domingo, 24 de julio de 2016

Reflexiones de un Pokemon

En un ataque de furia por lo saludable decidí salir a dar un paseo por el Retiro. No piensen que ataviado con galas de dominguero. Antes muerta que sencilla. Hace tiempo que adquirí, en uno de esos enormes establecimientos en los que los runners dan rienda suelta a sus más bajos instintos, el equipamiento completo para pasar desapercibido a pesar de mi trote cochinero. Con sus marcas y colores fosforescentes por el que, todo sea dicho, además pagué una lana. Así que en medio del delirio abordé el recorrido habitual, arrepintiéndome de la idea cuando ya habría recorrido mis buenos cien o doscientos metros. A punto estaba de sentarme en el banco más cercano para disfrutar de Junco sin más dolor de corazón que el provocado por las letras de sus canciones, cuando observé movimiento en unos matorrales. Alguno ha dejado suelto al perro, o a lo que llame animal de compañía. Pero no. Por ahí asomó un bicho, azul y con pinta de dragón mutado de un oso amoroso, que me hacía señas con la mano para que me acercase a la vez que me mandaba callar. Tras el primer respingo, y sin caer todavía en lo absurdo de la situación, pensé que el dragón se estaba confundiendo. Ya me entienden. Así que yo también le hice algunos gestos, para dejarle claro que, aunque me parecía un bichejo bien parecido, no tenía yo el cuerpo para rumbas. Solo atendí su proposición cuando escuché un “¡qué vengas gilipollas!”, que se me clavó en el alma. Detrás del seto me explicó detalladamente su problema. Él era un pokemon (tuvo que ampliar bastante este aspecto), y estaba escondido porque el parque se había llenado de cazadores que perseguían a los de su especie con una nueva aplicación para móviles. Luego los entrenaban, por lo visto, pero no logré enterarme de mucho más. Haciéndome cargo de su situación, jodida por otra parte, le hice compañía durante un rato para hacer más llevadera su espera hasta que anocheciese y poder así volver a su casa, en Chamberí, sin peligro de encontrarse a las hordas que corrían desesperadas para darles caza. Felipe, que así se llamaba el amigo pokemon, estaba bastante preocupado por el tema de la formación de gobierno y las negociaciones relativas a la investidura. No lo veía claro. Debió verme en la cara la pregunta obvia: ¿Qué cojones le importa a un pokemon quien gobierna España? Con diligencia me explicó que bastante, ya que el hecho de que fuese una criatura perseguida requería de una actuación legislativa urgente para su protección, y que con este atasco al final terminaría sus días en el móvil de cualquier friki como los que salen en la tienda de comics de la serie Big Bang Theory. Me señaló en particular su temor por el que vestía chandal y una camiseta del Capitán América. Ante mi opinión sobre el asuntó se mostró sobresaltado, y es que le aseguré que teníamos procesión para rato si alguien no cedía. Felipe tenía un análisis sobre nuestro país bastante acertado para su condición de pequeño monstruo digital, aunque viviese en Chamberí. Mirándome a los ojos y cagándose en lo más alto me apostó mil duros – así lo dijo, muy castizo – a que si la cosa dependía de que cualquiera se echase atrás llegarían otras elecciones, sí o sí. Y que a él le iban a limpiar el forro antes de que pusieran las urnas, eso siendo optimistas. Le daba pena España, siempre sumida en estas cuitas, sin pararse a pensar en las generaciones venideras y no digamos más allá de Gibraltar. Que eramos todos muy mala gente, él el primero, y solo anhelábamos tener la vida que nos enseñaban en esa mierda de series americanas en las que se va con una tarta a saludar al nuevo vecino. Métete la tarta por el culo, y ahora vas y se lo cuentas al resto de la urbanización. Payaso. A punto estaba de invitar a Felipe a unas cañas en la calle Ibiza cuando detrás de nosotros aparecieron cuatro fulanos móvil en mano dando gritos. Antes de que pudiese darme cuenta habían metido al pobre dragón en una bola o algo parecido, mientras se abrazaban y vitoreaban al cazador. Ante mi estupor, me explicaron que lo tratarían bien, y que no me preocupase por nada. Me dieron incluso su número para que les enviase un whatsapp si quería visitar a mi amigo pokemon. Mientras se marchaban, orgullosos de la pieza cobrada, pude observar sus pieles sonrosadas por efecto del Sol, y como uno de ellos señalaba en una dirección para seguir su particular safari. Me quedé pensando en lo que me había dicho Felipe. En su impresión de lo que somos como país. Aunque lo que más me llamó la atención al terminar mi paseo es como la nueva especie dominante del Retiro había logrado expulsar de allí incluso a los runners, corriendo de un lado a otro gritando nombres que parecían circuitos japoneses...
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