viernes, 9 de septiembre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 2. Viernes, 13:00h


Había delegaciones de territorios fieles. Tradicionalmente se habían alineado con Castilla y León, que era la comunidad autónoma de la que provenía Tomás. Concretamente de Burgos. Asturianos, vascos, cántabros, aragoneses e incluso buena parte de los madrileños tenían una buena sintonía con la gente de la meseta. Un vínculo que venía de lejos. De pactos sellados con importantes puestos en la administración pública cuando su partido controlaba todos los núcleos del poder en los tres poderes del Estado. Sentarse a charlar con ellos en la cafetería antes de que comenzase la primera sesión que abriría el Congreso le reconfortaba. Gorka era el cabeza de la delegación de Euskadi. Se conocían bien y ya habían peleado codo con codo en batallas serias, como cuando a Gorka quisieron quitarle el puesto en una revuelta interna del partido en su tierra, y Tomás y Martín salieron de Burgos pitando para apoyar al vasco y garantizarse así la lealtad eterna de un dirigente más. Aquella fue gorda, y otra noche de hotel en Bilbao en la que Martín casi empala al energúmeno que se había atrevido a levantarse contra Gorka Ibarra Azkargorta. Tenía cuarenta y muchos años, decía que tenía los ocho apellidos vascos, hablaba euskera desde niño, aprendido en Bermeo, y por eso se ponía delante de los que reían las gracias a ETA y les miraba a los ojos para luego, en perfecta lengua vasca, cagarse en su puta madre y en la de todos sus amigos de las pistolas. Después les daba una tarjeta con su dirección y les decía que les esperaba en su caserío de Berango, en la margen derecha de la ría del Nervión y zona de batasunos habituales e históricos, que había aportado grandes terroristas a la lucha armada. Así lo llamaban ellos. Jamás quiso la escolta que le ofrecieron tanto el partido como el Gobierno Vasco. Aunque nadie le hizo caso y siempre había personal pendiente de sus movimientos. Se comentaba que gracias a esa contravigilancia habían abortado al menos un intento serio de acabar con su vida. Hay que reconocer que los tenía bien puestos, aunque era un temerario y un loco. Se alegraba de tenerlo a su lado. 

 

- ¡Aúpa Tomás! Ya te he visto hablando con Armenta. Menuda pieza ¿Todavía no te ha pedido nada más?

 

- No.

 

- Lo hará. Es insaciable. Espero que te dejases algo en la negociación para poder dárselo hoy o mañana, porque tarde o temprano vendrá a por las sobras. Querrá hasta la comida del perro. Además, he oído que no controla a toda su delegación. Tiene algún... verso suelto.

 

- No es lo que él dice.

 

- No te jode. Y si mi abuela tuviese cojones sería mi abuelo, pero aquí hablamos de lo que hay, y a este Armenta se le ha colado en la delegación gente que no es suya.

 

- Pues eso sería noticia.

 

- Ez, Ez. Sería mala noticia para ti, laguntzu. Aunque no creo que sean muchos. No te agobies. Todo está cerrado y para los detalles tenemos tiempo estos días, pero ve con ojo. No es lo mismo ganar esto con el 99% de los apoyos que empezar a hacer el capullo con un 80% y el lunes se rían de ti en los periódicos.

 

- Ya será para menos, Gorka...

 

- Pues eso espero. No me gustan un pelo estas cosas, así que todo el mundo lasai ¡¿eh?! Y a empezar a concretar.

 



Mientras caminaban buscando a otro grupo de fieles, Martín, que no había dicho ni una palabra durante toda su conversación con Gorka, emitía sonidos guturales de difícil interpretación. Era otra de sus múltiples manías, y esta sí que sacaba de sus casillas a Tomás. Le miró a los ojos y aseguró que si no contaba qué narices estaba rumiando se iba a la habitación a pensar en su discurso del domingo. Martín, sin mover un músculo de la cara, le dijo que no confiaba en Gorka.



- ¿Pero qué dices? ¿Y de quién te fías tú, Martín?- Contestó mientras llegaban a una barrera de maletas tras la que se parapetaban los asturianos.

 

Si había unas esencias en su partido, se conservaban en Asturias. Ellos hacían gala de su pureza ideológica, y despreciaban bastante lo que consideraban la deriva de muchos militantes hacia la comodidad de los salarios garantizados y, gracias a ello, la poca capacidad reivindicativa de la formación política como consecuencia de lo cómodos que vivían la mayoría de sus cargos. A Tomás le parecía que tenían más razón que un santo, pero ese discurso solo podía permitírselo alguien que no aspirase a tomar las riendas de un partido que puede colocarte en la presidencia del Gobierno de España. Creía que los asturianos eran necesarios y, aunque no le gustaba la comparación, se asemejaban a esos férreos comités del Vaticano que velaban por la pureza de la fe. Si algún día necesitaba una Inquisición para depurar ovejas negras contaminadas por la avaricia, la sacaría de Asturias, y su Torquemada sería José Antonio Granda. Provenía de una familia de mineros que siempre estuvo más cercana al sindicato hermano que al partido, pero conforme avanzaba el tiempo también evolucionaba la militancia, aunque la mayoría de su delegación tenía también el carné sindical. Eso, en Asturias, era como el documento nacional de identidad. 

 

- Casi le das un beso en la boca a Armenta, Tomasín. - Soltó el asturiano con toda la retranca que pudo.

 

- Otro con la copla...

 

- ¡Ah! Pues si te lo ha dicho alguien más, será que algo de razón tengo. Ya sabes que quiero la Secretaría de Organización para alguien de mi gente. - Era el segundo cargo en importancia, y Martín ya se lo había prometido a los andaluces, entre otras muchas cosas. Además, la petición se antojaba absurda. Asturias era demasiado pequeña para pedir semejante puesto, pero en el juego de la negociación es mejor empezar poniendo mucho encima de la mesa, para que luego, al recular, no se quede en nada.

 

- Granda, no me jodas otra vez con eso, que lo hemos hablado dos millones de veces. - Terció Martín con su habitual diplomacia.

 

- Bueno, bueno. Suave... Yo solo os digo eso, y que entre los andaluces hay jaleo.

 

- ¿Qué jaleo? - Se interesó Tomás, como si no supiese nada del asunto.

 

- No parece nada grave, pero alguno pasa bastante de lo que diga Armenta. No son muchos, así que no hay motivo para preocuparse. Lo de siempre. Querrán su tajada.

 

- Como todos.

 

 

Empezaba a cansarse de la ronda por las supuestas delegaciones amigas. Sabía que eso funcionaba así. Dimes, diretes, puyas, medias verdades, mentiras enteras... incluso con los que están de tu parte. En este nivel no queda nadie con menos de cuatro dedos de frente y una navaja, políticamente hablando, al cinto. Al ver a Almudena le cambió la cara, que según Martín se le estaba poniendo como si estuviese comiendo limones. Almudena Palacios era la dueña y señora de Extremadura. Esa delegación era enorme. No tan grande como la andaluza, pero desde luego con una influencia capital para poder darle la vuelta a algo mil veces hablado si en el último momento de la partida no estaban convencidos del todo. Y Almudena hacía gala a la fama de los extremeños dentro del partido a lo largo de la historia. 



Hace ocho años, en otro cónclave nacional, uno de los barones históricos aspiraba a ser Primer Secretario (así se llama el cargo). Tenía el apoyo de las vacas sagradas e históricas, y de delegaciones muy importantes, por lo que parecía que estaba todo bastante hecho. Pero Almudena Palacios, entonces una mujer que no llegaba a los cuarenta pero que acababa de ganar el congreso de Extremadura haciéndose con el poder y mandando a casa a unos cuantos vejestorios que llevaban toda la vida en aquellos despachos, se le ocurrió pedir, en uno de los debates, que las votaciones para elegir al Primer Secretario deberían ser secretas. Con urnas y todo. La tradición del partido, y sus estatutos, mandaban hasta ese día que el voto se mostraba a mano alzada, para que todo el mundo quedase retratado en la foto. Contra todo pronóstico su propuesta fue aprobada, y de inmediata aplicación para ese mismo congreso. Casualmente, una candidatura alternativa salida de la nada y encabezada por un gallego, que apoyó la propia Almudena, y Tomás con sus humildes cuatro delegados de Burgos, terminó alzándose con la victoria.



Tomás logró un impulso político increíble en aquella batalla, ya que fue de los primeros en alinearse con el ganador, y eso luego fue agradecido convenientemente con el mando de Castilla y León, su entrada en la Ejecutiva Nacional y un acta de diputado por Burgos con un asiento en el hemiciclo de los más codiciados. Cerca del gran líder, y de los que salen siempre en televisión, para entendernos. No era amigo de apuestas fuertes, pero sabía que para llegar a algo siempre hay un momento, un instante, en el que tienes que ir con todo. Acertó. 

 

- Por favor... el hombre del momento. Tomás Romero del Amo, natural de Miranda de Ebro, provincia de Burgos, y próximo Primer Secretario si nadie lo remedia. Estás más sexy con ese aura de poder a tu alrededor. Puede que esta noche te deje entrar en mi habitación un rato.

 

Tomás y ella habían tenido más que palabras durante unas jornadas sobre política municipal que se celebraron en Albacete. Estaba divorciado, y aquello tuvo mucho que ver, indirectamente, en ese trance de su vida.

 

- Si esta noche tengo tiempo para eso, no será buena señal.

 

- No sé a qué te refieres, Tomás, pero en algún momento tendrás que pasarte por mis dominios para hablar de algunas cosas. No estoy muy contenta con lo que Martín vino a ofrecernos hace unos días a Cáceres.

 

Tomás paró con un gesto a Martín, que se lanzaba como un perro de presa a la yugular de Almudena. Tampoco la soportaba, evidentemente. Se apartó de ambos para que pudiesen hablar, y así escenificar su enfado. 

 

- Almudena, tú eres mi prioridad, como siempre. Si no estás contenta, no tengo interés en ganar este congreso ni en el cargo de Primer Secretario.

 

- ¡Jejeje! Ten cuidado Tomás, te has convertido en un falso adulador... Igual que esos a los que criticábamos hace ocho años. Si sigues por ese camino puede que llegues a presidente. 

 

Le dio un beso en la mejilla y se marchó con el resto de su delegación. Tomás le miraba el culo mientras pensaba que llevaba un buen rato recibiendo palos. No tenía costumbre. Su victoria en Castilla y León, al estar avalada por el Primer Secretario nacional, fue un paseo. Hizo lo que quiso y puso a quién le dio la gana en los puestos más cotizados. Luego fue al Congreso, en el que seguía como diputado por Burgos, y allí comenzó a forjar las amistades que ahora le servirían para el asalto final, incluido el aval del político gallego que se despedía del cargo. Había sido derrotado en las urnas, y contra todo pronóstico en la política nacional, asumió la debacle - porque eso es lo que fue el resultado electoral para el partido - y dimitió. De ahí que ahora mil personas estuviesen en Madrid buscando un nuevo guía político. 

 

Caminaba hacia los ascensores cuando alguien le tocó en el hombro. Se dio la vuelta y descubrió a Almudena, con gesto serio.



- ¿Sabes lo de Andalucía? - Le dijo.

 

- Joder... -  contestó Tomás, y marcó en su teléfono móvil el número de Martín.


Continuará...


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