martes, 29 de mayo de 2012

Días de mucho, vísperas de nada





El despertador suena como todas las mañanas. Su sonido, que Manuel ha ido cambiando con el paso del tiempo por algo menos agresivo que aquel ruido que parecía una alarma de incendios, se le hace cada vez más duro. No es que levantarse con la idea en la cabeza de tener que asistir a su puesto de trabajo le sea desagradable. Sabe que en los tiempos que corren es un afortunado, y como tal y por responsabilidad y vergüenza no se le ocurriría quejarse. Además, su jefe podría ser un azotador profesional y cada día una agonía, pero no es el caso. Su problema es otro. Manuel lleva ya tiempo con una pesadez física que le nace en el alma. Es una sensación de malestar; de no encontrarse a gusto pese a tenerlo todo a favor. Ni siquiera le pone los cuernos a su mujer, tras muchos años de matrimonio y algunas opciones realistas de haber podido hacerlo, cosa que hace unos años le hubiese parecido algo impensable. Y no echa de menos a otras, algo que también le sorprende. Para rematar la faena, es feliz con ella, sigue enamorado y no le da vergüenza reconocerlo. Vamos, que en definitiva nuestro amigo Manuel vive tranquilo y tiene todos los mimbres para hacer el cesto de la felicidad sin mucho problema. Pero en vez de eso, le sale un botijo. No se encuentra.








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