domingo, 16 de octubre de 2016

Noches de Poder. Capítulo 9. Sábado, 01:30h


A la una y media, y con la lluvia arreciando impasible contra las ventanas del hotel, Tomás, Martín y Almudena se miraban sin decir palabra, como si el primero que hablase tuviese que pagar las copas. Eran conscientes de que en ese preciso instante se estaban produciendo muchas reuniones idénticas a la suya, en las que algunos cambiarían el voto que traían delegado por miles de afiliados de sus territorios para apoyar al que se había erigido como la nueva estrella de la fiesta.

- Armenta nos la ha jugado bien - comenzó Tomás -, pero todavía no está dicha la última palabra. Mantenemos delegaciones que al menos aguantarán el empujón esta noche, así que estos cabrones no van a tumbarnos. Al menos no hasta mañana.

Almudena miraba, callaba, y daba largas caladas al cigarro. Un “Coronas”. Hubo un tiempo en el que fumar esa marca de tabaco era equivalente a formar parte de una importante comunidad dentro del partido. Era un pitillo negro, fuerte, con un olor que impregnaba la habitación de algo parecido al aroma de la muerte, si es que tiene alguno. Tomás pensó que eso era exactamente lo que le habían estado preparando durante las últimas semanas. Un entierro digno de un jefe de estado, ante los ojos de miles, quizás millones de personas, pendientes de lo que ocurría en un hotel venido a menos de Madrid. Almudena seguía callada.

- Necesito que hables con los catalanes – continuó – y que se dejen de su calculada neutralidad periférica y su tradición de no meterse en las batallas para ponerse al final del lado del ganador. Sin los catalanes esto se acaba mañana a mediodía.

- Y si yo no juego a esto también, Tomás.

La mirada de Almudena estaba fija en los ojos del que solo hacía unas horas era el gran candidato y próximo líder.

- No voy a engañarte. No puedo dejar a Extremadura en el lado de los perdedores por una cuestión de sentimentalismo. Ya sabes que te tengo aprecio, y lo que pienso de Armenta. Pero creo que en este momento estás en muy mala posición, y no solo es una cuestión de números. No tienes ni idea de dónde te vienen los palos, y eso me preocupa por lo que pueda pasar en las próximas horas.

- Los dos sabemos de dónde vienen los palos. Armenta y Gorka han conspirado desde hace semanas para esto. Sé que se reunieron en Bilbao, y que incluso Armenta voló, cosa que no hace nunca, para poder estar allí.

- Armenta no estuvo en Bilbao. Te lo estoy diciendo, no tienes ni la más remota idea de lo que pasa. Y yo tampoco, esa es la verdad, pero fuera de estas cuatro paredes están pasando más cosas, y más profundas, que las aspiraciones de Gorka y la habitual forma de hacer las cosas de Armenta. Aquí hay algo que se nos escapa.

- ¿Armenta no estuvo en Bilbao?

Tomás comenzaba a dudar de todo. Las horas no eran las más adecuadas para pensar con lucidez, pero tampoco era tan tarde. Le quedaba más mili que al palo de la bandera por delante, y tenía que empezar a poner su cabeza a tono si quería tener esa oportunidad de, al menos, bloquear todo hasta que alguien cediese. Forzar un cisma enorme que provocase la intervención de poderes que ahora mismo estaban en la sombra, pero que siempre aparecían para poner orden cuando el desaguisado se salía de los límites permitidos. ¿Qué era eso de que Armenta no había estado en Bilbao? Observaba a Martín, que con una libreta estaba haciendo cuentas sobre delegados, delegaciones y demás personajes con derecho a voto. Tenía que salir ya para la habitación del gallego. Hacía un rato que le había citado y aunque estuviese de retirada tampoco era plan hacerle feos al que todavía era un referente del partido, y por otro lado un aliado en esta miseria, o eso creía.

Armenta no estuvo en Bilbao ¿Entonces quién? El andaluz estaba en el ajo, y Gorka también. Dos fijos. Si Almudena tenía razón había un tercer hombre, una cabeza pensante más, que tenía la suficiente capacidad como para convencer a Gorka y embarcarlo en una cruzada con dudoso final para traicionar a un amigo. Se dirigió a Almudena.

- ¿Estás segura de que no fue Armenta el que voló al norte?

- Mira Tomás. No sé si estás perdiendo facultades o esto te ha pillado tan a contrapié que todavía no te has levantado de la lona tras el primer golpe. Te diré una cosa: Armenta lleva tratándose su miedo a volar desde hace décadas. Es un caso perdido. Lo sé porque tengo ojos en muchos sitios y, aunque trate de mantenerlo en secreto para que los periodistas no escriban sobre ello, muchos saben que hace medio año hizo un intento. Un vuelo de prueba junto a su psicólogo y un par de amigos con un avión pequeño de una escuela de aviación propiedad de un afiliado de toda la vida ¿sabes lo que pasó?

- Ahora me lo dirás tú, supongo.

- No llegó a entrar en el avión. Casi tienen que ponerle una camisa de fuerza porque amenazó con pegar dos tiros al que intentase meterle dentro ¿y tú pretendes decirme que se subió en un vuelo comercial a Bilbao para ver a Gorka? Y otro de vuelta, supongo. Perdón, dos, porque no hay vuelo directo en estas fechas de Sevilla a Bilbao, así que hizo escala en Madrid. Y todo eso sabiendo que los aterrizajes en el aeropuerto de Sondika - utilizó el nombre antiguo - son como una montaña rusa. Olvídalo. Hay otra persona, y mi olfato me dice que no es un peón.

- Tengo que ir a ver a Outeda ¿Estás conmigo en esto Almudena?


Mirando a la ventana, le dijo a Tomás que no apoyaría a nadie públicamente hasta la noche siguiente, pero que podía contar con ella y Extremadura por el momento.

- Dile a Martín que nos apunte en la columna de los fieles, por esta noche. La verdad es que da gusto hablar contigo cuando tienes al perro entretenido con sus cuentas.

- ¿Qué les has dicho a ellos?

- Veo que vas cogiendo tono. No les he dicho.... nada bueno. - Contestó sin dejar de mirar la lluvia.

- Pues, sin que se note demasiado, a través de delegados que no pinten mucho, hazles llegar mensajes positivos. Que vas a dejarte querer. Les necesito todo lo confiados que sea posible.

Martín giró la cabeza, y su mirada gélida se cruzó con la de Almudena. La extremeña salió de la habitación con una sola cosa en la cabeza. Absurda. Un detalle nada más. Si en cualquier otro momento hubiese llamado perro a Martín en su cara, lo más suave que hubiese salido de la boca de éste no podrían ponerlo ni en una película para mayores de dieciocho años. Sin embargo, en esa mirada había muchas más cosas que mala leche. Quizás Martín estaba haciendo demasiados cálculos a la vez, pensó, y por eso no había prestado atención a su conversación con Tomás.

Mientras caminaba por el pasillo camino de la habitación del gallego, Tomás le daba vueltas a otra cosa: ¿Por qué Martín no había saltado como solía hacerlo al escuchar a Almudena decir que Armenta no viajó a Bilbao? Era Martín el que le había contado esa truculenta historia sobre la solicitud de los vuelos a través del partido. Armenta sería un tacaño, pero no era tonto. Además, creía la versión que le había dado Almudena. Tenía que hacer una llamada, pero eso podría esperar. No quería levantar ninguna sospecha, y necesitaba a todo el mundo confiado.

 Continuará...



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