miércoles, 18 de septiembre de 2013

Billete de ida a Tordesillas




Pastaba yo tranquilamente por el campo absorto en mis pensamientos, que en ese momento se reducían a la búsqueda de una compañera de buen ver que aceptase con agrado mi compañía, y quién sabe si algo más. El amigo Langosto, que ayer se rompió un asta haciendo el cabra, me miraba con cierta sorna, y es que ciertamente mi estampa ya no es la de antes. Con 580 kilos de peso no puede decirse que estuviese estilizado como para salir en la Madrid Fashion Week, aunque uno conservaba su encanto y porte señorial, que en el fondo es de lo que se trata, y no de la talla.

Como les decía, disfrutaba de los últimos días del verano junto a los compañeros de la manada, y podría decirse que era relativamente feliz. El caso es que mientras me regodeaba en mi confortable sensación, llegaron los señores con el camión en el que tantas veces habíamos visto partir a otros que nunca volvieron. Mal rollo. Langosto decía que los que marchaban, casi siempre de seis en seis, no volvían porque les llevaban a un lugar mejor. Lleno de vacas de portada, pastos delicatessen y unas cuadras de diseño en las que pasar nuestros últimos días como los animales nobles y símbolo de la patria que somos. Langosto siempre ha sido un optimista mandón, y también un ingenuo. A mí lo del camión siempre me dio mala espina. Qué razón llevaba…

Y me tocó. Lo curioso del asunto es que, en vez de elegir a otros cinco compañeros para acompañarme, esta vez solo entraría yo. Raro, raro. Tras meterme dentro no sin cierta resistencia, cerraron las puertas y todo se oscureció salvo por algunos rayos de luz que se colaban entre la estructura metálica. Una cárcel con ruedas es lo que era, para que vamos a engañarnos. Salíamos de viaje. Pasé bastante calor durante el trayecto, aunque a través de esas mismas aberturas por las que entraba luz, también se colaba algo de aire. Notaba como el corazón se me aceleraba a medida que pasaba el tiempo. ¿Tendría razón Langosto, y me llevaban camino de un retiro dorado en el Olimpo de los toros? Pese a que intentaba pensar de forma positiva, algo me decía que mi destino iba a ser otro, bastante menos onírico.






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