jueves, 10 de abril de 2008

Error China

Deberían haber sido el gran lavado de cara del gigante asiático, la puerta grande de entrada en el primer plano mundial de China, pese a que las puertas a los derechos humanos en el país siguen siendo muy pequeñas. Los primeros pasos de estas olimpiadas, organizados alrededor del periplo que la llama olímpica está dando por todo el mundo, han supuesto también el primer revés para la mastodóntica estrategia de relaciones públicas orquestada por los chinos. Organizados a través de internet y con el apoyo mediático de todos los focos que apuntaban al fuego de Olimpia, los defensores de la causa tibetana han logrado aguar la fiesta a los líderes comunistas. De nada servirán los cortes televisivos y las restricciones de internet para que el pueblo chino no conozca lo que está pasado. No se pueden poner puertas al campo. Los líderes mundiales, una vez más a contrapié, debaten ahora sobre la posibilidad de no acudir a la ceremonia de inauguración de los juegos. Una especie de pequeña reprimenda, sin mencionar ni por asomo el verdadero boicot y no mandar atletas a China. La red ha servido de soporte organizativo para construir una gran protesta que ha tenido una repercusión mundial sin precedentes en la cita olímpica. Una vez más la red, y van... Ver como se desmorona por completo lo que los chinos habían previsto como la mayor estrategia de relaciones públicas jamás diseñada nos enseña a no infravalorar los recursos de la sociedad para organizarse. Internet ha dotado de herramientas, en su mayoría gratuitas, a los que quieren alzar su voz y llamar la atención sobre cualquier causa que consideren justa. Los cabezas pensantes de Pekín creyeron que con tener bien amarrados a los gobiernos de todo el mundo por el lado económico bastaría para garantizarse unos Juegos tranquilos. Error. Seguramente los vicios antidemocráticos adquiridos en su propio estado llevaron a los estrategas comunistas a pensar que la policía de cada país haría el resto. Los de uniforme llegarían de madrugada a las casas y sacarían de la cama a los activistas, manteniéndolos retenidos hasta que la llama pasase entre cámaras de televisión y aplausos bien pagados. Al final tuvieron que apagar la llama, porque las cámaras y los focos no se apagaban como en China, y nadie aplaudía. Veremos ahora como gira la estrategia de comunicación y relaciones públicas de China para paliar este desastre... y quién paga los platos rotos.


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