miércoles, 25 de noviembre de 2020

El tango eterno de Maradona


La parca le rondaba desde hace tiempo, aunque él se empeñaba en regatearla como en esas escenas de televisión históricas con interferencias que hoy rememoramos en Youtube. Los gritos de alegría de Víctor Hugo Morales se convierten hoy en lagrimas de un pueblo que se extienden por el planeta. Buenos Aires, Nápoles, Barcelona, Sevilla… todos aquellos lugares en los que el pelusa dejó su legado de fútbol místico abrirán hoy sus particulares capillas ardientes. Murió Maradona, murió el fútbol. Porque daba igual en qué lío se metiese Diego Armando. No importaba. Siempre vencía su relación de amor con la pelota. El tango eterno de un hombre corriente sobre la tierra o el césped, bailado con una separación de milímetros con un esférico que lo seguía como hipnotizado. Suyo, porque si él salía a la cancha, era de su propiedad. Nadie pudo nunca discutírsela. Jamás un contrario osó poner en duda su matrimonio natural con el arte del fútbol. Dirán que somos los lacrimógenos del deporte rey. Que cantamos las alabanzas de alguien que no fue ejemplo de nada. Ni quiso serlo. Nunca dio lecciones a nadie, salvo a tantos y tantos defensas derrotados que hincaban la rodilla, cuando no se la quebraban al genio. Cómo no rendir homenaje a los que como él han llevado tanta alegría a millones de personas. Qué se hace para despedir con los honores adecuados al que devolvió el orgullo de pertenencia a un todo país con un gol que no debió subir al marcador. La Pérfida Albión se quedó con la isla, y Argentina con el tesoro. Se marcha para siempre un jugador incomparable al que comparan con cualquier joven talento que despunta en los equipos de barrio. Como él, que no salió de ninguna escuela de élite futbolística aunque se formó deportivamente en el que parece ser un lugar escogido para regalarnos deidades zurdas. Que sí. Que le dio a todo, y se juntó con personajes corrosivos. Pero él era el peor parado. Siempre quiso dejar a un lado de sus derrapes existenciales a su alma gemela. Jamás quiso manchar la pelota con su vida fuera del estadio. Y a quién le importan sus debilidades. Como dice un buen amigo, nos interesan poco los futbolistas fuera del pasto. Las maravillas ocurren sobre un fondo verde. Los milagros solo se manifiestan en un rectángulo apisonado por los tacos que agarran para no caer al vacío. Igual que Diego se enganchaba siempre a la vida, por duras que fuesen las embestidas. No resistió la última; ya no corría sobre sobre la hierba. Era un mortal más, que seguía bailando tango.

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