miércoles, 26 de marzo de 2014

La política cae en las redes




El debate es tan antiguo como la propia eclosión de todo el ecosistema que nos trajo la web 2.0. Sobre todo esta evolución de la Internet original, más encorsetada y sin ningún tipo de concesión a la participación ciudadana. En aquella Red solamente podían expresar su opinión aquellos que podían costearse ese lujo. El resto leía y discutía en el bar. Fueron los canales de participación social los que abrieron las puertas que tanto tiempo llevaban puestas en el campo, aunque muchos, y hoy hablaré del mundo de la política, todavía tengan puesto el freno de mano en esta materia.






Para los políticos este es un terreno siempre difícil y complicado, incluso porque la primera barrera se encuentra en la guardia pretoriana que rodea al líder. Hay riesgos, y eso no gusta, pese a que los beneficios sean mucho mayores. Pero, para que todo funcione, es necesario contar con ayuda. El mito del político en soledad frente a sus miles de seguidores es una falacia tan grande que su mera mención debería hacernos reflexionar sobre la credibilidad del resto del discurso. Claro que se necesita ayuda. La web social permite un contacto directo con tantos ciudadanos que si la gestión de toda esa información no se realiza mediante un método serio puede llegar a saturar y no cumplir uno de sus principales propósitos: que el político escuche. Después llegará la respuesta, e incluso la acción legislativa fruto de las voces que han llegado hasta un representante público… o el que aspira a serlo.

Ya no se puede hacer política con orejeras digitales. Es imposible que una estrategia global funcione si se entienden las herramientas de los Social Media como un fin en si mismas – observando nada más si hay un aumento de seguidores en Twitter – o, mucho peor, exclusivamente como un canal destinado a emitir, sin sondear jamás lo que está ocurriendo en el sentido de la recepción. Todo es tan sencillo como decidir si se quiere estar presente en un espacio en el que ya se habla del líder, del político, del candidato, o abandonar el terreno de juego para que otros ocupen un lugar que legítimamente le corresponde a la persona que genera esa conversación a su alrededor. Las redes están plagadas de política, debate e ideas. También de anónimos y ‘trolls’ que tratan de reventar ese sano intercambio de pareceres entre ciudadanos. La presencia de los políticos, escuchando y participando, y la tolerancia cero con aquellos que quieren destrozar la conversación, puede que llegue a dotarnos de otro gran cauce de diálogo y participación para mejorar nuestra democracia. No reneguemos de ello por el mero de hecho de tener demasiado respeto a sus rincones oscuros. Al final, siempre ganan los que arriesgan. Aquellos que superan sus propias fobias para hacer de ellas una poderosa arma contra el contrario.



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