miércoles, 20 de febrero de 2013

Un bazo por una tarjeta roja





Hay que tener ganas para ser árbitro. De lo que sea. Siempre los señalamos como los culpables de las derrotas de nuestros equipos, con independencia de si los jugadores merecían o no la victoria. El fútbol se ve desde el sofá como una guerra de trincheras que sustituye a la discusión política. En este caso, hay un tercero para que pueda pagar los platos rotos y las partes en disputa queden a gusto, ya sea sobre el campo o en el salón de casa: el árbitro. En las gradas puedes ver a padres que, con sus hijos pequeños al lado, se rompen la garganta gritando maldiciones contra el colegiado, su familia, amigos, animal doméstico… Por la boca sale peste, mientras los puños se cierran hasta que los nudillos se tiñen de blanco. El jefe, el trabajo en general, las facturas, la querida… todo se agolpa en la mente del sujeto, del que se va apoderando ese gañán que lleva dentro dispuesto a desatar toda su furia contra el árbitro. Porque, evidentemente, los jugadores del equipo propio ya han sido elevados a deidad hace tiempo, y el entrenador, aunque esté a quince puntos del máximo rival en la clasificación, es un tipo cojonudo. Aquí el malo es el árbitro. Vendido. Villarato.







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