miércoles, 23 de octubre de 2013

Las anécdotas peligrosas



Los vemos como casos aislados. Hechos que acontecen por el atrevimiento de cuatro descerebrados o los excesos de nostálgicos. Incluso como la travesura de unos borrachos a los que se les fue la mano. No queremos ver que cada impulso de la extrema derecha, cada arranque xenófobo en nuestras calles, forma parte del mismo monstruo de siete cabezas. Una hidra que crece cada día por diversas causas, pero cuyo principal alimento es la indiferencia de la mayoría. Quizás tengamos problemas más importantes, se podría decir en nuestro descargo, pero gran parte de ellos llegaron porque no tomamos medidas a tiempo.






Las batidas por barrios de Madrid a la caza del homosexual, del diferente, los actos de exaltación de regímenes pasados, ya sean españoles o alemanes, agresiones al grito de “¡Maricones!” en ciudades tranquilas y pequeñas, que nunca antes conocieron cosas semejantes… El bicho se hace grande. Engorda. Se multiplica en Internet, con ataques a medios de comunicación progresistas que provocan la caída de sus páginas web. Nadie leerá otra cosa que no sea nuestro ideario, pensarán al cometer la tropelía. Muchos se han sorprendido esta semana al descubrir que, además de las calles y los callejones oscuros, el ciberespacio también es terreno conocido para los fanáticos, y no solo para expandir su pensamiento. Resulta que también tienen el conocimiento técnico para tumbar un medio de comunicación online, algo que no se esperaba nadie, o al menos los comunes ciudadanos como que el firma esta columna.

No lo llamamos Hidra. Ni monstruo. Lo denominamos anécdota, y esa definición es la más peligrosa de todas, aunque nos haga dormir con la conciencia tranquila. Nos cuesta reconocer que en nuestro país, bajo el manto de una democracia joven, en proceso de maduración, se está gestando un movimiento que cobra fuerza cada día. No tenemos ni la picardía de mirar más allá de nuestras fronteras, y ver lo que ocurre: brazos haciendo el saludo fascista que entran con paso firme en los parlamentos, apoyados por los votos del descontento y el hartazgo. El voto de castigo a la clase política, que se convierte en una condena para la democracia. Demos a cada noticia la importancia que tiene. Utilicemos los hechos para hacer pedagogía. Que se diga alto y claro que nada soluciona una ideología que se basa en el odio. En buscar culpables a nuestros problemas en el diferente, en el más débil o en el que no piensa como tú. Vamos a ponernos unos deberes sencillos, para empezar: no riamos ni una sola gracia más, o comentario fuera de lugar, que escuchemos en el bar o en una comida con la familia. No dejemos que esas anécdotas sin castigo hagan que el bicho siga, poco a poco, cogiendo peso.







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