lunes, 9 de mayo de 2011

El ejemplo de los abuelos

A mi abuelo paterno no lo conocí. El otro, el padre de mi madre, era un tipo peculiar. Fumador empedernido de Jean y B&N, dos misiles que perforaban mis pulmones en los primeros escarceos juveniles con el tabaco, siempre tuvo para mí los dos objetivos que todo hombre tenía en la vida antes de cumplir los veinte en España: sacarme el carné de conducir, y pasar por la mili. No le hice feliz con ninguno de los dos aunque, en el ocaso de su vida, atacado por la enfermedad que confundía su memoria y la percepción de lo real, siempre pensó que en algún momento llegué a vestirme de militar. Nunca tuvimos una relación especial. Sé que me quería porque me lo demostró a su manera, y yo tuve que ver como se marchaba para darme cuenta de que era un sentimiento recíproco. No me gustaría que nadie hablase mal de mi abuelo.

Franciso Camps, ese candidato imputado que pretende volver a presidir la Comunidad Valenciana a costa de romper para siempre los límites de la responsabilidad política en este país, parece no tener problema en hablar sobre los abuelos de los demás. Ascendido al doctorado en psicología de la memoria histórica, en medio de su orgasmo diario de felicidad, se permitió el otro día decir que el abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero no le transmitió “ternura y cariño” al Presidente del Gobierno de España. Probablemente Camps, con una situación judicial complicada y políticamente en cuestión dentro y fuera de su partido, ha perdido cierto control sobre lo que dice. Sólo así se explica semejante falta de respeto. Se expresa Camps con frases carentes de sentido que dejan al auditorio perplejo, como si sólo él pudiese seguir la lógica de una intervención que se eleva a lo onírico, como poco. Le aplauden, porque en los mítines se suele aplaudir con el automático puesto, pero apostaría sin dudar que la inmensa mayoría no le comprende. Camps habla para la historia, o por no callar, como si ofendido por lo que todos pudimos escuchar a través de las grabaciones telefónicas con su amigo del alma, quisiese devolvernos la jugada. Si ridículo les parecí por teléfono, van a ver ahora de lo que soy capaz en público.



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