miércoles, 8 de agosto de 2007

Lobo con piel de cordero

Hace más de dos años, cuando George Bush tomaba posesión de su cargo para iniciar su segundo mandato, publiqué este artículo analizando su discurso de investidura. Pasado el tiempo, e intuyendo el final de una etapa negra en la historia, sigo pensando lo mismo.

George W. Bush tomaba posesión de su cargo, en las escalinatas nevadas del Capitolio, con la confianza que da haber sido el candidato a Presidente más votado en la historia de los Estados Unidos. Su discurso, flojo, como todos los que ofreció en su anterior mandato, ponía el acento en la política exterior que debe mantener el país que gobernará durante los próximos cuatro años. El Presidente y sus asesores han diseñado una estrategia que disfraza al lobo con la piel del cordero, poniendo la política wilsoniana por delante, cuando lo que realmente les importa son los intereses económicos y el equilibrio del poder, que tanto encantaba a quien encarnó la formula de diplomacia completamente opuesta a la de Woodrow Wilson: Theodore Roosevelt. Woodrow Wilson (1856 – 1924) fue el vigésimo octavo Presidente de los Estados Unidos, de 1913 a 1921. En 1918 esbozó su programa de paz en los denominados 'Catorce Puntos', que pedían la autodeterminación nacional, el fin del colonialismo y una Sociedad de Naciones como organismo internacional mantenedor de la paz. Wilson entendía la política exterior de su país desde un concepto mesiánico. Los Estados Unidos tenían una obligación, pero no para con sus propios intereses como nación, sino con la difusión de los valores de la libertad. Una de sus máximas fue que la paz dependía de la difusión de la democracia por todo el mundo. Todo ello guarda unas similitudes casi exactas con lo dicho hoy por George W. Bush, con los pilares de su política exterior, aunque la realidad sea bien distinta. Bush hijo no pretende emprender una cruzada por el mundo para profetizar sobre las virtudes de los valores norteamericanos y así hacer, y dejarnos, un planeta mejor el día que abandone su puesto. Sus intenciones tienen que ver con los propios intereses de Estados Unidos como país, siempre en el aspecto económico, y con mantener contentos a los todopoderosos millonarios y monarcas saudíes, convertidos hoy en los grandes inversores del mundo moderno gracias a los petrodolares. La verdadera política exterior de Bush está más cercana el equilibrio del poder defendido por Roosevelt. Ambos conciben la participación internacional de Estados Unidos como un interés nacional, no como una cuestión de principios, y ambos coinciden en señalar que es imposible hacer nada en el plano diplomático internacional sin contar con su concurso y beneplácito. Pero hoy Bush no ha querido desvelar cual es el viento que le guía por las altas esferas internacionales. Él y los personajes que le redactan los discursos han preferido disfrazarse de corderos y contar al pueblo norteamericano y al mundo que su política exterior esta basada en principios morales. Cómo la de Wilson. Pero muchos vemos asomar las orejas del lobo entre las telas del disfraz, y sabemos que si de algo está carente la diplomacia estadounidense y el propio Bush es de eso: PRINCIPIOS.


Imágenes: Woodrow Wilson (arriba) y Theodore Roosevelt.
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