miércoles, 22 de enero de 2014

Un reloj para el fin del mundo





No es ningún secreto que los seres humanos tenemos una peligrosa afición por la destrucción. Junto a las virtudes que nos hacen tan especiales, magníficos me atrevería a decir, tenemos una extraña atracción por el caos y el desastre que nos convierte en una especie que debería acomodarse, toda ella, en el diván de un buen profesional. Nuestra historia está poblada de guerras, martirio y purgas sin paragón. Carreras hacia adelante para acabar con el prójimo que en la mayoría de ocasiones nos llevaban a la autodestrucción, aunque eso parecía importarnos un pimiento.




Un grupo de científicos creó hace más de sesenta años lo que llamaron el “Reloj del Apocalipsis”. Si las doce de la noche significaba que para la humanidad llegaba la hora de su extinción, la que marcase el reloj en cada actualización, la cuenta atrás para la medianoche, sería la manera de representar el nivel de peligro. Hace poco se publicó la nueva ubicación de las manecillas, y solo faltan cinco minutos para la hora bruja. En el pasado, solo habíamos llegado a estos niveles con episodios de la ya olvidada Guerra Fría. Vamos, que a lo lejos deberíamos estar escuchando ya las trompetas y toda la parafernalia de lo que vienen siendo un fin del mundo a lo grande. El cambio climático, los avances nucleares de países como China, Pakistán, India o Corea del Norte, y una inquietante reflexión sobre las nuevas tecnologías y nuestra capacidad para controlarlas (¿recuerdan la columna de la semana pasada?) hacen pensar a estos científicos que estamos en un punto bastante peligroso de nuestra historia.

Quizá llevemos en nuestro código genético algún mecanismo de control, que nos haga inmolarnos como especie si avanzamos lo suficiente como para poder aniquilar a otras. Si llega el momento, habrá sido demasiado tarde para muchas que compartían planeta con nosotros, y ahora solo forman parte de un catálogo. No podemos saber si seremos los siguientes, pero desde luego hemos hecho méritos suficientes como para que den las doce… y no será para convertirnos en calabaza.




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