lunes, 1 de noviembre de 2010

El capitán Alatwitter

Si juzgásemos a las herramientas por el uso que sus dueños hacen de ellas, miles de lápices, bolígrafos y maquinas de escribir dormirían el sueño de los justos mientras los verdaderos perpetradores del delito nadan en el dinero fruto de sus obras. Quizás haya que quitar el condicional, porque en muchas ocasiones así ocurre. Sólo hay que ver, por ejemplo, como auténticas jaurías de agoreros del miedo se ciernen sobre cualquier plataforma de la web social si descubren que alguno de sus usuarios ha cometido un error al anunciar una noticia, o se le ha calentado la boca hablando de un ministro. Lo han hecho incluso en el caso de Arturo Pérez Reverte, para quien Miguel Ángel Moratinos, anterior Ministro de Asuntos Exteriores, es un “mierdapor haber llorado el día que abandonaba su responsabilidad. Lo dijo en Twitter. Joder con Reverte. Ha pasado de abusar de la onomatopeya al insulto de tasca con una facilidad digna de alguno de los personajes que inventa para sus novelas. No tiene que ser nada bueno pasar tanto tiempo en cantinas de puerto buscando la inspiración. Puede que no llegue nunca, y dejarse allí los modales.



Quizás Reverte, mientras mira a los simples mortales desde el castillo de popa de su Twitter, ha decidido poner firme a la tropa armado con la retórica habitual que muchos creíamos sólo formaba parte de su literatura. Alguien tiene que hacerlo, pensará el académico, y aquí estoy yo para dar un paso al frente. Quién quiere pintar las batallas, cuando lo mejor es darlas sin cuartel. Le hace a uno más hombre, y los hombres necesitan vivir con enemigos, aunque estos sean una legión de seguidores indignados por el insulto gratuito del que tenían por ídolo. Así se comporta un honrado mercenario, dando la cara en vez de pedir perdón, y sumando con cada nuevo mensaje más adeptos, mientras adorna la página de su cuenta en Twitter con la portada de su último libro. Toda una monetaria declaración de intenciones ante el asedio de sus detractores, que han convertido la red social de los 140 caracteres en territorio comanche para el escritor. Es como ponerse frente a la chusma y decir: no me cogeréis vivo. Dije lo que dije, y me importa un pimiento de Padrón lo que penséis ¡Pardiez! Dichosos los tiempos de la columna en papel. Buenos tiempos. Tus bien pagadas quinientas palabras semanales sin necesidad de contestar a todos estos frikazos de Internet. Cómo se han puesto por una frase sin ánimo de ofender. O sí. Copón.

¿Qué culpa tiene Twitter de esto? Ninguna. Igual que nada tuvo que ver la Red en la falsa noticia del fallecimiento de Marcelino Camacho, que, lamentablemente, hoy sí es cierta. Reverte ahora utiliza el 2.0 para dar candela, igual que hace uso del papel. Y si hubiese nacido en tiempos de los faraones, tiraría de papiro para poner a caldo al sumo sacerdote. Nada nuevo. Al histórico dirigente de Comisiones Obreras no fue Twitter, sino el comunicado erróneo de una formación política catalana, quien elevó su nombre como una de las palabras más tecleadas esa noche. No es que la herramienta invite a la irreflexión por su inmediatez. En esta vida, en todos los órdenes de la misma, hay una virtud que no debe perderse antes de abrir la boca, enviar un correo electrónico o jugártelo todo al rojo. Se trata de contar hasta diez.
(Dense una vuelta por el medio, que merece la pena)

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