viernes, 3 de marzo de 2017

Noches de Poder. Capítulo 24, domingo 02:00h


Un tapado en política es un candidato que aparece a última hora para llevarse el gato al agua. Para que la operación llegue a buen término, deben estar al tanto una mayoría lo suficientemente amplia de los implicados en el congreso, lo que llevará a que el resto se sume sin problema. En todo movimiento en el que está implicado un tapado, siempre hay un damnificado. Aquel que llevaba semanas pensando que sería el nuevo líder, y que incluso ya se había encargado de contarlo a todo el que quisiese escucharlo. Entonces llega el día de la verdad (la noche, para ser exactos), y se reúne al pardillo en una sala con varios de los pesos pesados de la organización. Una media hora antes, alguien le ha llamado y le ha dicho eso de “tenemos que hablar”. En esa sala pueden pasar dos cosas: que el sujeto se revuelva, quiera dar batalla, y termine vencido y en el ostracismo político, o bien que se dé a razones, y todavía le quede futuro por delante en el seno de la nueva mayoría que él ya no dirigirá. La jugada del tapado es un clásico en política, aunque muchos de ellos no hayan aparecido al final como lo que fueron, sino como grandes candidatos de consenso. La retórica en política da para todo.



Armenta, Martín, Manolo Brito (el sicario más fiel a Armenta, que además presidía el congreso) y Fernando de Hoyos, Primer Secretario de Aragón, estaban en la habitación 712, todos en pie, mientras una persona, sentada en una de las camas, reflexionaba sobre la hora que llegaba. Todos los hombres, menos el que observaba sus manos entrecruzadas, se encontraban en la zona de la puerta. La habitación 712 ya había acogido otras reuniones importantes durante el cónclave. Su discreción y el hecho de encontrarse registrada con el nombre de un delegado que nadie conocía y no pintaba nada en la partida que se estaba jugando, les daba la tranquilidad necesaria para ir cerrando temas. El que tenían ahora entre manos era uno de los puntos clave. Armenta había llevado el congreso hasta el límite máximo de tensión. De hecho no había consultado su plan final ni siquiera con Martín, lo que había provocado que este se encontrase incómodo. La jugada de Ibarra solo era un farol. En la terminología del atletismo, una liebre que lanzase la carrera y provocase el pánico entre los corredores, hasta que alguien de peso y con dilatada experiencia llegase para poner orden en la competición, y esta se terminase para dar paso al consenso en torno a una figura incuestionable. Hacía falta alguien de cierta edad, experiencia, con una hoja de servicios al partido impecable, y la ambición intacta a pesar de los años. En la cama, sabiendo que por fin había llegado su hora, estaba Javier Losada.



Cuando Martín llegó a la habitación y vio a Losada lo entendió todo a la velocidad de la luz. Martín sabía que Losada había estado en una reunión con Tomás en el gran salón del plenario hacía horas, pero supuso que su papel era el de un mediador entre las facciones enfrentadas. Pero no. La jugada de Armenta era magistral. Incluso esa reunión les serviría durante las próximas horas, y de cara a la prensa, para presentar a Losada como alguien que intentó el acuerdo y la integración hasta el último momento, pero ante la testarudez de unos y otros decidió implicarse más por el bien del partido. El supuesto clamor por el consenso haría dar el paso al reacio e inmaculado candidato. O eso parecería. Losada podría mover federaciones, e individuos a título particular podrían desmarcarse de lo que dijesen sus jefes de delegación. Porque este hombre tenía una ascendencia importante sobre los afiliados, y había una sensación generalizada de que el partido le debía mucho. Ya se enteraría de cómo habían llegado a este pacto Armenta y Losada, pero lo que tenía claro era que este congreso era uno de los más complicados y difíciles de resolver a los que había asistido. El giro que estaban a punto de plantear volvería a romper los equilibrios que se habían forjado durante la noche anterior. Lo que Martín no sabía, era que en la habitación de Tomás, y casi al mismo tiempo, se estaba forjando otro golpe de mano que pretendía exactamente lo mismo. Era casi la una de la madrugada, y para las dos ya no quedaría ninguna carta que enseñar. Lo que quedase por decidir se haría en la zona de guerra en la que se iba a convertir el hotel. El momento más patético del congreso.




Pero eso a Javier Losada no le importaba. Llevaba en el partido desde los tiempos de la clandestinidad, cuando con otros compañeros de universidad decidieron afiliarse a una organización estudiantil de izquierdas y de ahí pasaron directamente a las ligas mayores. A jugar con los históricos. La transición de esa forma de hacer política, romántica y peligrosa, a los pasillos de un ministerio, la hizo sin demasiados problemas. Losada tenía claro que había nacido para hacer política. Para ser político. Incluso en esos tiempos de juventud, solo temía una cosa: qué haría cuando se acabase su carrera política. Tenía también una sensación amarga. Pese a haber acumulado a lo largo de décadas más poder e información que muchos presidentes del gobierno, Losada había llegado a la conclusión de que merecía más. Ahora quería el reconocimiento, pero no en forma de homenajes. Eso para los que se retiran. A él le quedaba mucha guerra por dar, y para ello buscó a Daniel Armenta hace meses, para planificar un asalto al poder que devolviese la organización a lo que muchos denominaban la vieja guardia, tras la salida del gallego. Y debería ser algo visible. Todo el mundo tendría que entender que en el partido no se jubilaba a nadie antes de tiempo, y que no iban a ceder a las modas que obligaban a poner a alguien joven y bien parecido al frente del barco. “Hay que dar un puñetazo en la mesa antes de que la dirección política y las listas electorales terminen haciéndolas cuatro especialistas en comunicación ayudados por uno que les asegure que este o el otro son muy bien recibidos en Twitter”, le dijo a Armenta el día que comenzaron a hablar de la operación que ahora llevaban a cabo. A Armenta, un clásico de la política, las palabras de Losada le sonaron a gloria. No solo porque compartía el diagnóstico, sino porque tenía claro que toda esa generación de supuestos expertos que habían crecido en su experiencia viendo capítulos de “El Ala Oeste de la Casa Blanca” terminarían por llevar al partido a la irrelevancia. Y esto en política significaba que se acabaría la función. Cerrado. No hay tiempo para más. Tanto Losada como Armenta no veían en Tomás a uno de esos “bichos raros”, pero sí tenían claro que les abriría las puertas de la organización de par en par. Su análisis era que Tomás Romero pretendería realizar cambios profundos, y era la naturaleza de esos cambios lo que no querían ver ni en pintura los conspiradores. Pero tampoco se hacían trampas al solitario. Armenta y Losada habían construido ese discurso porque sabían que gustaría de inmediato en muchos dirigentes con poder y votos, y lograrían sumar adeptos a su causa sin mucho esfuerzo. Pero lo verdaderamente importante es que no pensaban dejar el partido en otras manos que no fuesen las suyas. Y punto. Losada tendría por fin el premio de la candidatura al gran cargo, a la presidencia del gobierno, después de haber trabajado para todos los jefes del ejecutivo que el partido había tenido en democracia. Había llegado su momento político. El de ponerse delante de los focos con todos los demás detrás. Se lo había ganado. Por su parte, Armenta era plenamente consciente de que con Tomás, por muchos pactos, acuerdos y abrazos, no controlaría lo que ocurriese en Madrid. Tras ocho años soportando al gallego, que encima ganaba elecciones y por lo tanto nadie podía siquiera cuestionar el color de su corbata, no estaba dispuesto a colaborar, ni a permitir, que todo cayese en manos de un fulano de Castilla y León. Le parecía una broma. Con la entrada de Losada, acababan de quitarle a Almudena el apoyo que recibía de Castilla la Mancha, y la mitad de Madrid también se había decidido. Eso de momento. La extremeña era ya historia. Otra candidata efímera que trató de abarcar más de lo que podía. El hecho de eliminar a Almudena Palacios no les daba plena satisfacción. Los delegados de Extremadura volverían a apoyar a Tomás, y tendrían que hablar urgentemente con el primer secretario de Baleares, que era el último apoyo que le quedaba a Palacios fuera de su federación. Había que recoger lo máximo posible del cadáver, antes de que otros buitres se sumasen a la rapiña.








 
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