No es una cuestión de alabar sus méritos como juez instructor. No vamos a recordar su historial de lucha contra el terrorismo, el crimen organizado o la corrupción política, por citar algunas de sus iniciativas más conocidas. Tampoco se trata de reconocerle el gran mérito de haber amargado al dictador Augusto Pinochet, golpista y asesino chileno, sus últimos días de vida y hacerle gritar desde la cama el nombre de nuestro juez mientras le llamaba comunista, a modo de insulto, se entiende. Tampoco la gran imagen que nuestro país cosechó, al ver el mundo como nuestros jueces perseguían los crímenes contra la humanidad en cualquier parte del planeta donde se encontrasen impunes. No se trata de destacar su firme compromiso con los derechos humanos. Brindar el apoyo al juez Baltasar Garzón, con independencia del proceso judicial al que está sometido, es una cuestión de principios.


Hay muchos ciudadanos en este país que no estamos dispuestos a seguir viviendo bajo el manto de silencio impuesto por una transición que se desarrolló bajo el ruido de sables. Que no queremos vivir en una sociedad que se pone medallas por haber cerrado heridas, sin haber abierto las fosas de los que murieron asesinados por un régimen dictatorial que muchos tardaron en condenar.

La demanda de cientos de familiares fue escuchada por un juez de la Audiencia Nacional, y su búsqueda de la verdad y la justicia, con independencia del tiempo transcurrido desde la comisión de los crímenes, no es sino una parte más de nuestra transición, nunca terminada. Poner el límite a finales de los años setenta es tanto como querer correr un velo sobre lo más sórdido de nuestra historia, negando el derecho de las generaciones futuras a conocer sus propios orígenes. Saber la verdad. Tener conciencia, como ciudadanos y sociedad, de donde venimos.

Existen personas que se rebelan ante la sinrazón de una demanda interpuesta por los herederos del franquismo para librarse de un juez que se ha mostrado tan beligerante con la injusticia como tolerancia mostraron los que le denuncian con los crímenes nunca juzgados de nuestra dictadura particular.
La catarsis que muchos otros países han tenido con sus respectivos episodios de pérdida de la libertad por medio del golpe militar y la represión sin piedad de los demócratas, nunca pudo hacerse aquí. Esa transición de la que tanto hemos presumido por todo el mundo revela ahora el sufrimiento de los que no vieron reconocida su lucha y jamás recuperaron los cuerpos de sus familiares, asesinados tras las tapia de un cementerio o en cualquier cuneta de un camino perdido.

Puede que en aquellos días nuestra transición fuese un mal menor y un ejercicio de serenidad y concesiones para poder seguir adelante. Nadie duda de la dificultad del momento. Pero lo que fue un ejemplo, hoy es un proceso inacabado. Hasta que no haya ni un solo español enterrado como un perro, olvidado por sus compatriotas en aras del silencio y el borrón y cuenta nueva, no podremos mirarnos al espejo como sociedad y reconocernos como un país que afronta su historia, con sus errores y virtudes, pero que no precisa de vendas en los ojos para poder avanzar. El error de Garzón fue pensar que ya era el momento. Lamentablemente, no es así.