miércoles, 15 de enero de 2014

El algoritmo fiel





Desde que, hace décadas, la conexión telemática entre computadoras dio lugar a lo que hoy conocemos como Internet, la evolución de la Red ha tenido momentos importantes, quizá igual que los tiene la historia del hombre. Cambios, evolución, que han significado avanzar para, casi siempre, mejorar. Sirva como ejemplo la apertura y democratización de Internet que supuso la web 2.0, abriendo a nosotros, los comunes mortales, la oportunidad de crear contenido de forma gratuita para ponerlo a disposición de los demás. Algo que antes de los blogs, las redes sociales y demás herramientas solo podían hacer aquellos que dispusiesen del dinero suficiente, o los conocimientos técnicos, para permitirse la programación y diseño de una web.



Hoy, los algoritmos inteligentes se imponen con precisión nanométrica en la realización de labores que otrora corresponderían a los humanos. Estos algoritmos, evolucionados y musculados gracias a esa evolución tecnológica de la que hablábamos, responden con rapidez y frialdad a nuestras búsquedas en Google o generan cantidades industriales de spam. Se calcula que más del 61,5% del tráfico de Internet corresponde a algoritmos, robots, en definitiva, inteligencias artificiales en potencia. Unas más dotadas que otras, pero que realizan su tarea sin la necesidad de la intervención de un humano.
Frente a esta pasión por lo que los amantes del cine y de la conspiración definirán como la creación de una inteligencia artificial global que terminará dominando el mundo, al igual que Skynet en la saga Terminator, otros intentan volver a los orígenes creando aplicaciones que devuelven todo el protagonismo a la interacción entre humanos para resolver problemas. Es el caso de Jelly, la creación de uno de los inventores de Twitter, que pondrá en contacto a todo aquel que tenga una pregunta con el que se atreva a contestarla. Nada nuevo aporta a otros servicios que ya existen en la Red, si no fuese porque, como le contaba a Rosa Jiménez Cano en El País el inventor de la cosa, se trata de devolver el protagonismo a los humanos frente a los algoritmos que, como el de Google, podrían darnos una respuesta inmediata. “Da igual lo sofisticados que puedan llegar a ser los algoritmos, todavía no llegan a alcanzar la experiencia, inventiva y creatividad de la mente humana”, afirma Biz Stone a la compañera.

Puede que le estemos entregando demasiado terreno a tecnologías que no controlamos en su totalidad. La complejidad de algunos de estos algoritmos y su razonamiento programado para ser autónomo y actuar en consecuencia, sin que la mano del hombre intervenga hasta que saltan las alarmas, puede traernos algunos disgustos en el futuro. Sabemos de nuestra capacidad para crear y evolucionar estos bichos informáticos porque tenemos una máquina mucho más compleja y potente instalada en nuestra cabeza. De eso no hay duda, pero convendría no emocionarse demasiado. Confiamos en que la fidelidad a nuestros deseos que hemos inculcado a las líneas de código del algoritmo actúen como cortafuegos para cualquier funcionamiento anómalo, pero a la vez le damos la oportunidad de actuar por su cuenta atendiendo únicamente a su razonamiento basado en los datos que busca y juzga. Un juego complejo y peligroso el que afrontamos en este campo, que quizá deba ser observado y regulado desde aquellos estamentos que deben velar por la seguridad de todos. No sé ustedes, pero a mí no me apetece lo más mínimo despertarme un día y encontrarme a la tostadora levantada en armas tratando de tomar el poder de mi casa por la fuerza, aliada con el clan de la manzana liderado por el iPhone, mientras Spotify ha decidido por su cuenta comenzar a reproducir marchas militares. Seguro que no será para tanto… o sí.





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