jueves, 15 de mayo de 2014

La Realpolitik y la frontera espacial



Rusia pasa de la Estación Espacial Internacional. La obra maestra de la ingeniería humana, que recorre el cielo 400 kilómetros por encima de nuestras cabezas, tenía prevista su vida útil hasta el año 2020. Estados Unidos ha dicho que pretende alargar los trabajos en órbita cuatro años más, pero los rusos no están por la labor. Puede que no tenga nada que ver con Ucrania, ni con este nuevo episodio de Guerra Fría al que asistimos. Seguramente las causas sean económicas, y el gigante ruso de antaño sea ahora más pequeño, y no le llegue el dinero para fiestas espaciales. Es extraño, porque sí hay cuartos para el aumentar el gasto en armamento que vuelven a pasear por la Plaza Roja. Como en los viejos tiempos. ¿Añorados tiempos?



En el siglo pasado la Guerra Fría nos brindó una carrera por el progreso tecnológico cuyos frutos recogemos hoy. Dejando de lado que el mundo contenía la respiración cada vez que uno de los dos bloques en contienda estornudaba, no podemos obviar que si llegamos a pisar la Luna fue gracias al pique entre rusos y americanos por ir más allá (y por construir cohetes más potentes con intenciones más oscuras). El espacio se convirtió en la lugar elegido para que unos y otros se midiesen el orgullo y la capacidad de sus ingenieros. Mientras aumentaban un arsenal atómico que podría destruir el mundo varias veces, mandaban hombres y mujeres ahí arriba que volvían para contarnos la belleza de la Tierra. Una contradicción, porque pocos entenderían ese afán por llevarnos a la extinción cuando precisamente adquiríamos conciencia de lo precioso que es nuestro planeta.

Ya no es una sensación, sino una realidad, que nos hemos abandonado a otros menesteres más mundanos que la exploración a la que se dedicaron nuestros antepasados. Ese impulso que nos llevaba a cruzar mares llenos de tempestades y leyendas, con la incertidumbre de lo que encontraríamos al otro lado. Unas veces por la cuestión presupuestaria, otras por la Realpolitik, llevamos décadas sin dar un paso más. Del pequeño salto del hombre, tan grande para la humanidad, que supuso visitar nuestro satélite, hemos pasado a la inactividad. Y va a peor. Cuando la Estación Espacial Internacional caiga al océano, como antes hizo la rusa MIR, pondremos punto y final a una época. La exploración espacial será una historia que contaremos a los niños con nostalgia. El cielo quedará para el GPS y la televisión de pago. La única esperanza que tendremos de descubrir algo más allá de nuestro planeta será que nos visiten los hombrecillos verdes. Eso si no ha ocurrido ya, porque a mí muchos de los que salen por la pantalla ya me parecen extraterrestres. Pero eso es otra historia…




 
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