Acosada por la prensa, en los momentos cumbre de su vida televisada, Belén Esteban cantaba a los periodistas que le asediaban a la puerta de su casa una infame melodía, quién sabe si con la esperanza de que las notas retorcidas que salían de su garganta espantasen a los reporteros para siempre, o hasta que fuese precisa su presencia. La Esteban entonaba el clásico "estoy superfeliz, superfeliz", mientras todo el mundo se abandonaba a la perplejidad que requería el momento.



España es un país de políticos felices. Francisco Camps encarna el estado de la felicidad plena, como él mismo se encarga de pregonar a los cuatro vientos cada vez que un periodista le acerca un micrófono a la boca. Igual que la Esteban. Arriba la Esteban. El paradigma de felicidad ha cambiado. Ahora hace falta estar imputado por cohecho impropio para que nos llene la dicha. Para poder sonreír. Para estar completo. El prototipo de político representado por Camps disfruta al hacer el paseíllo camino del juzgado para declarar ante el togado. La felicidad deja de ser una aspiración lógica, para introducirse en el personaje y colmarlo de vida, aunque se la amargue a sus camaradas de Madrid.

La felicidad de Francisco Camps está llevando a la política de nuestro país por la calle de la amargura. Obligado por su valedor en el pasado, Mariano Rajoy guarda silencio, no responde a preguntas, y baja cada día un poco más el listón de la decencia en esta noble actividad. El ejemplo que debe suponer el trabajo diario de nuestros representantes, no digamos del presidente de la Generalitat Valenciana, debe conllevar una exigencia superior al resto de los comunes españoles que observamos el espectáculo a través de los medios de comunicación. Camps puede ser cada día más feliz, pero mientras él rebosa esa alegría fingida, la percepción que los ciudadanos tenemos de la política se va tornando cada vez más negra. La desconfianza hace acto de presencia cuando la resistencia para asumir responsabilidades aparece en el escenario público.

Mientras la cantinela presida las comparecencias de Camps y el silencio sea la respuesta de Rajoy, habrá que ir muy lejos a buscar la imagen de los políticos cuando pare la música...