aquellos hombres, y algunas mujeres que no se conformaban con el papel que les otorgaba la sociedad, enfrentaban con las armas de la razón y el saber acumulado en sus mentes y bibliotecas. Eran los Ateneos que necesitaba el siglo XIX, al igual que el XX tuvo los suyos. En la historia de los Ateneos, como en la vida, si no se avanza se va para atrás. Los que llegamos a este movimiento hace bien poco, haciendo gala de ese espíritu crítico que nos impregna en estas instituciones, también tenemos nuestra forma de ver lo que debe ser un Ateneo para el siglo XXI. Y esto que les cuento es solamente una opinión personal. Les pondré un ejemplo: para mí, la biblioteca de un Ateneo tiene que convertirse en un gran repositorio al acceso de todas las personas, ubicado en la red de redes y que no pida un permiso de entrada a nadie. Textos llenos de saber, destinados al libre uso sin que la condición social del que reclama conocimiento sea una barrera. Tenemos tantas herramientas tecnológicas a nuestra disposición para lograrlo, y la inmensa mayoría gratuitas, que no hacerlo sería un pecado. YouTube, por ejemplo; el ebook, sin ir más lejos. Claro, que nos gusta el papel, su tacto, su olor, la imprenta... las bibliotecas públicas, como es el caso de la de Palencia, cumplen una misión tan importante que no merece la pena intentar superar o suplantar ese espacio. La verdadera sede de un Ateneo del siglo XXI está en su red neuronal de espacios conectados en la web global. Internet le ha dado el camino a los ciudadanos para empoderarse, y a entidades grandes y pequeñas una oportunidad para igualarse. Es Internet y todo lo mobile el hábitat natural de los jóvenes. A través de los aparatos se relacionan con bancos, instituciones, compran, venden... Aquellos que quieran llegar a esas generaciones, deberán hacerlo por la vía del smartphone. La arquitectura del nuevo ágora mundial permite construir sin restar recursos al corazón de un Ateneo: sus secciones. Es a través de ellas como se consiguen los fines últimos del Ateneo de Palencia en este caso. Porque el Ateneo como tal no es un fin en si mismo. Es un instrumento al servicio de la sociedad, apoyado por sus socios y gestionado por personas comprometidas para cambiar las cosas. Salir de ese camino, es entrar en un bosque oscuro. Confuso. Los Ateneos de este tiempo deberán renovarse o sufrir los rigores que ya han llegado a empresas y otros sectores. En plena Transformación Digital, hay que asumir con naturalidad las ventajas, sin dejarse atrapar por la nostalgia de épocas que no vivimos, pero sin traicionar las esencias de lo que fue. Grandes pensadores de este país se reunieron en el Café Gijón de la capital, sin que nadie echase de menos un rincón privado con la puerta cerrada. Pareciera que el contacto con el resto de parroquianos, ese mestizaje de pensamientos casuales al calor de un vino o un café, enriqueciese aún más el fruto final. Estoy seguro de que aquellos no verían hoy con malos ojos que su obra se expandiese y conservase más allá de cuatro paredes. El Ateneo está en la calle, en sus actos, en sus hechos, en sus gestiones para que esta tierra prospere. El Ateneo es su gente, sus socios, los que aportan para que podamos seguir... el Ateneo y el proyecto ateneista, es mucho más que un bien inmueble.  



miércoles, 9 de noviembre de 2016

Donald Trump: ¿Populismo o cambio profundo en la Comunicación?

Están ocurriendo muchas cosas en el mundo, y la primera consecuencia es que muchos han quedado inhabilitados para interpretarlas. Los ciudadanos llevan enviando mensajes claros a través de las urnas desde hace años, pero casi nadie se ha querido parar a reflexionar sobre ellos, en la ilusión onírica de que son cosas que se curan con el tiempo. Como el viejo axioma de que la militancia en la izquierda se cura con la edad. Pues hoy el mundo amanece con Donald Trump como presidente electo de los Estados Unidos de América, como hace bien poco el Reino Unido amaneció fuera de la Unión Europea. Horas antes millones de personas, políticos, asesores políticos y demás cabezas pensantes se iban a la cama con tranquilidad. El sonido del despertador fue el atronador estruendo de la realidad. Trump ttiene una ventaja: dice cosas que se entienden rápidamente. Incluso su inglés es perfecto para los que no lo hablamos con fluidez. Si necesitas más de un minuto para explicar una cosa, dale una vuelta. A Trump le sobran cincuenta segundos. Definimos esta forma de construir los mensajes, la comunicación, como "populista", pero debemos comenzar a pensar si los mensajes y las teorías de la comunicación que nos han llevado hasta aquí comienzan a estar obsoletas. Quizá los ciudadanos hayan comenzado a desconfiar de elaborados discursos que se parecen más al marketing y a una política de ventas. Vender al candidato y a las políticas. Trump se ha preocupado más de convencer, apuntando con un discurso básico a los problemas de millones de ciudadanos de su país. Clinton tenía de su lado a lo más granado de la comunicación política y digital. Ha sufrido una derrota sin paliativos. También tenía el viento a favor de la inmensa mayoría de los medios de comunicación. De nada le ha servido. Nos enfrentamos a un nuevo paradigma que, cuanto más tiempo pasemos calificando de "populismo" sin preocuparnos por entender sus matices y mecánica de comunicación, nos seguirá provocando sorpresas que cada día lo serán menos. Los tiempos de cambio son desconcertantes. Mucho más si son tan profundos como los que provienen de la elección democrática de los ciudadanos. La soberbia no debe ser impedimento para que reconozcamos que la inmensa mayoría no hemos visto venir todo esto, y que debemos reconsiderar el andamiaje sobre el que construimos los mensajes que trasladamos a los ciudadanos. Solo desde la humildad y el análisis profundo podremos hacer que los valores de progreso: igualdad, solidaridad, tolerancia... no sucumban ante opciones que, simple y llanamente, han sabido dirigirse a la gente mucho mejor para hacer llegar su mensaje. En definitiva, que han comunicado mejor lo que querían para su país. Es una primera reflexión rápida con horas de sueño y decepción, pero creo que el camino de balsosas amarillas nunca ha estado más claro.


domingo, 30 de octubre de 2016

Envidia y duda

Siempre pensé que tenía un sexto sentido para diferenciar a los buenos de los malos, por resumirlo de forma burda. Que había algo que me guiaba para entender en qué momento estaba delante de buenas o malas acciones y actuar en consecuencia. Puedo parecer pedante, pero estas últimas semanas, por primera vez, he dudado. Por eso envidio a los que lo tienen tan claro. Yo siempre fui así. Quizá la dimensión de los hechos a los que hemos asistido sea demasiado para mí, pero debo decir que, conversando con personas bastante más inteligentes que yo, y que ayer se sentaban en casi todos los grupos políticos del Congreso de los Diputados, me he dado cuenta de que mi duda era razonable. Pero sigo envidiando a los que ante tan importante encrucijada, eran capaces de dar soluciones tan simples. No puedo evitarlo. Y he seguido hablando con esas personas y con otras, y hemos compartido nuestras dudas como si de una terapia se tratase. Y a la conclusión que llegamos en casi todas las ocasiones es que en efecto la duda es la sensación lógica cuando las opciones que se te presentan por delante son todas malas o muy malas. Cuando de tu decisión siempre se derivará un mal, mayor o menor. Pero sigo envidiando a aquellos que han sido capaces de tenerlo tan claro. Desde luego no anhelo la forma en que señalan a los que dudan, a los que han optado por una solución que consideran el menor mal, o simplemente han acatado la decisión de lo que asumieron como sus órganos políticos cuando iniciaron su militancia en un partido, y después formaron parte de sus cerradas y bloqueadas listas para convertirse en diputados. Pero sigo queriendo tener el poder de diferenciar tan claramente, y pasado el trance, no soy capaz. La duda es un estado complejo de sensaciones que te llevan a plantearte tantas cosas que echo mucho de menos estar en la otra orilla. En la de la verdad absoluta, o al menos eso es lo que intuyo cuando leo a tantos sentenciar tan categóricamente sobre lo que para mí está siendo una cuestión tan complicada. Duda. ¿Estaremos ante una verdad de la que no se pueda dudar? ¿No me habré dado cuenta? A veces acudo al diccionario, por vicio. Encuentro que la duda filosófica es una "suspensión voluntaria y transitoria del juicio para dar espacio y tiempo al espíritu a fin de que coordine todas sus ideas y todos sus conocimientos". Quizá es eso lo que necesite, tiempo. Lamentablemente buenos amigos míos no lo tenían ¿Podríamos haber tenido más tiempo? Quién lo sabe. Pero si de algo estoy seguro es de que lo necesitábamos. Quiero formar parte de un colectivo de personas que duden, aunque a mí, durante toda mi vida, me haya costado bastante. Quizá tenga que aprender. Necesitamos tiempo para el espíritu, sin pensar de forma egoista. La duda no es seguridad, y eso da miedo. La duda puede llevarte a tomar una decisión contra tu propio interés, porque de esa forma eres útil a un colectivo mayor. La duda es peligrosa. Por eso las dictaduras propician el pensamiento único. Buenos y malos. Traidores y leales. Vencedores y vencidos. Todo tan simple. Tan básico. Solo superando esas dinámicas tendremos futuro. Solo desde la duda llegaremos a alguna verdad que merezca la pena defender.

jueves, 6 de octubre de 2016

[DIRECTO] Joseph E. Stiglitz: Como la moneda comun amenaza el futuro de Europa

La Fundación "la Caixa" presenta un diálogo entre el premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, Antoni Castells exconsejero de Economía y Finanzas de la Generalitat y catedrático de Hacienda Pública.  Joseph E. Stiglitz realizará un interesante análisis sobre si se puede salvar el euro, después de que la crisis del 2008 pusiera de manifiesto las deficiencias de la moneda. Stiglitz que ha recibido la Medalla John Bates Clark (1979) y el Premio Nobel de Economía (2001), es conocido por su visión crítica de la globalización, de los economistas de libre mercado y de algunas de las instituciones internacionales de crédito como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.  En 2000, Stiglitz fundó la Iniciativa para el diálogo político, un centro de estudios de desarrollo internacional con base en la Universidad de Columbia y desde 2005, dirige el Instituto Brooks para la Pobreza Mundial de la Universidad de Manchester. 

Comienza a las 19:00h del jueves 6 de octubre



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 1. Viernes, 11:00h



Llegó al hotel junto al resto de sus compañeros de la delegación. La mayoría eran viejos conocidos, con los que había mantenido batallas en las que a veces fueron compañeros y otras enemigos. La política es un juego en el que se luce la camiseta de un equipo y se lleva debajo la del contrario. Por si acaso.  Solo aquellos capaces de entender estas miserias y soportarlas con el suficiente arrojo llegaban a la situación en la que él se encontraba en ese momento. La hora de la verdad para su carrera política, o al menos eso era lo que decían los columnistas más enterados de la capital sobre el próximo congreso del partido. Un cónclave en el que su candidatura, sin rival conocido, se alzaría con la victoria, y él, por fin, se convertiría en el gran jefe. El barón de barones. Martín, su mano derecha, el fontanero más cotizado y temido del país, lo decía con más garra: el puto amo.

El hotel, como todos los que solían albergar estas reuniones de tres o cuatro días, era un vetusto establecimiento venido a menos, aunque todavía mostraba los galones de tiempos mejores, cuando la noche de Madrid giraba en torno a locales como Pasapoga y otros de ese calibre. Las enormes dimensiones del recinto y la pésima situación económica del partido - que ya se había convertido en algo habitual -, hacían del “Condado de Castilla” el lugar más apropiado para concentrar a las mil personas que decidirían el futuro de la organización. Su futuro, en definitiva.

Cuando entró en la rama juvenil del partido, de la mano de los hijos de unos amigos de su padre, un militante histórico y recordado, jamás imaginó llegar tan alto. Ni lo soñaba. Simplemente quería ocupar el puesto inmediatamente superior al suyo, a ser posible con una maniobra pacífica. Pasados treinta años, solo quedaba un asiento con el que hacerse por encima de su actual responsabilidad. La meta estaba a solo tres días y dos noches. Dos largas noches. No conocía un congreso nacional que no fuese un suplicio, incluso los que terminaban con cierta unanimidad. Sabía lo que le esperaba, pero el premio final merecería las horas en vela y las decenas de reuniones con otros que, como antes hizo él, vendrían a pedir lo que estimaban que les correspondía en el mercado persa que se formaría alrededor del reparto de cargos y, sobre todo, de estipendios.

Pensaba en todo eso tumbado en la cama de la habitación, con el traje - sin corbata-, todavía puesto, y mirando al techo sin sacar las manos de los bolsillos.  Le habían dado una de las mejores, lo que no evitaba que todo le pareciese algo vintage. Era el único hotel en el que todavía tenían  televisiones de tubo, con la pantalla redondeada, y sin saber por qué le recordó a la casa de su abuela en su pequeño pueblo natal de Burgos. La pared estaba pintada en un gotelé blanco al que concedió cierta dignidad, y una colcha de un marrón indescriptible cubría las dos camas. Habitación doble de uso individual, como dirían en el argot hotelero. Entre esas cuatro paredes debería rematar la faena, para que el domingo mil personas lo aclamasen como el nuevo líder que debería llevarlos al poder desbancando al partido rival. Lo único que esperaba es que el olor a naftalina que desprendía el entorno no marcase su mandato. No se sentía tan viejo, pero mirar a su alrededor le ponía veinte años más encima. Llevaba demasiado tiempo haciendo lo mismo, en habitaciones idénticas. El rumbo del país lo marcaban viejos políticos en viejos hoteles.

Fue en ese instante, en ese preciso momento, cuando una punzada recorrió su cuerpo desde los pies hasta la última terminación nerviosa de su cuero cabelludo. No sabía interpretar lo que le ocurría. Se estaba agobiando por momentos y un sudor frío comenzaba a aflorar tímidamente en su frente. Los golpes en la puerta le sacaron de su mal viaje, aunque antes de reaccionar tuvo un sentimiento extraño. Se sintió solo, o al menos eso creía haber experimentado. Una fracción de segundo de terrible y oscura soledad. Martín seguía aporreando la puerta cuando abrió. Llevaba con él desde el principio. Hacía tres décadas entraron juntos en la sede del partido para que los veteranos les hiciesen la ficha en la que quedarían archivados sus datos personales. Allí fueron sometidos al tercer grado habitual, para saber de qué palo iban los dos nuevos, y así terminaron formando parte de lo que todo el mundo llamaba "la organización". Martín y él entablaron desde ese momento una amistad que iba más allá de la política, forjada en ese primer momento frente al interrogatorio de los cachorros. Jóvenes precoces en sus aspiraciones a vivir de la política, que veían peligrar su puesto si dejaban entrar en el club a dos trepas o, lo que sería mucho peor, a dos tipos con alguna idea digna de ser puesta en práctica. 

- ¿Se puede saber qué cojones haces? - Le preguntó Martín con cara de pocos amigos. - Están llegando las delegaciones del resto de España y al menos debes dejarte ver un poco por ahí abajo. Que no piensen que vamos de divos antes de que metan las papeletas en la urna.

- Me estaba preparando… - Contestó con cierto tono de disculpa.

- ¿Para qué? ¿Es que vas a casarte? Vamos, joder, que he visto a los andaluces, para variar, hablar en corrillos unos con otros, y también había algún valenciano. Joder, joder, y no hemos empezado. No soporto a los andaluces. Es superior a mis fuerzas.

Pensó que Martín tenía la fea costumbre de soltar tacos cada pocas palabras. Era algo bastante incómodo cuando tocaba verse con banqueros u otro tipo de gentes de la escala social alta, pero se convertía en una especie de imán cuando el discurso se lo soltaba a los militantes del partido. Le adoraban. Reflexionó un momento sobre eso. Él jamás había conseguido que las bases le quisiesen en el sentido más amplio de la palabra, como sentían  adoración por líderes pretéritos que ahora se dedicaban a dar conferencias y lecciones desde sus atalayas levantadas gracias a los votos de muchos obreros. Si los que madrugaban un domingo para ir camino del colegio electoral supiesen la mitad de lo que él sabía sobre esos personajes... Pero esa era otra historia. A Tomás le tenían miedo. Siempre se había mostrado implacable y frío, pero su brillantez, y Martín, habían hecho de él un firme candidato a liderar el partido, y a presidir el gobierno del país dentro de dos años, cuando se celebrasen elecciones. Le daba igual la manía de su amigo, con sus joder, cojones y copón de la baraja. Ganaba los congresos y manejaba los interiores de la organización como nadie, y el domingo le pondría en lo más alto. Los dos juntos comenzarían otra carrera. La del poder con mayúsculas. 

Casi sin darse cuenta Martín le había bajado varios pisos en el ascensor para pasearle por el vestíbulo del hotel, mientras los centenares de delegados llegados de todos los rincones del país procedían a acreditarse como legítimos representantes de otros que se habían quedado en sus ciudades y pueblos. La tarjeta identificativa colgada del cuello y sus diferentes colores marcaban el quién es quién de la reunión. Rojo para los delegados, amarillo para los de organización, verde para los invitados, negro para el personal de seguridad... y la marca dorada para los que, como él, formaban parte del máximo órgano ejecutivo del partido. Su puesto ahí no era muy relevante, pero eso iba a cambiar dentro de poco.

Se acercaron a uno de los corrillos formados por los andaluces. Eran la delegación mayoritaria, y Martín se había pasado semanas viajando a Sevilla para cerrar un acuerdo con ellos que le permitiese a él ganar el Congreso. El pobre decía - cagándose en todo, como es obvio - que llevaba más kilómetros de coche que un repartidor de Seur. En esa charla informal estaba Daniel Armenta. Era el líder indiscutible y hegemónico del partido en esa comunidad autónoma. Presidía la Junta de Andalucía desde hacía más años de los que muchos podían recordar, y no había perdido un ápice de su poder interno. Se dejaba algunos votos por el camino cada cuatro años, en las elecciones autonómicas, pero le sobraban para seguir gobernando. También le habían dado muy duro varios medios de comunicación con algunos asuntos turbios de corrupción, pero nada había sido tan gordo como para desbancarle del sillón. Los habituales avatares del dinero público y el gestor con vicios, le gustaba decir. Era un personaje de otro tiempo, soberbio y déspota, y compadecía a Martín por las horas que habría pasado frente al sujeto para lograr su aprobación. Él solo tuvo que verle una noche, en Madrid, con todo ya resuelto, para darse el apretón de manos definitivo que sellaba el pacto. Hablaron alguna vez por teléfono durante ese tiempo, pero solo cenaron cuando el acuerdo estaba hecho. Nos ha jodido, suspiró, solo nos ha faltado darle Gibraltar... Así se ganan o pierden los congresos, en una subasta privada  y en las habitaciones del hotel elegido para rematarlo. Así sea.

- Coño Tomás, no tienes buena cara. ¿No te estarás rajando? - Espetó en la cara del futuro líder el barón andaluz, con un marcado acento cordobés.

- Estoy mareado, don Daniel. - Esa era otra. Le gustaba que le llamasen de don. - Ya sabes que Martín conduce como si quisiese la pole position, y trescientos kilómetros así acaban con el estómago de cualquiera.

- Bueno, bueno. Que solo sea eso, que te necesitamos entero. Como te dé un mal ahora no sé qué haríamos. Bueno, sí, qué coño: buscarte un sustituto. ¡Jajajajaja!

Se reía como el hijo de puta que era. La carcajada debía estar escuchándose en todo el vestíbulo, y seguro que ya había muchas miradas clavadas en ellos, pensaba Tomás para sus adentros. Sin darse la vuelta para comprobarlo intentaba reírse también, para que no se le notase que pondría a ese tío mirando a Cuenca en cuanto tuviese oportunidad. Ni una hora en el hotel y ya estaba tragándose sapos. Dos noches. Solo quedaban dos noches.


 Continuará...


domingo, 24 de julio de 2016

Reflexiones de un Pokemon

En un ataque de furia por lo saludable decidí salir a dar un paseo por el Retiro. No piensen que ataviado con galas de dominguero. Antes muerta que sencilla. Hace tiempo que adquirí, en uno de esos enormes establecimientos en los que los runners dan rienda suelta a sus más bajos instintos, el equipamiento completo para pasar desapercibido a pesar de mi trote cochinero. Con sus marcas y colores fosforescentes por el que, todo sea dicho, además pagué una lana. Así que en medio del delirio abordé el recorrido habitual, arrepintiéndome de la idea cuando ya habría recorrido mis buenos cien o doscientos metros. A punto estaba de sentarme en el banco más cercano para disfrutar de Junco sin más dolor de corazón que el provocado por las letras de sus canciones, cuando observé movimiento en unos matorrales. Alguno ha dejado suelto al perro, o a lo que llame animal de compañía. Pero no. Por ahí asomó un bicho, azul y con pinta de dragón mutado de un oso amoroso, que me hacía señas con la mano para que me acercase a la vez que me mandaba callar. Tras el primer respingo, y sin caer todavía en lo absurdo de la situación, pensé que el dragón se estaba confundiendo. Ya me entienden. Así que yo también le hice algunos gestos, para dejarle claro que, aunque me parecía un bichejo bien parecido, no tenía yo el cuerpo para rumbas. Solo atendí su proposición cuando escuché un “¡qué vengas gilipollas!”, que se me clavó en el alma. Detrás del seto me explicó detalladamente su problema. Él era un pokemon (tuvo que ampliar bastante este aspecto), y estaba escondido porque el parque se había llenado de cazadores que perseguían a los de su especie con una nueva aplicación para móviles. Luego los entrenaban, por lo visto, pero no logré enterarme de mucho más. Haciéndome cargo de su situación, jodida por otra parte, le hice compañía durante un rato para hacer más llevadera su espera hasta que anocheciese y poder así volver a su casa, en Chamberí, sin peligro de encontrarse a las hordas que corrían desesperadas para darles caza. Felipe, que así se llamaba el amigo pokemon, estaba bastante preocupado por el tema de la formación de gobierno y las negociaciones relativas a la investidura. No lo veía claro. Debió verme en la cara la pregunta obvia: ¿Qué cojones le importa a un pokemon quien gobierna España? Con diligencia me explicó que bastante, ya que el hecho de que fuese una criatura perseguida requería de una actuación legislativa urgente para su protección, y que con este atasco al final terminaría sus días en el móvil de cualquier friki como los que salen en la tienda de comics de la serie Big Bang Theory. Me señaló en particular su temor por el que vestía chandal y una camiseta del Capitán América. Ante mi opinión sobre el asuntó se mostró sobresaltado, y es que le aseguré que teníamos procesión para rato si alguien no cedía. Felipe tenía un análisis sobre nuestro país bastante acertado para su condición de pequeño monstruo digital, aunque viviese en Chamberí. Mirándome a los ojos y cagándose en lo más alto me apostó mil duros – así lo dijo, muy castizo – a que si la cosa dependía de que cualquiera se echase atrás llegarían otras elecciones, sí o sí. Y que a él le iban a limpiar el forro antes de que pusieran las urnas, eso siendo optimistas. Le daba pena España, siempre sumida en estas cuitas, sin pararse a pensar en las generaciones venideras y no digamos más allá de Gibraltar. Que eramos todos muy mala gente, él el primero, y solo anhelábamos tener la vida que nos enseñaban en esa mierda de series americanas en las que se va con una tarta a saludar al nuevo vecino. Métete la tarta por el culo, y ahora vas y se lo cuentas al resto de la urbanización. Payaso. A punto estaba de invitar a Felipe a unas cañas en la calle Ibiza cuando detrás de nosotros aparecieron cuatro fulanos móvil en mano dando gritos. Antes de que pudiese darme cuenta habían metido al pobre dragón en una bola o algo parecido, mientras se abrazaban y vitoreaban al cazador. Ante mi estupor, me explicaron que lo tratarían bien, y que no me preocupase por nada. Me dieron incluso su número para que les enviase un whatsapp si quería visitar a mi amigo pokemon. Mientras se marchaban, orgullosos de la pieza cobrada, pude observar sus pieles sonrosadas por efecto del Sol, y como uno de ellos señalaba en una dirección para seguir su particular safari. Me quedé pensando en lo que me había dicho Felipe. En su impresión de lo que somos como país. Aunque lo que más me llamó la atención al terminar mi paseo es como la nueva especie dominante del Retiro había logrado expulsar de allí incluso a los runners, corriendo de un lado a otro gritando nombres que parecían circuitos japoneses...

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