jueves, 29 de julio de 2010

Toros en libertad

De tanto repetirse, va camino de convertirse en clásico. Nadie parece saber en qué se fundamenta la alusión continua a la libertad, pero ya no hay postura política del Partido Popular que no se base en la perpetua presencia de esta palabra, a menudo mezclada con liberal, libertinaje y liberación en los conceptos que la rodean dentro de los discursos que nos arrojan desde el atril.


El último episodio, nueva aparición estelar de la libertad en boca de Mariano Rajoy, ha sido para defender la fiesta nacional en Cataluña. Nada se sabe de él en Canarias, donde gobierna junto a los nacionalistas del terreno y llevan dos décadas sin ver una corrida, gracias al trabajo de un señor que, casualidades del destino cruel y traicionero, hoy pertenece a la nómina de cargos del Partido Popular. Desaparecido sobre el tema canario, Rajoy amaga con volver a dar trabajo al Tribunal Constitucional – ¡¿Otra vez?! – para proteger las corridas de toros en el resto de España, en defensa de la libertad. Oh! Libertad, que tendrás.



El ejercicio de la libertad según el aspirante a presidir el Gobierno de España, entiendo, es que nosotros, ciudadanos libres, podamos optar libremente a acceder a recintos cerrados donde se tortura un animal hasta darle muerte por la vía de la espada, previa sangría con otros artilugios diseñados al efecto. Pronostico que, si la iniciativa de Mariano Rajoy prospera, volveremos a tener en nuestro país una eclosión de otros tradicionales espectáculos con animales, tales como las peleas de perros y gallos (a muerte por supuesto, que para eso somos españoles, y los bichos también) o, si algún empresario de éxito se anima, disfrutar de esos históricos espectáculos que nuestra herencia romana hace que llevemos en la sangre. Rollo Gladiator.

Aquellos que defienden las corridas de toros podrán tener muchos argumentos para pelear por lo que creen justo. Poner por delante la libertad, es un chiste malo. Rajoy ha dicho: “Estoy a favor de que quien quiera ir a los toros, vaya; y que quien no quiera ir a los toros, no lo haga.” De acuerdo. Comencemos por el toro. Si monta por decisión propia en el camión que lo llevará al matadero, convertido en plaza teñida de rojo y gualda con albero de Alcalá de Guadaira, allá él. Si tras el primer arpón de una banderilla clavado en su cuerpo decide coger la puerta por la que entró, que se abra y salga con calma. No lo llamen manso, como hacen ahora. Si se tiene tanto apego por la libertad, llévese su defensa hasta las últimas consecuencias. En todos los ámbitos. Cada vez que se hable. Defienda, señor Rajoy, la libertad para contraer matrimonio con la persona a la que se ama, y no ponga trabas semánticas para teñir de polémica algo tan bonito como el amor entre dos personas. No incluya la libertad en un debate como éste, donde un animal yace al final del espectáculo en medio de un charco de sangre, mientras espera que un subalterno de tercera le quite la vida y ponga fin al sufrimiento dividido en tercios que acaba de soportar. Y no me diga que el toro no tiene otro destino. Que su misión es morir en la plaza. Porque entonces tendremos que empezar a sacrificar a jirafas, hipopótamos y demás animales de la creación, cuya existencia transcurre placenteramente tras nacer, crecer y reproducirse, si pueden. Pobre toro bravo, al que algún garante de la libertad un día le asigno tan macabro destino. Qué bonitos los toros… en libertad.



Publicado en Cuarto Poder
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