No parecen aportar nada bueno las leyes que se convierten en culebrones sin haber cumplido ni uno sólo de los objetivos para los que se concibieron. Es esa sensación de que algo está quedando demasiado largo, que no puede explicarse de forma entendible en menos de dos minutos, y que incluso disponiendo de más tiempo sería complicado llegar a comprender en su totalidad. Porque lo que debería haber sido un texto legislativo destinado a proteger a los creadores del expolio al que son sometidos a diario en cientos o miles de páginas web que se dedican a ganar dinero con el esfuerzo intelectual de otros, ha mutado en un enredo de proporciones no sospechadas por aquellos que afrontaron su puesta en marcha. Una iniciativa nacida de la lógica, impulsada por los poderosos lobbys que florecen alrededor de la música y cine patrios, y ayudada desde el exterior como demostraron los cables de Wikileaks.
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