viernes, 2 de mayo de 2014

El odio digital




Es como si lo hubiesen llevado dentro, larvado, y ahora le dan rienda suelta. Una tenía que ha guardado silencio durante mucho tiempo, a la espera de una oportunidad para salir al exterior. Soltar la correa al monstruo, para que campe a sus anchas y haga todo el daño posible. Es una pena comprobar en lo que se convierte Internet en muchas ocasiones. Como el anonimato – que no el seudónimo, que ya lo utilizó Larra -, es la oscura cueva desde la que ruge el bicho.




El odio. Porque al leer muchos mensajes que se escupen en foros o redes sociales uno solo puede llegar a la conclusión de que la persona que los lanza está cargada de ira. Poseída por sus fantasmas y prejuicios, que mantuvo callados durante años porque no encontró la forma de darles la oportunidad de ver la luz sin que su cara infame marcase su propio rostro. Racismo, machismo, intolerancia, mentiras, difamaciones, insultos, amenazas… Pongan el nombre que quieran a la bestia.

Ruge con fuerza mientras los demás tratamos de defendernos luchando contra un enemigo invisible. Solo la justicia, el imperio de la ley, podrá terminar con esta lacra. Una verdadera línea roja marcada a fuego para que sepan, aquellos dispuestos a cruzarla, que el retorno no será posible. No podrán golpear y escapar. Que nadie lo confunda con censura. No salga el oportunista hablando de la libertad de expresión. Nada tiene que ver la protección de las personas, y del propio ecosistema de la Red, con cuestiones de derechos fundamentales. Solo, casi nada, se trata de preservar un bien cuya existencia está ligada al progreso.

Protegerlo de aquellos que quieren convertirlo en su particular vertedero de rencor y desprecio por el prójimo. Hay que empezar por reclamar el mínimo respeto al que se expresa fuera de los límites, y terminar con dureza por poner en marcha a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para que nadie se sienta amenazado por expresar su opinión en una red social. Hemos logrado altas cotas de normalidad democrática en la calle, pero nos queda un largo recorrido en los canales telemáticos. Nos hemos escandalizado por un gesto racista que se vio por televisión, pero a diario, en Internet, muchos sufren hechos similares sin ningún respaldo ni campaña en su favor. Que no vuelvan a sentirse solos. No miremos para otro lado. Puede que si lo hacemos llegue un momento en que el bicho esté tan cebado que ya no podamos sacarlo por la puerta. Se quedará con nosotros para siempre, y ese es un futuro demasiado cruel para dejar que suceda.





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