domingo, 29 de enero de 2017

Noches de Poder. Capítulo 22, sábado 23:30h


Cuándo uno recibe una llamada o un mensaje con la expresión “tenemos que hablar”, solo tiene dos significados posibles. Te van a dar una buena noticia, o puedes ir haciendo la maleta y guardando la ropa que habías reservado para el gran momento. Se producen muchas de estas situaciones a lo largo de las dos largas noches con sus días en las que todo se cuece. No solo se rifa en esta feria el cargo más importante. Al menos otros treinta o cuarenta escogidos pasarán a formar parte de la dirección federal, más otros órganos de control. Es como el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Está el premio Gordo, los segundos, terceros, la pedrea… El problema, o la ventaja, según a quien se pregunte, es que el Congreso en el que Tomás estaba metido nadie llevaba la iniciativa porque ni él, ni Almudena, ni Armenta, tenía los números de su lado. Ninguno acumulaba los delegados suficientes como para asustar a los que se alineaban en otros bandos.



El reloj avisaba de la llegada de la medianoche. Tomás envío un mensaje sms a Almudena. “Tenemos que hablar”. Ese era todo el texto que llevaba la corta epístola. El candidato, que había pasado a ser en pocas horas el que menos opciones tenía de llevarse la victoria, puso con cuidado el móvil en la cama y esperó respuesta mientras paseaba por la habitación. Granda, sentado en la silla del escritorio, observada la escena con cautela.



- ¿Crees que esta chica se dará a razones? – Preguntó el asturiano. – Me parece que se le ha subido a la cabeza todo esto desde que sacó adelante aquella enmienda del voto secreto. Por cierto, a mí no me gustaba un pijo. Que lo sepas. Prefiero que la gente levante la mano.



- Granda, tú eras el que mandaba hacer la foto para ver luego quién estaba con el brazo en alto y quién no, y obrar en consecuencia.



- Cómo toda la puta vida... – Respondió Granda dibujando una sonrisa malévola.



El taco que soltó su ahora compañero de fatigas le evocó recuerdos de otros tiempos. Y a Martín. Todavía no podía creer que se encontrase en este atolladero sin la compañía de su amigo de tantos años. No encontraba sentido a una traición tan devastadora, en lo personal y en lo político. No la encontró en sus sueños, y no hallaba lógica táctica en el movimiento de Martín. La única respuesta estaba en el terreno de los sentimientos. Algo que no puede ser controlado, o que desde luego no estaba al alcance de su capacidad haber manejado. Ni él había nombrado a Martín en su discurso de la cena, ni nadie había preguntado, pero desde luego todos tenían en mente la deserción del fontanero. Eso había hecho daño a Tomás, y debilitado su posición de fuerza frente a las negociaciones que vendrían. Si no eres capaz de sujetar a tu más fiel colaborador, no pareces la persona adecuada para afrontar una responsabilidad tan grande como la de Primer Secretario. En política es más importante parecer fuerte y decidido que serlo en realidad.



El móvil vibró dos veces, y la pantalla se iluminó.



- Dios salve a la reina. – Dijo Granda con tono regio y burlón. Parecía que empezaba a disfrutar con todo esto.



El mensaje era de Almudena, obviamente, aunque a estas alturas todos los primeros secretarios y cualquiera que pintase algo ya tenía grabado el número de Tomás. La extremeña contestaba también parca en palabras: “Te espero en mi habitación”. No le gustó, porque en estos juegos el mínimo detalle implica comenzar a ganar o perder. La noche anterior, era Almudena la que había acudido a su habitación para negociar. Ese hecho daba a entender que Tomás era el que manejaba la situación y los demás acudían a sus aposentos para discutir los términos del acuerdo, o en su caso la tregua que duraría unas horas. El cambio de lugar para las conversaciones que planteaba Almudena le estaba dejando a las claras que él ya no era la reina del baile, al menos a esa hora. Granda había estado un buen rato volviendo a hacer cuentas, y estaba claro que, pese a los indecisos, que esperaban un buen trato cuando todo estuviese más revuelto, Armenta llevaba una pequeña ventaja sobre Almudena, y ellos estaban bastante retrasados. El problema de los andaluces era que se habían quedado sin candidato.



El teléfono volvió a vibrar. Era Gorka Ibarra. De nuevo un mensaje que no consumía todos los caracteres que permitía este sistema de comunicación: “¿Estás arriba? Tenemos que hablar”. Tomás le enseñó la pantalla del móvil a Granda y a Juan Salán, su hombre de la comunicación, que acababa de entrar en la habitación.



- ¿Qué quiere ahora? – Fue la reacción de Salán tras leer el mensaje. - ¿Viene a que le perdones después de que Armenta le haya usado como a un pelele?



- Todavía no sabemos qué pretende Armenta con esta jugada. – Contestó Granda. – Si tiene un tapado no tardará en salir a la luz. Lo que está claro es que Ibarra ha hecho el ridículo y no estará muy contento con Armenta y Martín.



- Ibarra es un amigo. Quiero escuchar de su boca lo que tenga que decir. Granda, envíale tú un mensaje y dile que suba.



Otra vez los matices. Ibarra le había enviado el mensaje directamente a él, pero Tomás contestaba a través de un tercero. Con eso le estaba diciendo que había un desprecio personal entre ambos, pero no se negaba a la reunión. Si esto se lo hubiese hecho a Ibarra en otro momento, el vasco ya no volvería a comunicarse. Pero Tomás sabía que tragaría, porque a Ibarra se la habían jugado de mala manera y todo lo que le quedaba era, al menos, salvar parte de la relación personal que habían tenido en otros tiempos. No le había gustado nada el tono de Ibarra en la conversación que mantuvieron en el salón del plenario, pero haría un esfuerzo.



- La reina nos está esperando. – Apremió Granda.



- Que espere. Tú manda el mensaje, y hablemos primero con Ibarra.



Salán abrió la ventana y encendió un cigarro. La maldita lluvia volvía a caer con fuerza sobre Madrid. El mismo cielo rojo sobre la ciudad. Seguro que a algún poeta de la antigüedad se le hubiesen ocurrido varios versos sobre esa noche, el cielo, sangre y guerra. Tomás lo único que tenía en la cabeza era sumar apoyos. Había entrado en modo ataque, y no tenían un minuto que perder.



- Y dile que se dé prisa. 



Continuará... 
 

 
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