jueves, 3 de septiembre de 2015

La vida en el horizonte



El mar siempre nos ha ofrecido la esperanza de un futuro mejor. Desde tiempos remotos hemos mirado al horizonte viendo el sol reflejado en el agua y pensando en la vida que nos esperaría al otro lado. Hoy, el mar nos devuelve a la realidad de nuestro fracaso. La fotografía que recorre el mundo a través de los medios de comunicación y las redes sociales solo evidencia, pese a su crudeza, la incapacidad de nuestras comodidades para dar solución a los problemas reales del mundo. Los refugiados llaman a la puerta de los fracasados, nosotros, impotentes ante la magnitud de la decepción que les produce vernos de cerca. La guerra que dejan atrás no les genera tanta frustración como comprobar con sus propios ojos que no hay ningún paraíso al oeste. Los que aspiraban a ser liberados por la cuna de la democracia y la libertad son recibidos con alambre de espino. Las olas se llevan sin compasión a los que lograron escapar de esas balas que, seguramente ¡qué ironía! creían más peligrosas que el frágil barco al que subían. La burocrática Europa necesita jornadas maratonianas para decidir sobre cualquier cuestión, ya sea absurda o vital para miles de personas. Para cuando se alcanza el famoso consenso, las playas ofrecen el macabro testimonio de que ya es demasiado tarde. Es en este punto cuando deberíamos preguntarnos si hemos perdido el sentido de la realidad o la conciencia. Las estrellas de la bandera de la Unión y su círculo se parecen cada día más a esos alambres con espinas que giran y giran a lo largo de kilómetros de frontera para apartar de nuestra arcadia feliz a los que no están llamados a disfrutar de la pequeña fiesta que se vive a este lado del muro. Puede que dentro de poco, un día de estos, nos paremos a reflexionar. Será un momento duro. No nos gustará llegar a la conclusión de que ese niño ahogado que hoy nos rompe el alma podría estar mañana en el colegio si nos hubiese importando algo lo que cada día nos enseña la televisión mientras comemos. Miramos hacia otro lado, hasta que la visión es tan aterradora que no podemos evitarla. Entonces buscamos culpables. No hay que ir muy lejos. Apaguen la televisión, y observen lo que sale reflejado. 

El niño que yace en la playa tenía nombre: Aylan Kurdi.


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