miércoles, 29 de enero de 2014

Los cobardes de Srebrenica






Durante la guerra que asoló la antigua Yugoslavia se sucedieron las atrocidades cometidas por fanáticos de todos los bandos. Bosnios musulmanes, serbios y croatas se empeñaron a fondo para eliminar al contrario, mientras se desintegraba el sueño de Tito y se forjaban nuevas naciones. Europa, como casi siempre, no quiso saber nada del conflicto hasta que la sangre llegó al Adriático, y entonces ya era demasiado parte.

La ciudad de Srebrenica, sitiada durante la guerra por los serbios del Ejército de la República Srpska, al mando del cual se encontraba el general Ratko Mladić, da fe de la incapacidad de Europa y sus aliados para detener la barbarie que se desató en nuestro continente. Declarada zona segura por la ONU, la ciudad estaba bajo la protección de 400 cascos azules holandeses. Poca cosa para Mladić, y su líder político, Radovan Karadzic. Tras comprobar que los holandeses, sin apoyo aéreo ni refuerzos, no les harían frente, entraron en la ciudad para proceder con su tristemente famosa limpieza étnica. El resultado fueron 8.000 muertos, varones en su inmensa mayoría, separados de las mujeres ante los ojos de las tropas holandesas. Fue la peor masacre en suelo europeo desde que los nazis dominaban Europa.




Mladić y Karadzic huyeron de la justicia internacional durante años. Escondidos en los mismos agujeros donde residía su conciencia, evitaron al mundo para no someterse a su juicio. Capturados, no parece que ahora tengan una buena relación. Defendiéndose a sí mismo, Karadzic le preguntaba ayer a Mladić: “¿Teníamos algún acuerdo, usted y yo, en virtud del cual los habitantes de Sarajevo debían ser sometidos al terror de las bombas y los francotiradores?” o “¿Me dijo usted, en algún momento, que los prisioneros de Srebrenica serían ejecutados?” El que sentado en su sillón lanzó a sus perros contra la población civil, trata ahora de cargar las culpas sobre aquel que recibía sus órdenes. Mladić, que casualmente parece tener problemas de memoria, quiso marcharse asegurando que “lo que pasa es que no llevo mi dentadura postiza”. Los presentes no se lo creían. Dos personajes tan terroríficos, que cometieron crímenes contra la humanidad en plena posesión de sus facultades mentales, no tienen la gallardía de reconocer sus delitos y asumir la pena que les sea impuesta.

Solo desde la más absoluta de las cobardías, la que aflora cuando uno no tiene a miles de soldados entre él y sus enemigos, puede entenderse la actitud de estos dos genocidas. Quizá el lamentable espectáculo que ofrecen al mundo desde el juzgado sea una parte de su condena, pero esta nunca será suficiente para tantas familias de Srebrenica, Sarajevo… Madres que vieron como sus hijos eran separados del grupo de forma metódica; miles de esposas convertidas en viudas en un instante; un pueblo que jamás olvidaría el mes de julio de 1995. Pese a la humillación y falta de coraje, los soldados holandeses al mando del Coronel Thomas Karremans no fueron los cobardes de Srebrenica. Los verdaderos cobardes se sientan en La Haya mientras preguntan por su dentadura o tratan de renegar de sus actos. Dos auténticos monstruos convertidos en bufones, que harían reír si no fuese por la sangre que todavía les cae por la comisura de los labios.






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