sábado, 11 de marzo de 2017

Noches de Poder. Capítulo 25, domingo 03:00h

Tomás golpeó la puerta de la habitación de Almudena Palacios. Ella misma abrió. Estaba sola. La niebla que envolvía la estancia y el olor a tabaco eran insoportables. A Tomás se le ocurrió que, más que a cigarrillos, allí a lo que olía era a derrota. Un aroma que a él se le acercaba cada poco tiempo, pero que todavía no había logrado impregnar su ropa. Almudena sonreía.

- ¿Vienes como un cordero a buscar las migajas? Son tuyas. Ya sabes que no apoyaría a Armenta ni loca, y menos ahora que va de la mano de Losada
- ¿De la mano de Losada? ¿Qué dices?
 
Tomás llevaba todo el congreso fuera de onda. La verdad es que sin Martín a su lado, se enteraba el último de todo lo importante. Si lograban ganar sería un milagro, porque su información siempre llegaba tarde y mal, y ya no había tiempo para cambios en el equipo.

- Pero Tomás ¿No habíamos hablado ya de esto? Estáis a por uvas, en serio. ¿No sabes nada?

- No, pero seguro que me lo vas a contar...

- Hace cinco minutos he recibido una llamada del primer secretario de Baleares. Armenta le ha citado en su habitación y, adivina, ya tiene un nuevo candidato. Uno de consenso, según él: Javier Losada. Allí estaban todos para decirle que se sumase a la mayoría, que yo estaba acabada y tú durarías como mucho un par de horas antes de integrarte y dejar de pelear. Javier Losada era el tapado.

Tomás no ganaba para disgustos. Esperaba el nuevo nombre que Armenta pondría sobre la mesa, pero no que llegase a convencer a alguien de tanto peso. Castilla la Mancha se marcharía automáticamente con Armenta (de ahí la cara de funeral de Almudena), porque Losada era de allí y además le adoraban como a una deidad viviente. Había ganado los delegados de Almudena, probablemente perdido Baleares, y le habían puesto enfrente a un enemigo muy duro. Incluso si Ibarra lograba poner de su parte a los catalanes, no les llegaban los votos para ganar. El Congreso estaba perdido si no pensaba algo rápido para igualar la contienda. Sabía que a Armenta no le importaba ganar por un solo voto de diferencia, con tal de salir del hotel con la victoria. Pero Losada no querría entrar por esa puerta falsa al gran triunfo de su carrera política. Al menos intentaría sumar una mayoría que pasase de 60% para que los titulares no reflejasen que había vencido por la mínima.

- No llegamos Tomás. Nos faltan muchos votos. - Le dijo Almudena, sacándolo de sus pensamientos.

- Lo sé. Tenemos que hacer algo rápido para al menos acercarnos en el resultado y que esto no se termine ya.

- Bueno... ¿Recuerdas ese rumor que corría por el hotel el viernes?

- ¿El de los críticos con Armenta? ¿Los de su propia delegación?

- Eso es. No estaría mal meter el dedo en el ojo a nuestro querido Armenta, y en su propia casa. Puede que no sean muchos, pero si logras convencerlos será un estímulo para otros que puedan estar pensando lo mismo, y no se lo hayan contado a nadie. De todas formas, Armenta acusará el golpe porque lo pregonaremos por todo el hotel.

Tomás y Almudena se despidieron, quedando en verse más tarde. La extremeña se trasladaría a la habitación en la que se encontraban, Granda, Salán y otros que apoyaban la opción de Tomás, para unirse al trabajo. Tomás salió al pasillo, y camino del ascensor sacó su teléfono móvil. “Localiza a los críticos andaluces. Tenemos que verlos de inmediato”, le dijo a Granda, y colgó. Después envió un sms.

Granda no tenía ni la más remota idea de cómo localizar a los presuntos díscolos de la federación andaluza. Para ser exactos, no terminaba de creer en su existencia. Suponía que estarían agazapados esperando su oportunidad, y que no tardarían en mover ficha si nadie se ponía en contacto con ellos. Pero el tiempo de las esperas y los juegos había terminado. Precisamente, si había algo que no tenían era tiempo, y votos suficientes. Después de darle algunas vueltas, y hacer algunas llamadas que no dieron resultado, se le ocurrió una idea algo descabellada. Era lo mejor que tenía, así que no dudó en ponerla en práctica. El grupo andaluz se había convertido en un fantasma del que nadie sabía nada, ni siquiera un nombre o provincia por la que empezar a buscar. Eran las tres de la mañana. Si los más notables de esa facción estaban reunidos en una habitación, seguro que no estaban haciéndolo sin tomarse algo, para animar la espera. Había un asturiano que trabajaba en sede madrileña del partido, y estaba metido en la organización del congreso. Le citó en la recepción del hotel dentro de cinco minutos, mientras buscaba la lista completa de delegados del congreso, distribuidos por provincias. Con los papeles en la mano, bajó corriendo al encuentro de su paisano. Diego, natural de Mieres, era un chaval joven al que la política le interesaba lo justo. Se tomaba esto como un trabajo, y Granda opinaba que hacía bien. Al fin y al cabo, pensaba, no hacía menos que otros que sentaban sus posaderas en un escaño del Congreso. Se vieron frente al mostrador de recepción, y Granda fue directo al grano.

- Diego, necesito que me hagas un favor. Tienes que hablar con el encargado de recepción, para que nos dé una información que necesito.

- Si puedo ayudarte en algo ya sabes que lo haré ¿Qué te hace falta?

- Necesito saber los números de habitación en los que se está haciendo uso del servicio de habitaciones esta noche. En especial aquellas que hayan pedido alguna ronda de cubalibres, o Coca-Colas sin más.

- Joder, Granda, no pides casi nada. Vas a meterme en un lío. - Se quejó sorprendido el joven.

- Mira Diego, la cosa no está para jodiendas. Quiero esos números de habitación y que además me digas a quién se las asignó la organización del congreso.

- ¿A quién buscas?

- A unos andaluces, pero no tengo ni idea de quienes son.

- Déjame un momento. Voy a ver si le toca el turno a una de las recepcionistas que conozco.

- Una… ¿Amiga? - Le espetó Granda en la cara, para rebajar la tensión.

- Solo amiga, pero estamos en ello. - Sonrió Diego.


Después de media hora, Diego volvió con uno de esos pequeños papeles amarillos que llevan una tira adhesiva por la parte de atrás. Llevaba anotados algunos números. El chico se había salido con la suya, aunque por el tiempo que había tardado tendría que haberle hecho algunas concesiones a la recepcionista, que miraba con cara de pocos amigos desde el otro lado del mostrador como Diego le entregaba el papelito a Granda.

- Cojonudo chaval, ahora solo necesito que me des la lista de los delegados con sus correspondientes habitaciones. Supongo que para eso no tendrás que prometerte en matrimonio con nadie más. ¿No? 

- No me jodas Granda, que seré joven pero no gilipollas. Espero que ganéis este congreso, porque si no a mí me van a colgar de las pelotas el lunes. Ahora vuelvo con la lista. Y, por cierto, no le he prometido matrimonio. Solo le he dicho que buscamos a un delegado que está dejando la bebida y tememos que haya recaído. No se ha creído nada, pero tendré que tomar café con ella la semana que viene. Así que ya puedo despedirme de que haga una visita a mi habitación esta noche. 

- Venga, venga, que los jóvenes de ahora vais muy rápido. Cortéjala como dios manda, y vete a por la puta lista que no tengo toda la noche. Diego, y gracias por esto. - Le guiñó un ojo.


Con la lista de habitaciones en su poder, Granda subió corriendo a la suya para estudiarla junto a Salán. Al entrar se sorprendió al ver a Almudena Palacios.

- ¿A qué debemos el honor, señorita Palacios?

- Deja de joder, Granda, que no está el horno para bollos. - Le replicó Almudena, que ya tenía encendido otro cigarrillo.

- Ese tabaco tuyo huele a muerto.

- Esta habitación ya olía a difuntos antes que entrase yo, así que debo haber venido al sitio adecuado.

- ¡Ja ja! Vale Almudena, eso ha tenido gracia. Vamos a ponernos a la faena. - Concluyó Granda.


Granda, Almudena y Salán pusieron en común la estrategia para encontrar a los andaluces. Con Ibarra convenciendo a los catalanes y a su propia delegación vasca, si lograban entrar por detrás en Andalucía pondrían el congreso en un punto muerto. Pero todo lo que sabían de ellos eran los rumores del primer día, y ahora había que comprobar que se trataba de algo serio, y no eran cuatro gatos. Lo primero de todo era localizar en qué habitación se escondían y esperaban para hacer su aparición. Estaba claro que respecto a Armenta había dos opciones: O no se había enterado de esto, o no le daba ninguna importancia. Cualquiera de las dos les valía. Solo tendrían una oportunidad tras contactar con ellos. Deberían ponerlos de su lado sin dar oportunidad a que negociasen un acuerdo mejor con los contrarios. Granda tenía cinco números apuntados en el papelito amarillo. 702, 740, 616, 820 y 525. La habitación 702 llevaba pidiendo comida al servicio de habitaciones todo el fin de semana. El menú se componía de cosas para picar, nada del otro mundo, y no había alcohol en los numerosos pedidos. Eso sí, estaba ocupada por dos andaluces, sevillanos, que no pintaban mucho en el panorama interno. Dos delegados del montón.

 - Ahí está metido Armenta y su corte. Seguro. - Sentenció Salán. 

- ¿Por qué lo dices? - Preguntó Almudena – Su habitación no es esa, según lo que dicen los papeles. 

- Porque habrán elegido una en la que nadie les moleste. Estos ya han vuelto cuando nosotros hemos ido. - Utilizó la expresión para explicarle a Almudena que este tipo de jugadas como la del listado de habitaciones ya la habría tenido en cuenta la gente de Armenta. 

- Vale, te lo compro. Sigamos.


La habitación 616 correspondía al expresidente Outeda. Todos supusieron que no le apetecía demasiado deambular por ahí, y habría preferido comer con alguien en sus aposentos y tener alguna conversación mientras tomaban algo. La 820, estaba ocupada por un delegado y una delegada de Cantabria. Entre lo que habían subido los camareros había una botella de cava barato. Bueno, ahí estaba claro lo que ocurría. Solo quedaban la 740 y la 525. Las dos les habían tocado a delegados andaluces, y en ambas no habían comenzado a pedir bebidas hasta esta noche. Habría que comprobar las dos para salir de dudas. Granda y Almudena se quedaron mirando a Salán, y este asintió sin decir palabra. Le había tocado. Era lógico. Tampoco era plan de que dos primeros secretarios se dedicasen a llamar a las puertas como si fuesen la Gestapo. Así que se armó de paciencia, y salió al pasillo. Empezaría por la 525, que estaba solo una planta por debajo de la que ellos ocupaban. Salán era un tipo leal, que veía con muy malos ojos la jugada que había derivado en un congreso catastrófico hasta el momento. No solo porque el principal damnificado fuese un amigo de su misma federación, la de Castilla y León. También era por principios. Le había emocionado el discurso de Tomás en la cena. Sabía que era lo que tenían que hacer. Usar los métodos de siempre para cambiar las cosas, o perder, pero algo en lo más profundo de su ser le decía que eso era muy sencillo de decir, pero complicado de llevar a cabo. Una vez en el poder, si es que lograban hacerse con él, no lo cederían a las primeras de cambio. No se apartarían sin dar batalla si otros intentaban el asalto con los mismo métodos que iban a repudiar, según el discurso de Tomás. ¿Qué harían? ¿Se quedarían sentados hablando de la nueva forma de hacer política mientras les crucificaban? Ni de coña. Y esos pensamientos no dejaban tranquilo a Salán mientras bajaba las escaleras en busca de la habitación 525. Por el camino no se cruzó con nadie. Daba por hecho que habría mucha gente dando vueltas por el hall del hotel, a la caza de delegados indecisos o simplemente vigilando cualquier movimiento raro. Pero el gran juego se estaba dirimiendo en las habitaciones, y tenían que encontrar cuanto antes una baza buena. Llamó a la puerta con tres golpes secos. Tenía claro lo que iba a decirles a los andaluces disidentes. Aquí y ahora era el momento de decidir y subirse al barco ganador. Solo con Tomás al frente del partido ellos tendrían alguna oportunidad de sobrevivir en Andalucía a su pequeña asonada hotelera. Ya habían dado el paso, y Armenta lo sabría, sí o sí. Así que se acabaron las chorradas. Subid a hablar con Tomás y decidnos qué queréis a cambio de vuestros votos. Nadie contestaba. Volvió a dar un par de golpes, algo más suaves, y acto seguido una voz masculina desde el interior de la habitación preguntó por la identidad del que llamaba a sus aposentos.

- Soy Juan Salán, de Castilla y León. Tomás Romero quiere hablar con vosotros. - Pensó que si nombraba a Tomás de primeras la cosa adquiriría un tono más serio y contundente.

Se hizo otro silencio eterno. Salán comenzaba a dudar de las intenciones de la facción andaluza. ¿Y si eran solo un señuelo para mantenerlos entretenidos? ¿Una forma de hacerles creer que tenían unos votos que luego desaparecerían? ¿Y si eran cuatro gatos? El caso es que no entendía nada, y menos por qué nadie abría la condenada puerta y hablaban cara a cara.

- Abrid la puerta, joder. Hay que hablar con urgencia. Dejaos de coñas.

Y la puerta se abrió. Al otro lado asomaba un joven de unos veinte años, más o menos, y tras él otros cinco o seis sentados por las camas con vasos de plástico en la mano. Pudo ver en el suelo algunas botellas de plástico de Coca-Cola de dos litros, y otra de una conocida marca de ron. No se lo podía creer. Tantos silencios le habían puesto el corazón en un puño, imaginando que sus interlocutores ya se habrían decidido a volver a las filas de Armenta y no hacer ni caso a lo que iban a proponerles. El chaval, con la cara descompuesta, se dirigió a Salán.

- ¿Queréis hablar con nosotros? ¿Tomás Romero? Yo... - Dudada, y estaba algo borracho – Tendría que llamar a mi primer secretario, y comentarlo con otras delegados de las juventudes.


- Déjalo chaval, no te emociones. Ya os llamaremos más tarde. De momento no digas nada a nadie, o joderás toda la operación y el primer damnificado serás tú y tus opciones para estar en la dirección cuando acabe el congreso. Y lo que habéis pedido al servicio de habitaciones lo pagáis, joder, que no estamos de vacaciones. Comportaos.
Dejó al joven asintiendo con la boca abierta, mientras el resto de sus compañeros de fiesta no daban crédito a lo que acababa de ocurrir. Salán tampoco podía creerlo. Les había cortado el rollo a cuatro niñatos mientras se le salía el corazón por la boca tratando de interpretar los silencios que se producían tras cada una de sus llamadas. Sonreía mientras volvía a las escaleras, camino de la habitación 740. La misma planta en la que se estaba el cuartel general de Armenta. Al llegar a la entrada que daba acceso al pasillo extremó las precauciones. No quería tener un encuentro no deseado con personal del bando contrario. La 702, lugar en el que daban por hecho que se estaba cociendo la estrategia de sus rivales, y la 740, su esperanza para poder dar guerra hasta el amanecer, estaban peligrosamente cerca. Abrió lentamente la puerta, e inspeccionó a izquierda y derecha. Nadie. Frente a él, unos carteles en la pared señalaban la dirección a tomar en el laberinto para llegar al número de habitación deseado. Su destino estaba hacia la derecha. El centro de poder enemigo, quedaba a la izquierda. Bien. Sin dudar más, caminó decidido a encontrar a los andaluces que lo cambiarían todo. Frente a la habitación 740 volvió a respirar hondo. Por segunda vez el ritual. Golpeó con los nudillos la puerta, tres veces, ni muy fuerte ni muy suave. De nuevo la espera, otra vez silencio. Maldijo entre dientes por no haber puesto la oreja primero a ver si lograba escuchar algo antes de delatar su presencia. Mientras lo hacía, se abrió la puerta de la habitación contigua. Una joven morena y con los ojos saltones le preguntó a bocajarro en un marcado acento malagueño:

- Y tú ¿Quién eres?

Juan se identificó.

- Busco a unos amigos de Andalucía. Me han dicho que son buena gente y que podemos llegar a un acuerdo.

Volvía a poner el cebo en la frase de presentación. Soy amigo. Estoy aquí buscando aliados y os quiero de mi lado. Era una buena señal que al llamar a la habitación se abriese otra puerta. Eso quería decir que ahí dentro ocurría algo importante. La joven cerró con un golpe seco, Juan se quedó en medio del pasillo, otra vez asaltado por una tensa espera. Las horas hacían mella, y no solo en el cansancio. El reloj era un enemigo que cada vez se cobraba más terreno. Luchaban contra Armenta y contra el tiempo. Se les acumulaba el trabajo. La puerta se abrió, y Juan supo en ese momento que estaba entrando en el cielo... o en el infierno. Otra habitación más del hotel. Idéntica a la suya, y al resto. Había varias personas en las camas, en pie, y una sentada en la silla del pequeño escritorio. Estaba girada, para que el que la ocupaba pudiese mirar de frente a la puerta. Juan ya sabía a quien dirigirse. Era Carmen del Amor. Recopiló todo lo que sabía de ella en cuestión de segundos. Había sido Consejera en la Junta de Andalucía de algo que no recordaba. Eso quería decir que había trabajado de forma estrecha con Armenta, aunque en Andalucía el que no hiciese eso, o al menos lo aparentase muy bien, estaba muerto. Era de Málaga, y poco más se le vino a la mente, por lo que cerró la puerta tras de si, y habló claro.

- Hola Carmen. Es toda una sorpresa verte aquí. Me ha costado encontrar vuestro pequeño cuartel.

- Juan, esa era la primera prueba para saber si estáis por la labor de darle la vuelta a esto, o solo cazáis gamusinos. - Contestó la malagueña, sonriendo e inclinándose un poco hacia adelante. - Te voy a ahorrar el discurso. En Andalucía hay mucha, mucha gente cansada de los métodos de Armenta y su gente. Te sorprenderías del número. En esta habitación hay una pequeña representación de muchos que ahora mismo están junto a sus delegaciones, trabajando o tomado copas, porque no queremos llamar la atención más de lo que hemos hecho. Solo dejamos correr un rumor, y si alguien quería cambiar las cosas de verdad solo tenía que buscarnos, lo que no sería sencillo. Y aquí estas tú, supongo que representando a Tomás Romero, espero, porque si me dices que vienes en nombre de otro fliparé en colores. La cuestión, Juan, es que que quiero ver a Tomás con urgencia. Podemos ayudarle a ganar este Congreso, y debes tener tan claro eso como que sin nuestros votos lo más seguro es que acabéis todos cantando el "Alabaré" a Losada, que será lo mismo que hacerle la reverencia a Armenta. Queremos ayudaros, y estamos aquí para eso, pero, cuando salgas de aquí y llames a Tomás, dile una cosa: esto no terminará aquí. Si nos mostramos, si al final sale a la luz que hay un gran sector de Andalucía que no comulga con Armenta, deberéis ayudarnos a ganar nuestra federación desde este lunes. Ese es el trato, y no es negociable.

Eran muy buenas noticias, aunque Juan recapitulaba todo lo que acababa de decir Carmen del Amor. Desde luego que si los delegados andaluces críticos con su jefe eran más de los esperados el golpe para Armenta y Losada sería tremendo. Podría filtrarlo a los medios de comunicación a eso de las nueve de la mañana, dos horas antes de la votación, y obligar a Armenta a retirarse, o bien callar y ganar por poco el Congreso. Se ocuparían luego de esas variables. El problema era que Tomás comenzaría su mandato con una guerra abierta en Andalucía, y eso no era nada bueno para un nuevo Primer Secretario.

- Voy a hacer esa llamada Carmen, y vendré aquí con Tomás para que todos podáis escuchar de su boca lo que tiene que deciros. Este no es un Congreso más. Vamos a cambiar las cosas. Dadme media hora.

- Tienes el tiempo que quieras. Los que vais apretados sois vosotros... - Contestó Carmen sin perder la sonrisa.

Juan salió al pasillo con el mismo sigilo de las anteriores ocasiones, y buscó un lugar tranquilo para llamar a Tomás.




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