sábado, 14 de enero de 2017

Noches de poder. Capítulo 21, sábado 21:30h


Era una mesa corrida enorme, situada en un comedor alejado del que ocupaban el grueso de los delegados. Se había montado gracias a la generosidad de los camareros del hotel que habían colaborado, no precisamente de buena gana, para la ocasión. En ella estaban sentados tres o cuatro miembros de cada una de las delegaciones que todavía apoyaban a Tomás. La idea había sido de Granda, porque el asturiano estaba empeñado en que todos se retratasen antes de comenzar el movimiento en los pasillos, y además quería que los demás viesen que había unidad y buen rollo en la facción. Tomás no quiso presidir, evitando así dar una imagen de cierta prepotencia, y se colocó junto a los primeros secretarios de La Rioja y Canarias. Frente a él estaban Granda, Salán y el primer secretario de Burgos. La conversación, como no podía ser de otra manera, giraba en torno a los últimos acontecimientos vividos en el congreso. Aunque en algunos momentos unos y otros introducían algún tema más liviano para descansar un poco la mente mientras llenaban el estómago, Granda no disimulaba su alegría por la aparición del artículo de Ibarra, que había llevado a éste a renunciar a sus pretensiones de liderar el partido. Acababa de comunicarlo personalmente a un par de periodistas amigos, sin ruedas de prensa ni fotografías que retratasen el momento, evitando al grueso de los medios de comunicación. Tomás suponía que tampoco habría tenido ganas de dar explicaciones sobre sus palabras, aunque hubiesen sido escritas hace décadas. El primer secretario de Burgos comentaba que no sabía si el autor de la filtración estaba sentado a la mesa, ni lo quería saber, pero tampoco caería una lágrima por el vasco. Mejor que se supiese ahora, que no cuando Ibarra representase a todo el partido. Y tenía razón. Además, si no había salido ninguna cosa parecida sobre Tomás Romero era porque no existía.

Cuando los postres hacían su aparición, Tomás decidió que era el momento de dirigirse a los presentes. Las conversaciones se habían multiplicado en los diferentes sectores de la mesa, y era casi imposible hacerse oír. Granda se dio cuenta enseguida de las intenciones de Tomás, y soltó un “callarse un momento, copón”, que terminó de un plumazo con el griterío.

- Gracias Granda. No lo enfadéis, porque es capaz de cerrar el hotel y no dejar salir a nadie hasta que esto se arregle. – Tomás quiso comenzar con algo de humor, aunque la situación era complicada para sus aspiraciones. – Como sabéis, durante las últimas horas todo ha dado un vuelco enorme. Hace tiempo que decidí dar el paso para dirigir el partido porque entendía que tenía los apoyos suficientes y así se me manifestó por parte de muchos de los primeros secretarios de las distintas federaciones territoriales. Nunca hubiese presentado mi candidatura sin esas peticiones expresas que se me hicieron para que asumiese el timón de la nave en tiempos complicados. Anoche, Andalucía y el País Vasco, principalmente, decidieron que tenían otros planes, que no eran los que habíamos pactado en los días previos a este Congreso. Quiero deciros que para mí lo más sencillo sería dejar que los acontecimientos sigan su curso, y que el nuevo primer secretario salga de los apaños de Armenta. Me reportaría un puesto en la nueva dirección y seguir en el Congreso de los Diputados. Pero no creo que el mensaje que trasladamos a la sociedad con esta forma de actuar sea lo más adecuado para recuperar la confianza de los que han abandonado a nuestro partido para votar a otros o directamente quedarse en casa. Quizá estemos ante un momento de cambio. Puede que tengamos que comenzar a hacer las cosas de otro modo, porque la gente nos ve como a unos extraterrestres que se encierran en un hotel para dirimir sus problemas a cuchillo sin más testigos que los habituales desde hace décadas.

No tenía intención de darle tanta profundidad a su discurso. Ni siquiera lo había pensado antes de comenzar a hablar. Tenía en mente hacer el típico alegato de resistencia para aguantar esa noche y tratar de llegar a un acuerdo con Almudena Palacios y los catalanes, que llevase a Armenta y Martín a verse obligados a recular y pactar para no quedarse fuera. Pero mientras hablaba se estaba dando cuenta de que sus palabras no eran huecas. Lo que se producía en su cerebro salía por la boca sin filtros. Y le gustaba lo que oía. Es más, le parecía que el análisis de la realidad que estaba haciendo era el único posible. Si seguían por este camino estaban acabados. Todos. Si no lograba convencer a la mayoría de la organización de que la solución a sus problemas no estaba puertas adentro del vetusto hotel, cuando terminase de sonar la música no habría sillas para su partido centenario. Lo que generaciones habían construido con tanto esfuerzo, podía caer en un par de años. Sonaba a aberración, pero no lo era. Siguió con su charla.

- Siempre hemos entendido este partido como algo nuestro. Un coto cerrado para un número de cargos y afiliados que es muy pequeño en comparación de los millones de votantes que en muchos momentos de la historia de este país nos han dado su confianza. Nos hemos creído que siempre estarían ahí, firmándonos un cheque en blanco para los próximos cuatro años. Pero las cosas están cambiando, y mucho. Es probable que este congreso no vaya a ser el mejor ejemplo de lo que necesitamos para garantizar el futuro de nuestro partido, y por extensión de un camino de progreso para el país. Tendremos que utilizar los viejos métodos para ganar y poder cambiar las cosas. Pero os prometo una cosa: esta vez será la última. No vamos a volver a decidir al amparo de la oscuridad de la noche y la voluntad de cinco o seis personas. Vamos a darle la vuelta a este partido como a un calcetín, pero antes tendremos que olvidarnos de todo lo que os estoy diciendo, y poner en práctica lo que hemos aprendido durante tantos años. No será bonito, ni limpio, pero es lo hay que hacer. Si cuento con vosotros, os prometo que cambiaremos para siempre la forma de funcionar de los partidos políticos en España. Pero primero tenemos que ganar.

Si una mosca hubiese pasado en ese momento por la mesa, el zumbido de sus alas se hubiese escuchado como si fuesen los motores de un Airbus 380. Nadie cruzaba la miraba. La mayoría miraban al plato, jugaban con la servilleta o escrutaban el teléfono móvil. Tomás comenzó a temer que se había pasado de frenada, aunque se sorprendió al darse cuenta de lo poco que le importaba. Se había quedado tan a gusto que le daba igual lo que pensase el resto. Sabía que sus palabras eran la guía para los próximos años, o incluso décadas. No se sentía como un iluminado, porque era una persona de lógica, pero tampoco terminaba de entender muy bien de dónde habían salido todas esas palabras que se habían unido en una perfecta conjunción para construir las bases de la estrategia de futuro para el partido. Para cualquier formación política que no quiera ver huir a sus votantes a otras opciones en las que no solo tengan voz y voto los que enseñen un carné. Los segundos se le estaban haciendo eternos, y eso que no pasaron ni dos hasta que Granda, con su estilo habitual, diese un golpe en la mesa y soltase un “¡Con dos cojones!”, que provocó una reacción de júbilo en el resto de comensales. Sabía que la mayoría no habían entendido una palabra. Otros lo habían entendido y no estaban emocionados con la idea de perder el poder que otorgan estas largas noches de hotel. Y algunos, los menos, habrían cogido al vuelo la esencia de lo que había dicho. A estos últimos se les notaba en la cara. No sonreían por volver a la batalla con fuerzas renovadas. Tenían una expresión de cierta satisfacción. Como si llevasen pensando bastante tiempo en lo que Tomás había dicho, pero jamás hubiesen encontrado la fuerza para decirlo a riesgo de ver sus cabezas rodando por el pasillo, políticamente hablando. Escuchar de boca de uno de los pesos pesados del partido lo que llevaban tiempo reflexionando, sin duda les había abierto un hilo de esperanza. Sí. Era eso lo que decía la expresión de sus caras: no todo está perdido.


Continuará... 
 
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