viernes, 7 de octubre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 8. Viernes, 00:00h


Se sentía extraño. Hacía mucho, mucho tiempo que no afrontaba un congreso con la tranquilidad con la que llegaba a este. La noche de las elecciones, tras conocerse los resultados y la tremenda derrota que había cosechado, el mundo para él dejó de tener sentido. Tardó varios días en salir de la nube en la que entró esa madrugada electoral, mientras los suyos se apartaban de su lado y los contrarios celebraban la victoria asomados a un balcón sobre un mar de banderas azules y españolas. No sabía si le había afectado el síndrome de la Moncloa, pero lo cierto es que los dos últimos años no se enteró a tiempo de muchas cosas, y eso provocó que la ciudadanía en general, pero sobre todo sus votantes, los que tradicionalmente votaban al partido, creyesen que había llegado el momento de otro cambio. Incluso algún intelectual que hacía bien poco pedía el voto para él en los mítines escribió un artículo en el diario Público poniéndole a caer de un burro. José Francisco Outeda, decía el director de cine en su texto, nos ha decepcionado a todos los que depositamos en él nuestra confianza. Es un presidente fuera de la realidad. Ya sería para menos, pensó el expresidente, pero el caso es que perdió, y de qué manera… Pero no creía haber perdido por culpa del pueblo. Veía la política como una maléfica deidad, que con la misma facilidad que te honraba con sus agasajos y te hacía crecer con paso firme en un mundo de traiciones y falsos abrazos, sin avisar te negaba todo lo antes concedido y caías al abismo de los denominados "históricos". Solo le inquietaba saber qué haría con su vida a partir de ahora, ya que no pensaba formar parte de ese parque jurásico de viejas glorias nacionales que era el Consejo de Estado.



Había cenado junto a los delegados, que no dejaron de pasar por su mesa ni un minuto para hacerse fotos junto a él. Antes de la presidencia le gustaba el contacto con la gente. Luego se fue haciendo un poco más arisco. Centrado en las cumbres europeas y en los grandes problemas del país, no le quedaba tiempo para atender cuestiones más mundanas como darse una vuelta de vez en cuando por alguna agrupación local del partido y estar cerca de los que pagaban las cuotas y pegaban los carteles con su foto. Y pensar que fue precisamente así, en mangas de camisa y manchado de la cola de toda la vida, como se ganó la lealtad y los corazones de miles de afiliados y votantes. Todos esos gestos campechanos, tan calculados como falsos, le sirvieron para dar la campanada en un congreso idéntico al que les contemplaba y vencer al candidato del aparato.



No se resignaba a coger la puerta sin dar una última batalla. Le habían contando ya la operación de Gorka Ibarra para darle la puñalada trapera a su elegido. Al que él mismo había designado para sucederle. Eso era intolerable. José Francisco Outeda había adquirido con el tiempo los mismos vicios de aquellos a los que apartó del poder en dos noches tan largas como duras hace ocho años. Lo que les echaba en cara entonces, que pretendiesen tutelar un proceso congresual en el que solo tenían intereses personales y no miraban por el bien de la organización, iba a hacerlo él con la misma frialdad que sufrió entonces. La política desde el poder es evolución. El idealista se convierte en un ser pragmático, y así deben ser las cosas para que el partido no esté gobernado por revolucionarios. Outeda hacía años que no se planteaba lo contradictorio de su pensamiento y los hechos que llevaron a su elección. Le importaba una mierda.



Enterado de que el tapado había salido a la luz, citó a Tomás en su habitación para hablar de cómo dar la vuelta a la situación, y preguntarle de paso como carallo su hombre de confianza, Martín, no se había enterado de nada mientras recorría España recabando apoyos y mirando a los ojos a los que ahora habían sacado los puñales. No era el momento de prescindir de soldados. Un voto es un voto, y él lo sabía mejor que nadie, pero el gruñón de Martín tenía las horas contadas si por alguna maniobra de su deidad ganaban este congreso. Y además había cosas que no le cuadraban en esta pequeña asonada hotelera. Pero eso lo dejaría para más adelante. Jugador habitual de mus, Outeda prefería mirar las cartas de momento, y ver qué hacían los demás con la mano que llevaban. Tomás se retrasaba, y era lógico. No le culparía. El reloj marcaba las doce de la noche. La hora de las brujas. Era el momento de invocar a las meigas de la política. Le encantaba este juego, y la noche.

Continuará...



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