Los buenos tiempos que evocan los que siempre viven buenos tiempos eran momentos de orden, tradición y nobles costumbres. La mezcla no era bien recibida, y los hijos buscaban solteras casaderas entre las familias que les correspondían por alcurnia. La vida social no deparaba grandes sorpresas, porque en los mismos sitios siempre se encontraban las mismas caras y los mismos gestos, como dice la canción de Barricada. Era todo, en blanco y negro. Iba tan bien, que no hacía falta pensar en quién gobernaba, ya que con el de siempre las cosas no sufrían grandes variaciones. Los que mucho tenían acumulaban más, y los que nada poseían mantenían su estatus tal y como mandaba el orden natural de las cosas, bendito sea, y bendecido era por quienes tenían la responsabilidad en esos menesteres.





Pero, como todo en la vida, llegó un día en el que algo cambió. O mucho. Introducida en España la moda extranjera de pasar por las urnas cada cierto tiempo - qué cosas del demonio llegaban de fuera -, ocurrió que podría darse la posibilidad de que llegarán al poder los hijos de aquellos que se habían pasado la vida en el escalón social más bajo. “¡Comunistas!”, dijeron. “¡Nos lo quitarán todo y lo enviarán a Moscú!”, vaticinaron. Incrédulos, los más osados y nostálgicos todavía intentaron que nada se moviese por medio de la entrada en el Congreso con la reglamentaria en la mano y el tricornio por testigo, aunque ni siquiera ellos se libraron de quedarse con el culo al aire. Es lo que tienen las puñaladas traperas, que no entienden de clases sociales, ni de órdenes naturales.

Pasados treinta años de aquello, la tenia clasista siempre ha permanecido larvada en la sociedad española. Alimentada por los que le dieron vida, y engordada desde los complejos de una izquierda temerosa, se presenta ahora en forma de crítica al sindicalista que come en un restaurante caro. Porque, claro está, todo sindicalista, trabajador o asalariado, por su condición, no está destinado a probar ciertos manjares, destinados sólo para los paladares selectos y elegidos. El obrero en la mesa de al lado es una tortura para los refinados ojos que contemplan la escena. “¡Horror!”, dicen, “¡Cómo se atreve!”, exclaman. Y si nadie levanta la voz, si damos por hecho que en el fondo tienen razón, habrán pasado unas cuantas décadas para nada. Si alguien debe disculparse por gastar su dinero ganado con honradez allá donde le apetezca, no tardaremos mucho tiempo en tener que enseñar la declaración de la renta para poder comer donde nos dé la gana.




Columna publicada en Estrella Digital