jueves, 23 de septiembre de 2010

Spotify, un pez muy apetecible en un océano lleno de tiburones

Con permiso de Twitter, Spotify es la herramienta de moda en Internet. Comparado por algunos con mitos de la Red como Napster, y elevado hasta las alturas del archivo MP3, el sistema que nos permite escuchar de forma gratuita las canciones más actuales o los grandes éxitos de Elvis, ha provocado que las descargas de música a través de otros sistemas como Emule o Ares comience a convertirse en algo tedioso, más propio de otros tiempos. Sin duda, un respiro para la siempre vigilante SGAE. El streaming manda. En la web 2.0 los tiempos no se miden en décadas, y en algunos casos ni siquiera en años. Esto va mucho más rápido, y nadie quiere quedarse atrás. Los rumores del nacimiento de Google Music vienen a confirmar que el gigante de California no está dispuesto a ceder más terreno en un campo en el que herramientas como Itunes o el propio Spotify le han cogido una delantera importante.





Spotify, que en la actualidad tiene más de ocho millones de usuarios en todo el mundo y dos en España, ha tenido un crecimiento imparable durante los últimos dos años. Anteriormente, sus dueños se pasaron casi otros cuatro negociando con las grandes discográficas la inclusión en su negocio de los respectivos catálogos de canciones, indispensables para el servicio que tenían en mente prestar. El acuerdo, materializado en el pago de una cantidad fija más la tarificación por los segundos que cada usuario consume, ha permitido su crecimiento, junto a una política de alta por invitación, que ha dado margen a la empresa para hacerse grande sin sobresaltos técnicos derivados de la llegada masiva de usuarios. Morir de éxito, si sus servidores en Estocolmo y Londrés no hubiesen soportado el aluvión de personas ávidas de música conectadas a la vez.

Los planes de los dueños de Spotify pasan por su expansión en Estados Unidos, ya que hasta la fecha sólo se encuentra disponible en Francia, Reino Unido, Holanda, Finlandia, Suecia, Noruega y España. Un viaje para cruzar el charco que, al igual que su gestación original, harán de la mano de las grandes discográficas, pese a que estas últimas se resisten más de la cuenta y quieren más beneficios. Por otro lado, sus utilidades sociales y la integración de Facebook para compartir con nuestra comunidad de usuarios la música que escuchamos, ha multiplicado su fama de forma exponencial. Ya no habrá peleas por ver quién pone la música en la fiesta de Blas. Con una lista de Spotify compartida, todos tendrán su momento de gloria y también las copas de más.

Puestos a especular, si Google tiene intención de entrar en el negocio de la música en la Red, podría hacerlo de dos maneras diferentes: o bien crea su propia plataforma, una gran discoteca en la nube, y elige el modelo de pago por canción o álbum completo, diréctamente cobrado a los usuarios, o por el contrario se hace con un negocio en auge, a golpe de talonario. Los fondos de Google son inagotables, y el hecho de que Microsoft también esté sondeando a los dueños de la música para sumarse al guateque, hace que el tiempo, si ya era importante, se convierta ahora en un elemento estratégico. En este contexto, los millones de usuarios de Spotify, además de su incuestionable éxito social, lo convierten en una pieza de alto valor en el punto de mira de compañías que no han acertado con algunos de sus últimos lanzamientos, y para las cuales un fracaso en este sector podría suponer una pérdida de posición irrecuperable. Además, el modelo de negocio de Spotify, basado en la publicidad y las cuentas premium de pago (sin publicidad y con más calidad de sonido), no parece una opción descabellada a medio plazo.

La empresa de Daniel Ek y Martin Lorentzon ha demostrado a la industria musical lo que los magnates no vieron – o no quisieron ver -, mientras exprimían la gallina de los huevos de oro. La posesión de la música, ya sea en un soporte físico o archivo digital, no es lo importante. El usuario quiere consumir una gran variedad de canciones, de multitud de artistas diferentes, y para ello no es necesaria la adquisición a precios de lujo de los contenidos. Por este simple y a la vez gran descubrimiento, y pese a las resistencias de algunos artistas, Spotify vale hoy su ancho de banda en oro.






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