domingo, 3 de junio de 2018

Mi descarada y huidiza fibromialgia

Durante los úlimos años siempre pensé que todo el mundo sentía lo mismo que yo, en mayor o menor medida, y que, si a mí me afectaba más, la razón estaba en que soy un poco vago. En resumen, que la gente se levantaba de la cama completamente rígida, sin descanso, con dolor, los ojos rojos como un atardecer y con la energía justa para llegar al baño. La rigidez mejoraba en la ducha, pero el dolor en los brazos tras treinta segundos frotando se hacía insoportable. A pesar de todo, yo creía que esto les pasaba a todos, y que me quejaba demasiado. Durante el día, los dolores en la espalda, piernas, brazos, la falta de vitalidad, el cansancio ante cualquier esfuerzo tan brutal como subir un par de pisos por las escaleras... era lo cotidiano. Dos de cada tres días todo iba acompañado por un dolor de cabeza muy molesto, mareos y vértigos, que yo justificaba con el tiempo, la luz, el aire acondicionado... también comencé a darme cuenta de que mi aparato digestivo era una pequeña fiesta diaria. Mis tripas hablaban sin parar, sin importar si comía o no. Sin explicación, sin mucho sentido. Sin energía, con dolor, apagado... seguía pensando que no era diferente a los demás, y que yo lo llevaba peor que el resto. No renuncié nunca a hacer lo que para mí era vida normal, pero esfuerzos como salir a tomar unas copas con amigos los pagaba muy caros los días siguientes. Siempre había un precio para todo. Entonces empecé a fijarme en algo: cada tres o cuatro meses, tenía un buen día. Sí. De repente, me levantaba sin dolor y a la primera. Salía de casa con buen humor y el día que venía no me parecía ya un infierno que afrontar, sino una oportunidad para hacer las cosas que me gustan. Llegaba la hora de comer y no estaba cansado. No me dolía la cabeza. Notaba como mi cuerpo respondía bien. Como os he dicho, esto era una vez cada tres o cuatro meses. Así que empecé a preguntarme: ¿Y si la gente se encuentra habitualmente así? Me asaltó una duda terrible. Si esto era lo normal, y eso parecía, ya que todo el mundo hace cosas que a mí me resultan impensables, pero tan cotidianas como un poco de running o acudir a un evento a las siete de la tarde con ganas y no reventado... quizás me ocurría algo. Quiero parar ahora para decir que sin el apoyo de mi pareja, Fátima, y sin su paciencia, no habríamos llegado hasta aquí. Es muy duro convivir con alguien que lleva años enfermo, con los síntomas que os he descrito, y que además tiene tendencia al mal humor como yo. Porque sí, efectivamente, estoy enfermo. Y al menos ahora, tras pasar por muchos médicos y hacerme muchas pruebas en las que todo parecía normal, sé que tengo fibromialgia. Y es casi un alivio, porque antes, cuando acudía a la consulta una vez más y describía mis síntomas... bueno, solo os diré que comenzaba la conversación diciendo: "no quiero la baja. Solo quiero saber qué me pasa, porque esto no es normal." Pablo y Claudine también fueron vitales para obtener respuestas. Una comida con Pablo me abrió los ojos, y leer a Claudine es como mirarme en un espejo. Es cierto que mi grado de cansancio y dolor es más llevadero, porque cada uno tenemos esta enfermedad de una forma peculiar e intransferible. Ellos nos llevaron hasta un médico que entiende que nuestra enfermedad no se clasifica en la ortodoxia médica habitual y que no aparece en análisis o radiografías. La fibromialgía es tan descarada como huidiza al diagnóstico. Por eso hay que descartarlo todo, hasta llegar a hoy. Empiezo un camino en el que tendré que hacer algunos sacrificios, pero con la esperanza de que puedo mejorar mi calidad de vida. Y a tí, si estás leyendo esto y te has sentido identificado, ni te calles ni pienses que no hay solución. Lo primero, porque hay que visibilizar una enfermedad que nos avasalla, pero que nos cuesta reconocer por miedo a la incomprensión. No eres vaga, ni perezoso: estás enferma. Y sí, hay solución. Pese a todo lo que leas gracias a Google, hay médicos que trabajan en terapias basadas en la alimentación que pueden mejorar mucho nuestra calidad de vida. Lee a Claudine, porque ella lo cuenta mucho mejor que yo. Ella y Pablo me llevaron hasta el Dr. Isasi, y por primera vez sentí que el profesional que debía cuidar de mi salud de verdad me comprendía, y sabía por lo que estaba pasando. Así que, adelante. Ni un paso atrás. Ahora sé que mis días malos seguirán, pero tengo la sensación estar en la batalla contra mi enfermedad, y eso me estimula. Antes vivía rendido....
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