miércoles, 24 de abril de 2013

El anonimato perverso




No son nada nuevo los seudónimos en el mundo del arte o el periodismo. En muchas ocasiones han servido, y lo siguen haciendo, para proteger la identidad de quienes ponen en peligro su vida o posición social por decir lo que piensan. En cierto modo, ese anonimato obligado es una derrota sin batalla. Se hinca la rodilla ante una amenaza cierta pero no proclamada, cuya sombra se cierne silenciosa sobre todo aquel que ose ir más allá de lo debido en la crítica al poder. En mi opinión es un mal menor con tal de honrar la verdad, que ha sido utilizado por muchos, – Mariano José de Larra, por ejemplo – sin restar un ápice de credibilidad a lo que su mano escribía.

Pese a su falta de originalidad, la llegada de Internet propició un campo abonado para que el anonimato fuese uno de los grandes atractivos que hicieron asomarse a muchos a la pantalla del ordenador. Obviamente, el primer objetivo y el que más adeptos atrajo fue el hecho de poder conversar con personal de otro sexo, o del mismo, sin necesidad de revelar la identidad. Como todo, tenía sus riesgos, y mientras uno pensaba que estaba intercambiando tórridos mensajes telemáticos con una escultural joven francesa, en realidad conversaba con un guardia civil  retirado, pasado de peso y con bigote, que se escondía en su residencia de Calahorra bajo la imagen de la tierna francesita. Manden firmes, y bien firmes… Qué disgustos ha dado el chat a los más osados, aunque debo decir que también me constan historias con final feliz.

Pero existe el anonimato perverso...







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