viernes, 26 de enero de 2018

El termostato del planeta

      

Desde que Al Gore descubrió para la mayoría que nuestro planeta se estaba calentando tan rápido como un socio del Real Madrid esta temporada, a partes iguales aparecieron alarmistas y negacionistas de lo que hemos llamado cambio climático. Yo me fío de Al Gore. Jamás he visto encajar un atraco electoral con tanta deportividad y sin provocar una fractura social en el país que fue testigo de aquel triste episodio para la democracia. Creo que este hombre se ganó el derecho a hablar de lo que le diese la gana, y ser escuchado. Quizá por ello su aviso en forma de documental sonó como un trueno en todo el mundo. La avalancha de datos y gráficos no dejaba lugar a la duda: hemos encendido la calefacción, y de momento nadie baja la temperatura del termostato. Por si nuestra propia incapacidad como especie no fuese suficiente, individuos superiores en la capacidad de involución han tomado el mando de muchos países que podrían ser el motor del cambio en este avance hacia la combustión. Uno se pregunta cómo pueden estos personajes, centro del teatro político mundial, ser capaces de ignorar el legado que van a dejar a las próximas generaciones. Peor todavía son aquellos que susurran al oído de los responsables de velar por el bien común. Lo siento, pero no voy a hablar de las élites, los poderosos o poderes en la sombra. Todavía no he visto tantas horas de House of Cards. Los asesores a los que me refiero no necesitan de influencias externas. Son lo suficientemente radicales en sus pensamientos que se bastan y sobran para convencerse de la planicie de la Tierra con solo leer el blog que cualquier onanista solitario de Nebraska escribe desde la soledad de su habitación mientras su madre le pide a gritos que, por lo más sagrado, se cambie de ropa al menos una vez a la semana. Para muestra, la cofradía de susurradores que acompañó al líder del mundo libre hasta la Casa Blanca. Comparado con ellos, Donald Trump podría aspirar al Nobel. Estamos poniendo nuestro destino en manos de incompetentes. Sé que ante las adversidades cotidianas casi nadie tiene tiempo ni cuerpo para preocuparse por las consecuencias en el siglo que viene de nuestro modelo de desarrollo. Y no se puede culpar a nadie por ello. Si en medio de una campaña electoral se presenta un candidato prometiendo reabrir la fábrica de coches que lleva cerrada una década, le darán tila al que luego pase por allí y nos hable de que hay que darle una vuelta al tema y probar con otro tipo de industria. Váyase al carajo. Queremos volver a trabajar. Y así, con un programa que podría escribir un niño de cuatro años, llega alguien al poder. El resto es historia. En algún momento, antes de que empecemos a sentirnos como en un cocedero de marisco, tendremos que sentarnos a hablar en serio del calentamiento global. Quizá no sea pronto, pero lo deseable es que lo hagamos cuando todavía estemos a tiempo de arreglarlo. Para eso habrá que arrinconar a los que gritan ¡Muera la inteligencia! Será una tarea complicada, porque parece que muchas de sus tesis se han convertido en tendencia. La gracia del tema es que tenemos que soportar por televisión como un fulano que cree que Elvis está vivo en una isla del Pacífico y que el gobierno de los USA tiene a un extraterrestre congelado en el Área 51, niega con vehemencia que el clima del planeta esté sufriendo peligrosos cambios. “Eso no es científico”, espeta a la cámara, mientras se da la vuelta y camina con brío para seguir haciendo fotos al cielo intentando captar la imagen de un OVNI sobre su casa... de Nebraska. 



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