jueves, 13 de marzo de 2014

El hombre que preguntaba por el enemigo



Hoy hubiese cumplido 95 años. Si todavía estuviese con nosotros, con su último aliento seguiría empeñado en hacernos sonreír. Qué complicado es regalar a los demás unos minutos de risa, pero qué gran terapia para cualquiera de los males que nos rondan en esta sociedad más desorientada que nunca. Hacer reír siempre se ha considerado algo menor. Para insultar a alguien seguimos llamándolo payaso. Cuanta ignorancia. Es muy sencillo provocar el llanto en el prójimo. Lo complicado es sacarlo de sus problemas y convocar a la carcajada. Eso sí tiene mérito.




Miguel Gila nació tal día como hoy, hace mucho, o poco, según se mire. Le tocó vivir las peores etapas de la historia moderna de nuestro país. Guerra Civil, dictadura… Militante de las Juventudes Socialistas Unificadas que mandaba Santiago Carrillo durante la contienda, Gila fue puesto delante de un pelotón de fusilamiento. Sonaron los disparos y todos cayeron al suelo. Todos muertos, y Miguel simulándolo para salvar la vida. Las respiración contenida, los ojos cerrados, la esperanza de que no haya tiro de gracia… Imagino pocas situaciones más traumáticas para una persona. Él mismo lo contaba así en sus memorias: ”Nos fusilaron al anochecer; nos fusilaron mal. El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el ya mencionado Ábrete Sésamo de los vencedores de batallas. El frío y la lluvia calaba los huesos. Y allí mismo, delante de un pequeño terraplén y sin la formalidad de un fusilamiento, sin esa voz de mando que grita: “¡Apunten!, ¡fuego!”, apretaron el gatillo de sus fusiles y caímos unos sobre otros. Catorce saltos grotescos en aquel frío atardecer del mes de diciembre. Las gallinas tuvieron poco tiempo para respirar, el que emplearon los del piquete de ejecución en apretar sus gatillos. Y sobre la tierra empapada por la lluvia, nuestros cuerpos agotados de luchar día a día“. Después de esta experiencia fue a prisión, por llamar de alguna manera a los campos de concentración que abundaban durante la guerra.

Los surrealistas monólogos al teléfono de Gila son parte de nuestra historia colectiva. Recuerdos de los tiempos en los que solo había dos opciones en la televisión, la primera y la segunda (antes UHF y VHF), y en la pequeña pantalla aparecía un hombre con camisa roja y la mirada que tiene la buena gente. No se me van de la cabeza las llamadas al enemigo para ver si podían avanzar a una determinada hora, porque había fútbol, o la esposa ficticia, que exigía al soldado que pusiese periódicos en el suelo de la trinchera para no volver a casa manchado de barro. Quién mejor que Miguel para sacarnos la sonrisa parodiando algo tan cruel como una guerra. Nadie como el que la ha sufrido en sus carnes. Alguien que fue fusilado y pudo contarlo. Un hombre con su reseña en la Enciclopedia Británica. ¿Es el enemigo? Se hace difícil pensar que Gila pudiese tener alguno.




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